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Grandes Esperanzas

Perder y recuperar las ganas de vivir: "La fortaleza no tiene que ver con los músculos"

Carina Durn
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1 de marzo de 2019  • 00:20

Martín creció en el barrio de Monte Castro con sus padres, sus cuatro hermanos, su abuela y sus dos perros. Hincha de Vélez Sarsfield, tuvo una infancia feliz, pero sin lujos y, pasados los años, dejó el secundario para trabajar en una farmacia.

Ilusionado, una de las primeras cosas que hizo con su sueldo fue comprarse una moto. Ya había cumplido los 18, cuando se la quisieron robar y le dispararon en el cuello. "Mi hermano Marcos me levantó en brazos y me llevó al hospital. Sentía que me iba, que me estaba despidiendo, y sólo podía sonreírle y pedirle que cuidara a nuestra familia, ya que nuestro padre había fallecido años antes", recuerda.

Desde entonces, Martín tiene cuadriplejía y es usuario de una silla de ruedas motorizada.

Salir de la oscuridad

Tras el accidente llegaron las operaciones, los diagnósticos desalentadores, las terapias intensivas, las rehabilitaciones, un largo proceso de aceptación y muchas preguntas que aún no tienen respuestas. Martín pasó por períodos de angustia, bronca, tristeza e impotencia. Se recluyó y se alejó de sus amigos. "En ese entonces, varios sentimientos se entrelazaban en mi mente, donde preponderaba el pensamiento negativo y una fuerza interna en la que primaba la idea de sobrevivir, no de vivir. Esperaba que el tiempo pasara, que todo se fuera rápido", confiesa.

En un mundo que tambaleaba bajo sus pies, Martín pasaba días enteros en la cama y ansiaba simplemente que la vida transcurra. "Pero un día mi cabeza hizo un clic y me dije: hay que dejar de llorar", cuenta emocionado.

En ALPI (la asociación civil sin fines de lucro que se dedica a la rehabilitación neuromotriz de pacientes pediátricos y adultos), conoció a una psicóloga que él considera que le salvó la vida. A través de ella, consiguió una vacante para retomar el secundario. "Al principio, mis compañeros me miraban raro, pero con el tiempo supe que la mochila la cargaba yo y que era cuestión de adaptarme. No sabía si podría, si el lugar estaría en condiciones para recibirme, si lograrían trasladarme. Luego, dejé de hacerme problemas", recuerda.

Con sus amigos de Escuela Metropolitana de Altos Estudios el día en que se recibió de analista en sistemas y fue abanderado.
Con sus amigos de Escuela Metropolitana de Altos Estudios el día en que se recibió de analista en sistemas y fue abanderado.

Un nuevo comienzo y un nuevo golpe

En la escuela hizo nuevos amigos, tuvo un trato impecable con los profesores y fue un alumno ejemplar. Y, a medida que el tiempo pasaba, también fue cambiando su mentalidad: se dio cuenta de que podía. "Si bien no quería socializar con personas que no conocía, eso mismo fue algo a favor: ellas no me habían conocido antes de mi accidente y, por lo tanto, no tenían un punto de comparación. La época del secundario para mí fue reveladora y me dio la confianza necesaria para sentirme cada vez más cómodo", afirma Martín.

Pero también en ese período murió su hermano menor, Diego, mientras vacacionaba en el mar, lo que resultó un nuevo golpe, una nueva prueba, "lo peor que me pasó en la vida", asegura. Fue una época dura en la cual sintió una gran contención por parte de sus compañeros y los directivos de la escuela y, una vez más, decidió que había que seguir adelante. Junto a sus otros hermanos, su mamá y su abuela empezó a construir una vida nueva, sin abandonar los estudios y apostando por su futuro. Martín sabía que para tener una salida laboral debía seguir estudiando.

Otros horizontes

Martín se anotó en la Escuela Metropolitana de Altos Estudios (EMAE) en la carrera Análisis de Sistemas. Allí conoció personas con otras discapacidades y se nutrió de su entorno con un resultado exitoso, tanto con los compañeros como con los profesores.

"Empecé a ver un futuro. Antes de todo eso no veía nada, no tenía un camino, sobrevivía y siempre pensaba en negativo. Enfocarme en el estudio, estar siempre activo y tener una rutina diaria que me despejara la cabeza y me hiciera olvidarme de mis problemas fue algo positivo", explica.

Un programa que lo conectó a través de su mirada.
Un programa que lo conectó a través de su mirada.

Durante tres años, Martín no faltó nunca a clases, salvo cuando no podían trasladarlo. Fue un compañero entrañable. La dificultad de no poder tomar apuntes se transformó en un motor de búsqueda. En Internet encontró un programa para usar la computadora que podía manejarse con sus ojos. Y así entendió que podía transformar esos ojos en sus manos y dar exámenes, crear programas, subir fotos a Facebook y regalar algún que otro corazón en los perfiles de Instagram. Finalmente, Martín se recibió en noviembre de 2016 y fue escolta de la bandera nacional con un promedio total de 8,81.

"Recibirme fue cumplir una meta, algo que me había propuesto a pesar de los problemas familiares y económicos. Alcanzar mi objetivo me hizo sentir un gran orgullo; y ver a mi familia, que apoyaba en mis logros, me llenó el corazón", continúa.

Animarse a compartir

Martín dice que le cuesta expresar lo que siente o lo que le pasa por dentro, pero algo que siempre demuestra es el gran amor por su familia, sobre todo por su madre. "Una mujer que puso todas las ganas para que saliera adelante, que me demostró todo el tiempo que nada había sido en vano, que me acompañó cuando ya no quería seguir, que nunca bajó los brazos, aun cuando hubo momentos en los que yo ya los había bajado", reflexiona conmovido.

Con el espíritu enaltecido, Martín decidió presentarse al premio bienal de ALPI, algo que confiesa que removió sentimientos escondidos e hizo que se reencontrara con sus viejos amigos, "a quienes había dejado de ver por decisión propia, en la época que me encerraba en ese mundo negativo", afirma. En noviembre de 2016 se convirtió en el 10mo ganador del premio. Fue el elegido de la gente.

Transformó sus ojos en sus manos.
Transformó sus ojos en sus manos.

"Todo el proceso vivido generó mis ganas de seguir adelante. Cambié la mentalidad y entendí que mi situación física no debía impedirme hacer lo que quisiera. Comprendí que por más palos que me pusiera a mis ruedas, si estaba convencido y me proponía hacer lo que quería, lo iba a conseguir", expresa firme.

Cuando piensa en otras personas que atraviesan una situación similar a la suya, Martín siente que no es quién para dar consejos. "Sin embargo, sí reconozco que el tiempo pasa y que cada uno sana a su manera. Estoy convencido de que no hay que dejarse estar y que si pasó algo hay que tratar de sacar lo mejor de esa situación; hay que animarse a contar las experiencias de vida. Antes era muy reacio a eso, pero luego me di cuenta de que, si le puede servir a otros, hay que hacerlo. Mi consejo sería entonces que hay que meterle para adelante, no dejarse estar, ganar confianza y buscar objetivos a corto plazo, que se puedan cumplir", continúa.

En el presente, existen cuatro pilares en los que Martín se apoya: su familia, que es lo que más ama en el mundo; su trabajo, que cuida mucho y lo llena de orgullo; sus amigos; y él mismo. Para su entorno, Martín es un ejemplo de resiliencia y unión familiar, que inspira a todos a no bajar los brazos y pelear por los sueños.

La importancia de la familia y los proyectos.
La importancia de la familia y los proyectos.

"Hoy me siento bien conmigo mismo, miro a quien quiero a los ojos y ya no me da vergüenza salir a la calle. Atravesé diversos procesos y tuve que vivir diferentes experiencias y aprender de cada una de ellas. Estoy agradecido a la vida y lo que me enseña todos los días: que la fortaleza no tiene que ver con los músculos, sino con la perseverancia, los sueños y el amor incondicional de la familia", concluye.

Si tenés una historia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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