
¿Por qué es el ser y no más bien la nada?
En una reunión, los mayores científicos del mundo lazaron teorías, pero admitieron su ignorancia final respeto de cómo comenzó el universo
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WASHINGTON (Estados Unidos).- La tradición india de los Upanishad es escueta: "Al comienzo el universo no existía. Apareció después".
Para los antiguos pobladores de la Polinesia: "No había sol ni luna, ni tierra, ni montaña: todo era confusión".
Los egipcios afirmaban que "el cielo no existía, la Tierra no existía. Los hombres tampoco. Los dioses no habían nacido. No había muerte".
Y el relato mesoamericano del Popol Vuh sentenció: "En el principio todo estaba tranquilo, silencioso e inmóvil. Nada existía salvo el cielo vacío y el mar sereno en la noche profunda".
Todos estos textos y muchos otros intentan en vano responder la pregunta que nos atormenta desde que existe vida inteligente sobre este planeta y desde que alguien dirigió su mirada hacia las vastedades del cosmos: ¿tuvo un comienzo el universo? Y, si es así: ¿cómo fue? Hoy, la ciencia ofrece su respuesta: el universo se habría originado en un punto infinitamente denso y caliente, en una fabulosa e inconmensurable explosión que dio origen a la materia tal como la conocemos.
Sin embargo, más allá de las certezas que penosamente construyen los investigadores, ninguna de las hipótesis existentes alcanza a explicar los primeros instantes.
"No sólo carecemos de observaciones pertinentes, sino que la teoría misma nos falta -afirma el célebre astrofísico británico Stephen Hawking en su libro Historia del tiempo-. Tenemos todas las razones para pensar que, más allá de un cierto límite (alrededor de 10 a la 32 grados Kelvin; es decir, un uno seguido de 32 ceros) las nociones mismas de temperatura y de tiempo pierden su sentido." Para tratar de aclarar estas cuestiones que nos perturban y avivan los fuegos de la mente, la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia convocó hace unas semanas a sacerdotes, filósofos, biólogos, físicos y a un puñado de los más destacados cosmólogos del mundo. La reunión, que se celebró en el auditorio Baird del Museo Smithsoniano de Historia Natural, el mismo recinto que en los años 20 presenció la discusión acerca de las dimensiones del universo, buscó tender puentes entre ciencia y religión, y confrontar qué se sabe y qué resta saber sobre el comienzo del mundo.
Para los griegos, el mundo era obra de un divino artífice que lo había construido siguiendo los patrones estéticos que imperan en el arte.
En la Edad Media se creyó que la Tierra estaba en el centro del mundo, rodeada por nueve esferas sobre las cuales se movían los planetas y una décima en la que habitaba Dios. Y, mientras en la Antigüedad se lo consideraba compuesto por cielo, tierra y submundo, la receta del universo moderno incluye átomos, materia oscura, radiación y vacío, todo eso regido por las leyes de la relatividad einsteiniana y la mecánica cuántica.
La visión actual del cosmos está dominada por la matemática. Aun para los legos, la realidad que aparece tras las poderosas lentes de los telescopios es resultado de complejas ecuaciones que rigen los infinitesimales dominios de las partículas subatómicas. Desde siempre, estos modelos científicos mantuvieron tormentosas relaciones con las ideas religiosas.
Cuando Galileo descubrió el movimiento de los planetas y confirmó la trascendencia del mensaje copernicano de que la Tierra no era el centro del universo fue sospechado de herejía y sufrió reclusión domiciliaria por el resto de su vida.
Pero fue un sacerdote, el abad George Lemaitre, el primero en plantear la teoría del universo en expansión, hoy conocida como Big Bang, en la que las galaxias, los planetas, las estrellas, se originan en un punto primordial; o como lo llaman los astrofísicos, una singularidad de infinita densidad ocurrida hace entre doce y catorce mil millones de años. Las últimas mediciones, dadas a conocer por la NASA hace algunos días, todavía están sujetas a controversia.
El paralelo entre la explosión inicial y el "¡Que se haga la luz!" se difundió rápidamente. En 1951, Pío XII examinó las nuevas ideas en una conferencia dirigida a la Pontificia Academia de Ciencias, que finalizó diciendo: "Así... hay un creador. Dios existe". Sus palabras no sólo fueron reproducidas en la revista Time, sino también en la Physical Review, cuando el físico George Gamow las insertó en una nota a pie de página ¡como prueba de sus propias ideas cosmológicas! (El propio Lemaitre, entonces presidente de la Academia, no vio de buen grado este uso de teorías científicas no comprobadas.) Luego, cuando en 1960 se comprobó la existencia de la radiación residual detectada por los astrónomos en todos los rincones del cosmos y que nos transmite el eco de la explosión inicial, se confirmó que nuestro universo tiene una historia y algunos quisieron ver en ella la firma de Dios.
"Todo indica que el Big Bang realmente existió -dijo Sandy Faber, de la Universidad de California en Santa Cruz y responsable de algunos de los más resonantes descubrimientos del telescopio Hubble-. Pero... -se preguntó-, ¿es entonces cuando empezó el universo? ¿Se originaron allí el tiempo y el espacio? Eso es algo que, al menos por ahora, está más allá de mi entendimiento."
A pesar de los millones de datos que fluyen a la velocidad de la luz a través de los instrumentos que rastrean el cosmos, los científicos aún no logran perforar el misterio que rodea los primeros instantes de nuestro mundo. Utilizando ese prodigio de la ingeniería que es el telescopio espacial Hubble, los investigadores intentaron avanzar hacia las profundidades, hasta los comienzos del tiempo. Tal vez el más ambicioso intento de resolver las incógnitas fue la imagen de campo profundo (Deep Field Image), que se realizó enfocando continuadamente durante dos semanas una región muy pequeña del cielo -de alrededor de cuatro o cinco minutos luz-. "Algo así como la zona comprendida por dos diminutas agujas sostenidas a un brazo de distancia", explicó Joel Primack, también de la Universidad de Santa Cruz.
El resultado es impresionante: una imagen saturada de pequeñas motas de luz. Son galaxias sobreimpresas sobre otras galaxias, sobreimpresas a su vez sobre otras galaxias... Cada vez que los científicos dirigen sus telescopios hacia puntos muy distantes del espacio exterior, debido a que detectan la luz que debió viajar durante miles de millones de años para llegar hasta nosotros, también están observando la infancia del universo. Sin embargo, hay un límite: "Más allá del horizonte cósmico, cuando el universo tenía algo así como 300.000 años, ya no vemos galaxias -afirmó Primack-. Puede ser que ésas sean las edades oscuras del universo. En esos tiempos primigenios, había casi la misma cantidad de materia y de antimateria. Todo lo que observamos hoy son los mínimos excedentes de materia que quebraron la simetría y sobrevivieron para evolucionar".
Para Stephen Hawking, "el estado presente de la teoría física nos enseña que nuestro último horizonte se sitúa a alrededor de 10 a la 32 grados. De lo que habría más allá en temperatura o antes en el tiempo, nada podemos decir".
Para Alan Guth, el científico del Instituto Tecnológico de Massachusetts que creó la teoría del universo inflacionario, el Big Bang describe cómo se expandió el universo desde un estado inicial, cómo se crearon los elementos livianos y cómo la materia del universo eventualmente formó las estrellas y las galaxias. Pero para muchos astrónomos y astrofísicos, deja muchos cabos sueltos.
Por ejemplo, no resuelve qué había antes de la explosión inicial, por qué el universo primitivo estaba tan caliente, ni por qué es tan homógeneo en cualquier dirección en que se mire.
Lo cierto es que no se sabe qué ocurrió en ese primer segundo del cosmos. En su libro El primer segundo (Editorial Andrés Bello, 1998), Hubert Reeves afirma que no sólo se carece de observaciones pertinentes, sino también de teorías coherentes. El modelo inflacionario intenta llenar este vacío. Sugiere que hay un estado de la materia, que sólo se alcanzaría a muy altas energías, que tiene la extraña propiedad de crear una repulsión gravitatoria.
La teoría inflacionaria especula con que en el universo temprano había por lo menos un sector dominado por esta sustancia peculiar. Esta habría sido la fuerza que dominó la explosión inicial, pero como este tipo de materia sería inestable, se habría desintegrado como lo hacen las sustancias radiactivas. Esa desintegración habría liberado la energía que produjo las partículas subatómicas y la sopa primordial.
El período inflacionario del universo, según este modelo, habría durado una ínfima fracción de segundo, equivalente a 1 a la -35 segundos.
Ahora bien, la inflación no tiene fin pero... ¿tuvo un comienzo? "Sí -afirmó Guth-. Pero cabe pensar que ese comienzo podría darse en una región particular del universo, una región de falso vacío. Una parte de ella decae y la energía liberada en ese proceso produce un universo de bolsillo. Esto abre la interesante posibilidad de que existan universos múltiples en continua creación. Lo que nos conduce a la idea de una inflación eterna." Múltiples universos en continua creación. Algo que se parece al infinito.
Pero entre los científicos no hay acuerdo. Para Neil Turok, estrecho colaborador de Stephen Hawking que se ocupa de esas extrañas entidades conocidas como defectos topológicos (las cuerdas, los agujeros de gusano y otras extravagancias de la astrofísica), "uno tiene que preguntarse si las cosas tienen sentido. Y el Big Bang no lo tiene. Es como si uno fuera un maestro de escuela y les dijera a sus alumnos que se tomen de las manos y se alejen del centro. Por supuesto, los chicos se atraen y ciertamente no se expandirán uniformemente; menos, si uno les dice que sólo pueden comunicarse con sus vecinos". Rocky Kolb, profesor de astrofísica en la Universidad de Chicago y miembro del grupo de la NASA en el laboratorio Fermilab, tiene algunas ideas al respecto. "En mi laboratorio -explicó- tratamos de recrear los primeros segundos de la sopa primordial provocando colisiones entre partículas subatómicas. Hoy podemos reproducir las condiciones imperantes hasta el momento situado a 0,000 000000004 segundos del Big Bang, un instante en el que se acumulaba una energía similar al total de la producida por el sol en 64 mil millones de años. ¿Qué había antes de eso? -se pregunta-. Vacío. Pero para la mecánica cuántica, el vacío tiene energía. Mediciones más detalladas acerca de la naturaleza de la materia oscura podrán ayudar a probar, en el futuro, que la materia viene del vacío... es decir, de la nada. Pero, entonces, tendremos que explicar el vacío."
La tarea es ardua y puede alumbrar concepciones fantásticas. Según Hawking, las pretensiones relativas a una explicación de la creación o de por qué hay algo en lugar de nada deben reemplazarse por una comprobación pura y simple de ignorancia.
El escribió, por ejemplo: "Si el universo tuvo un comienzo, podríamos suponer que tuvo un creador. Pero si el universo estuviera autocontenido, sin bordes ni fronteras, no tendría principio ni fin. Simplemente sería. ¿Qué lugar habría entonces para un creador?" "En este momento, parecería que los científicos nunca podrán levantar la cortina del último secreto -coincidió Owen Gingerich, profesor del Observatorio Astrofísico Smithsoniano-. Es posible que, después de atravesar innumerables dificultades para ascender a las altas cumbres del conocimiento -exclamó-, cuando estemos a punto de arrojarnos sobre la última roca, los científicos seamos recibidos por una banda de teólogos que han estado sentados allí por siglos. La banda de teólogos tendrá una respuesta: Dios lo hizo." Y agregó: "¿La respuesta a estas preguntas fundamentales tiene alguna importancia? ¿O es sólo sonido y furia? Posiblemente, es justamente el hecho de que las hagamos lo que da un sentido al universo".






