Pionero de la aviación argentina, peleó en la Primera Guerra Mundial e hizo el primer cruce nocturno de los Andes en avión
Conocido como “el Cóndor Riojano”, Vicente Almandos Almonacid marcó la historia de la aviación en la Argentina
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El silencio reinaba en las costas de Ostende, Bélgica. Era una noche cerrada y las tropas alemanas descansaban en las dunas. Nadie parecía percatarse de un zumbido bajo, casi imperceptible, que provenía del cielo. Una pequeña avioneta francesa irrumpía en el firmamento y sobrevolaba el asentamiento germánico sin ser detectada.
Dentro de ella viajaba un soldado que observaba todo en silencio. Este piloto, sin embargo, no era francés, sino argentino, más en específicamente, riojano. Era el cabo Vicente Almandos Almonacid quien surcaba el cielo oscuro cargando seis proyectiles de carga pesada. A pesar de que no volaba muy alto (a solo 120 metros del suelo), nadie parecía percatarse de su presencia.
Esto cambió cuando la primera bomba cayó sobre un grupo de vehículos. La violencia de la detonación provocó el desbande desordenado del ejército alemán. No obstante, antes de que pudieran responder, Almonacid ya había disparado otros cuatro proyectiles.
Los proyectores alemanes apuntaron al avión aliado para indicarle a las ametralladoras a dónde disparar. No obstante, las maniobras del piloto argentino desorientaban a los buscadores y le permitieron liberar su última bomba sobre un cuartel. Luego se dirigió al mar, para escapar, “mientras escuchaba el ruido de las balas que chocaban contra el agua”.

Así relata un comunicado oficial la hazaña nocturna de Almonacid, que luego fue recopilado por el Aero Club Argentino. Debido a esta acción, el Ejército francés ascendió al grado de sargento al riojano, quien cinco años antes estaba trabajando en la municipalidad de Bahía Blanca y no había visto un avión en su vida.
“Los mandos de la milicia de aquella época lo describían como un piloto lleno de entusiasmo y audacia”, explica a LA NACION el suboficial mayor Walter Marcelo Bentancor, investigador aeronáutico y parte del personal docente del Museo Nacional de Aeronáutica.
Ese entusiasmo haría que, para el final del conflicto bélico, el argentino alcanzara el cargo de capitán de las Fuerzas Armadas francesas. Ingeniero, inventor, piloto, soldado, empresario y diplomático, la historia de Vicente Almandos Almonacid pareciera resumir seis vidas en una.
Desde La Rioja a Francia
Vicente Almandos Almonacid nació en San Miguel de Anguinán, La Rioja, el 24 de diciembre de 1882. Su padre, de quien heredó el nombre, era un empresario ganadero que había gobernado la provincia. Al morir, en 1891, el negocio familiar entró en crisis y por esta razón, Almonacid, su madre Esmeralda Castro Barros y hermanos, se trasladaron a Buenos Aires.
Vicente realizó sus estudios en el Colegio Nacional y luego se inscribió en la Escuela Naval Militar. Sin embargo, la abandonó para inscribirse en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde se recibió de Ingeniero. En 1910 comenzó a trabajar en la oficina técnica de la Municipalidad de Bahía Blanca.

Con evidente admiración, Bentancor revive la historia de “el cóndor riojano” para LA NACION.
–¿Cómo se originó el interés de Almonacid por la aviación?
–Su inclinación por los aviones fue paralela al origen de la aeronavegación en nuestro país. En 1910, en el marco del festejo del Centenario, llegaron desde Europa unos 35 aviadores franceses e italianos con sus aeroplanos. Aún no había aviones en la Argentina, entonces, su arribo se convirtió en una atracción turística. Almonacid no escapó de esa fiebre aviadora y, tras ver las acrobacias de los pilotos, decidió meterse de lleno en la aviación. Tanto es así que en 1913 construyó por su cuenta un aeroplano, al cual bautizó Aeromóvil, y lo presentó en el Palomar en la flamante Escuela Militar de Aviación, frente a un juzgado de técnicos. A pesar de que su invento volaba y cumplía sus requisitos, quedó relegado y no lo pudo patentar.
–¿Fue en ese momento cuando decidió viajar a Francia?
–Exacto, él veía que en nuestro país se consideraba a la aviación como algo para locos o adinerados. Por eso viajó al país galo y allí se vinculó con el ingeniero Gustave Eiffel, el mismo de la Torre, con quien aprendió conocimientos sobre aerodinámica y estabilidad para poner en mejores condiciones su invento. También se inscribió en la escuela de vuelo de los hermanos Farman, famosos por ser uno de los primeros fabricantes de aviones, donde recibió su brevet de piloto, el título que lo convirtió “formalmente” en aviador civil.
Pocos meses después estalló la Primera Guerra Mundial y, frente a la amenaza alemana, Vicente decidió enrolarse en la Legión Extranjera para combatir del lado de los Aliados. El 12 de agosto de 1914 fue designado a una escuadrilla estacionada en Bélgica, a disposición del 32° cuerpo del Ejército.

–¿Cómo funcionaban los aviones militares en aquella época?
–Los vuelos nocturnos eran una actividad singular en ese tiempo, ya que no había instrumental ni aeródromos preparados para ellos. Cada vez que tenían que aterrizar, prendían unos contenedores con combustible para que el piloto viera dónde estaba la pista. Volar de noche era todo una hazaña, sin embargo, Almonacid se especializó en ese tipo de recorridos. Primero se desempeñó como observador, por lo que iba atrás del piloto analizando el campo de combate y, una vez que aterrizaban, informaba a los mandos la ubicación de dónde estaban las tropas enemigas. También era artillero, volaba con ametralladoras, escopetas o incluso revólveres con los que se disparaban de avión a avión, ya que aún no se había inventado la metralleta que dispara a través de la hélice.
–¿Por qué creés que se alistó en el Ejército francés?
–Él era muy apasionado por Francia, país que le había dado lo que no le dio la Argentina, en el sentido de la parte inventiva. Indudablemente se anotó en la Legión Extranjera para devolverle a esa nación lo que había hecho por él al entrenarlo como piloto. Sus misiones más difíciles las efectuó el 26 de agosto de 1915, cuando realizó varios bombardeos nocturnos a larga distancia con cuatro horas de intervalo entre cada uno. Meses más tarde, fue nombrado subteniente y ahí se le otorgó la conducción de una escuadrilla de bombardeo de larga distancia. Este debe ser un caso probablemente único en esa guerra, porque se le confiaba a un extranjero una tropa entera de aviones. Al finalizar el conflicto, ya tenía el cargo de capitán del Ejército francés.

Durante la Primera Guerra Mundial, Vicente Almandos Almonacid no solo se dedicó a volar, sino que también desarrolló varios inventos de gran valor para la aviación: un sistema portabombas debajo de la alas, un visor de estabilidad automática para generar un vuelo nivelado y tres tipos de bombas especiales para aviones, entre otros. Gracias a estas creaciones recibió una felicitación del Ministerio de Armamentos de Francia y, como corolario, le fueron otorgadas varias patentes.
Cuando regresó a su Argentina natal, fue recibido como un héroe. El Ejército argentino lo colmó de elogios por sus proezas en Europa y sus autoridades le prometieron conservar su puesto de capitán dentro de las tropas nacionales... sin embargo esa promesa nunca se cumplió y Almonacid jamás llegó a formar parte oficial de las Fuerzas Armadas Argentinas. De todas formas, el piloto regresó convencido de que su labor como aviador estaba lejos de terminar.
El bautismo del “Cóndor riojano”

–¿Cómo surgió la idea de cruzar los Andes en avión?
–Para la década del 20 se había originado una puja entre Chile y Argentina por ser el primero que cruzara la Cordillera por la parte más alta y en avión. El primer cruce lo hicieron los chilenos, que siempre tuvieron mejores aviones que nosotros porque eran más cercanos a Inglaterra y obtenían buen material. Quien realizó este viaje fue el teniente Dagoberto Godoy en el año 1918. Sin embargo, en enero de 1920, llegó a la Argentina una Misión Aeronáutica Francesa y le dio una oportunidad dorada a Vicente. Le asignó el encargo de llevarle a las autoridades chilenas un saludo de parte de la Misión, junto con otro teniente francés llamado Fernando Priaulx. Para eso, se los proveyó de dos aviones, un SPAD de 220 HP, que fue utilizado por Almonacid, y un Breguet de 300 HP, que fue piloteado por Priaulx. Sin embargo, el avión del argentino tuvo serios desperfectos que lo obligaron a cancelar el cruce. El teniente francés sí lo logró, y por supuesto, el riojano quedó frustrado por la oportunidad perdida.
–Sin embargo, logró el cruce. ¿Cómo lo hizo?
–Frente al intento fallido, un teniente francés, de apellido Guitxar, y el argentino Jiménez Lastra, amigo de Jorge Newbery, gestionan ante la compañía Franco-Argentina de Transportes Aéreos la provisión de un avión para dárselo a Almonacid y que pueda cumplir su deseo. Los directivos de la empresa no solo accedieron, sino que le obsequiaron un biplano SPAD de 220 HP por sus acciones durante la guerra.
–¿Cómo fue el viaje?
–El 29 de marzo de 1920, Almonacid se elevó desde Los Tamarindos, Mendoza, cuando empezaban a asomar las primeras estrellas. Gracias a su experiencia en la Primera Guerra, ya tenía dominado el vuelo nocturno y podía guiarse a través de las montañas. Descendió en Valparaíso, Chile, en una playa llamada Vergara, a las 8.35 p.m. de la Argentina. A pesar de que realizó un aterrizaje de emergencia y el avión quedó muy maltrecho, se considera a ese viaje como el primer vuelo nocturno en cruzar la Cordillera. Desde ese momento empezó a ser conocido como el “cóndor riojano”, se le rindieron diversos homenajes e incluso le escribieron dos tangos en su nombre.

La increíble hazaña trasandina no puso freno a las ambiciones de Almonacid. En los siguientes años dedicó todos sus esfuerzos al desarrollo de la aviación comercial en el país. En aquel entonces, el empresario francés Pierre-Georges Latécoère era dueño de una de las primeras aerolíneas, la llamada Compañía General Aeropostal. El magnate decidió acudir al riojano para que intercediera frente al presidente Marcelo T. de Alvear con el objetivo de obtener su permiso para instalar una sede en el país. Luego del visto bueno del mandatario, Almonacid fue el encargado de redactar el estatuto y, de esta manera, el 8 de febrero de 1927, se inauguró la primera base argentina de la Compañía General Aeropostal en General Pacheco, provincia de Buenos Aires.
Allí los franceses construyeron su base de operaciones, armaron sus hangares y trajeron sus aviones y pilotos afamados, entre ellos, Antoine de Saint-Exupéry, autor de la reconocida obra El principito. Los primeros vuelos conectaban a la Argentina con países limítrofes como Paraguay, Chile y Bolivia. También se desarrollaron las primeras rutas hacia el interior del país, llegando a localidades “remotas” como Río Gallegos o Comodoro Rivadavia.
La experiencia de viajar en aquella época distaba mucho de lo que es actualmente, ya que solo entraban cuatro pasajeros en un habitáculo poco confortable y el piloto viajaba con la cabeza prácticamente fuera del avión. El principal uso del viaje era el transporte de correo y ocasionalmente algún viajero.

Si bien Almonacid ayudó en la instalación de la empresa francesa, también exigió la fundación de una compañía argentina, con elementos nacionales, que organizara la aviación comercial argentina. Esto dio por resultado la creación de la sociedad anónima Aeroposta Argentina, el 5 de septiembre de 1927, antecesora de Aerolíneas Argentinas. El riojano también tuvo la idea de crear una “policía aérea” que asistiera en cuestiones de seguridad, transporte sanitario, salvamentos o prevención de incendios e inundaciones. Su visión finalmente se concretaría en 1936, con la creación de la Dirección de Seguridad de Servicios y Operaciones Aéreas de la provincia de Buenos Aires.
El regreso a la guerra y a Francia

–¿Por qué Almonacid se involucró en la Guerra del Chaco?
–Él había hecho gestiones para que la Compañía Aeropostal operara en Paraguay y se realizara la conexión con nuestro país. Por esta razón era muy estimado allí y, cuando estalló la Guerra del Chaco, le pidieron su asistencia para la Fuerza Aérea Paraguaya que era prácticamente inexistente. El Capitán riojano viajó a Asunción y se hizo cargo de la aviación durante el conflicto, principalmente en la formación de los pilotos, a quienes les transmitió todos sus conocimientos de la Primera Guerra Mundial. Los redactó en un documento llamado “La Aviación en los Ejércitos”. La disputa con Bolivia por el Chaco Boreal consistió en el primer conflicto en Sudamérica en el que se desplegó de manera significativa la aviación militar.
–¿Qué hizo después de la finalización del conflicto?
–En 1934 fue destinado por el gobierno como cónsul argentino en Francia y se instaló en la casa en la que había vivido el general San Martín en Boulogne-sur-Mer. Allí se hizo fanático de su figura, le compuso diversos versos en su homenaje y se volvió el curador de su vivienda. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Alemania invadió el norte de Francia, logró proteger el edificio histórico gracias a su gran capacidad de acción diplomática.
“La humanidad se ha lanzado de lleno a la conquista de la atmósfera; por todo el mundo se propaga veloz la naciente aerocivilización y ya, como por un sarcasmo al internacionalismo, la región sin fronteras, el aire de todos, se alista para ser el más grande campo de batalla”, resumía en La Aviación de los Ejércitos Vicente Almandos Almonacid. Este extracto demuestra a simple vista el carácter visionario del riojano, quien buscó siempre que nuestro país estuviera a la vanguardia de la aviación civil y militar.
Concluida la Segunda Guerra Mundial, el Capitán regresó a su Argentina natal y vivió sus últimos años rodeado de su familia. El 16 de noviembre de 1953 el “Cóndor riojano” miraba el cielo por última vez antes de morir, a sus 71 años. Con el paso del tiempo, los tangos en su honor dejaron de escucharse, las estampillas con su cara se fueron perdiendo y hoy son pocos los que recuerdan sus hazañas. Sin embargo, su nombre se hace presente cada vez que un avión aterriza en su provincia natal, en el Aeropuerto de La Rioja Capitán Vicente Almandos Almonacid.
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