
Por qué la hora a la que te despiertas es mucho más importante que cuánto tiempo duermes
Dormir una cantidad adecuada de horas es fundamental para la salud, pero una investigación realizada con casi 61.000 adultos reveló que existe otro factor que podría ser igual de importante
3 minutos de lectura'

Cuando una persona cuenta que tiene un mal descanso, suele preguntársele cuántas horas duerme por día. Sin embargo, un reciente estudio demostró que no es el único factor importante a tener en cuenta. La investigación publicada en la revista científica Sleep analizó más de 10 millones de horas de información obtenida mediante acelerómetros de muñeca de 60.977 participantes del UK Biobank.
Los investigadores encontraron que una mayor regularidad del sueño se asociaba con un riesgo de mortalidad por cualquier causa entre un 20% y un 48% menor respecto del grupo con los patrones más irregulares. Los resultados también mostraron asociaciones con causas específicas: una mayor regularidad estuvo vinculada con entre un 16% y un 39% menos de riesgo de mortalidad por cáncer y entre un 22% y un 57% menos por causas cardiometabólicas, según los distintos niveles de regularidad analizados.
Esto no significa que dormir pocas horas deje de ser perjudicial o que sea conveniente sacrificar tiempo de descanso con tal de respetar el despertador. Los propios investigadores remarcan que tanto una duración anormalmente corta como una excesivamente larga se asocian en estudios previos con una mayor mortalidad.

Incluso, el trabajo encontró que la relación entre duración y regularidad alcanzaba su punto más favorable alrededor de las 7,8 horas de sueño, aunque esa cifra no debe interpretarse como una cantidad universal que todas las personas deban dormir. Ya que no es lo mismo la cantidad de horas que necesita dormir un bebé que un adolescente o un adulto mayor.
¿Por qué tener una rutina para dormir podría ser tan importante?
El organismo humano funciona siguiendo un ritmo circadiano, un ciclo biológico de aproximadamente 24 horas que participa en la regulación del sueño y la vigilia, la temperatura corporal, el metabolismo y la secreción de distintas hormonas.
La luz constituye una de las señales ambientales fundamentales para sincronizar ese reloj interno. Por eso, mantener cierta estabilidad en los horarios de sueño y vigilia ayuda al organismo a conservar patrones circadianos más regulares.
Por el contrario, cambiar constantemente los horarios puede favorecer un desajuste entre el reloj biológico y las actividades cotidianas. Los investigadores explican que las personas con patrones irregulares también suelen estar expuestas a horarios cambiantes de luz, comidas y actividad física, lo que puede contribuir a alterar los ritmos circadianos.

Un ejemplo frecuente ocurre durante los fines de semana. Una persona puede levantarse temprano de lunes a viernes por sus obligaciones laborales y despertarse varias horas más tarde los sábados y domingos. Esta diferencia entre los horarios impuestos por las obligaciones sociales y los ritmos de descanso recibe habitualmente el nombre de “jet lag social”. Cuando llega nuevamente el lunes, el organismo debe volver a adaptarse al horario de la semana.
De ahí que la regularidad no implique únicamente acostarse siempre a la misma hora. También supone intentar mantener horarios constantes para levantarse, evitando diferencias muy pronunciadas de un día para otro.



