
¡Paren la mano, por favor!
No, suéteres no vendo, pero sí tengo toallas y cubrecamas. ¿No me comprarían algo...?"
1 minuto de lectura'
Mi amiga Lucía tenía que comprarse un suéter. Me preguntó si quería acompañarla y yo le dije que sí. Nos citamos en una esquina de su barrio. Era un sábado lleno de sol; apenas nos vimos empezamos a hacer chistes; prometía ser un lindo paseo. Cruzábamos la calle cuando una voz nos sonó fuerte.
-¿Y? ¿Van a subir o no? -dijo un taxista asomándose por su auto-. Se nos puso a la par. Lucía empezó a ponerse nerviosa.
-Pare la mano, amigo -le dije-. Levanté la mano para señalar un balcón. Nos encontramos para caminar.
-¡Yo sólo quiero decirles que si siguen caminando, por cada paso que dan le sacan un vaso de leche a mi hijita de 3 años! -gritó el taxista, siguiéndonos-. ¡Es una falta de respeto! ¿Esto es democracia para ustedes? ¿Qué hacen con la plata que ganan, eh? ¿La tienen bien apretadita en el bolsillo? Apuramos el paso. Por suerte los bocinazos nos impidieron escuchar sus insultos. Pero nuestros problemas no terminaron ahí. Una muchachita de expresión dulce se nos puso delante y siguió a nuestro lado cuando vio que no nos parábamos.
-¿No quieren entrar ahí a tomar un café con leche? -nos dijo, alargándonos un volante-. ¡Tenemos muy buenas promociones! Con medialunas o con tostados mixtos; todos con jugo de naranja...
-¡Che, nena, yo los vi primero! -dijo el taxista, que había vuelto a la carga-. La muchacha decidió apretarnos un poco. -¡Es mi primer trabajo! ¡Me pagan por cliente que llevo al local! ¡Todavía no llevé ninguno! ¿Nunca tuvieron 18 años? ¿Cómo quieren que estudie, me case, haga una familia? ¿Siempre comen en casa? ¿No ven que así favorecen a los grandes supermercados? ¿Se olvidaron de lo que era sentarse en una mesa de café, uno frente a otro? ¡Tenemos mantelitos a cuadros y jarroncitos con flores! Vi una gran puerta y nos zambullimos adentro. Por un segundo respiramos tranquilos. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad percibí mesas con telas y me puse contento. ¡Habíamos entrado en el lugar adecuado! Pero, ¿el local estaba abierto? De pronto se encendieron muchas luces y empezó a oírse música. -¡Bueno, bueno, parece que hoy es nuestro día de suerte! -dijo un hombre de bigotes restregándose las manos, mientras personas de distintas edades salían detrás de él-. ¡Evangelina, poné la olla al fuego! ¡Carmencita, andá a comprar comida!
-Papá, ¿le digo a la abuela que se vista? -preguntó la nena, que tendría unos 7 años. -¡Sí...! -dijo el hombre después de mirarnos cuidadosamente-. ¡Para ella también algo va a haber! -Pensábamos que hoy no trabajaban -dijo Lucía tímidamente. -Señora, con lo que cuesta tener un negocio abierto... ¡Pero cuando entra un cliente estamos de fiesta! ¿En qué podemos servirlos? -añadió. Lucía le dijo que sólo buscaba un suéter y le cambió el semblante-. ¡Acá vendemos ropa de cama! ¡Almohadones! ¡Cortinas! ¡Tapizados! Agregamos otros productos, como velas y sahumerios que hagan juego con nuestras toallas y cubrecamas, pero... suéteres, no. ¿No me comprarían algo de lo que vendo?
En medio de un silencio sepulcral, había hecho la pregunta que faltaba. Necesito sólo un suéter, le dijo Lucía. Barato... sencillo...
La respuesta desencadenó su furia.
-¡Entraron equivocados! -gritó-. ¿Por qué antes no miraron bien? Nos crearon una ilusión... Ya nos pusimos en gastos... ¡Evangelina, apagá el fuego! Yo te dije, no me trajiste suerte cuando nos casamos. ¡Y sacá a tu mamá de esta casa! ¡No tengo por qué mantenerla!
-¡Es la abuela, papá! -señaló Carmencita llorando.
-¡Callate vos! ¡Ya me tenés harto! ¡Me pedís plata todo el tiempo! Que necesitás una goma de borrar, que te pidieron dos mapas... ¡La próxima vez te pego! ¡Y ahora, en castigo, nadie come! Y ustedes, ¿qué hacen todavía ahí? ¡Se divierten con mis miserias? Salgan... por favor...
Salimos como pudimos. ¡Afuera nos esperaba el taxista! Se la tomó con el dueño de la tienda.
-¿Te querías quedar con los diez pesos que tienen para gastar? -preguntó, sacudiéndolo-. ¡Yo los vi antes! ¡Te voy a matar a golpes!
En su casa, Lucía preparó un té para serenarnos. De pronto sonó el portero eléctrico.
-Es alguien que ofrece un servicio de ambulancias -dijo Lucía-. Va a hacer huelga de hambre hasta que bajemos a escucharlo.






