
¿Quién le teme a Mario Pergolini?
En abril próximo, él y su troupe reaparecen en la pantalla –esta vez de Canal 13– para continuar lo que empezó siendo un programa de televisión y hoy es toda una leyenda: Caiga quien Caiga
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–Soy un chico clásico. Mirá lo que es mi oficina.
Su oficina: un lugar ni muy chico ni muy grande, un escritorio, un sillón de cuero, computadora, mesita ratona, sillones, televisor, jardín al fondo, fotos de sus hijos, Tomás y Matías, y de su mujer, Dolores. En un rincón, foto expandida: él, rodeado por Paqui Galé, Pipo Cipollatti, Fito Páez y el L. A. Spinetta. En la foto, Mario Pergolini lleva ojos encendidos y camisa vergonzante. –Esa foto la tengo para recordar lo que no tengo que hacer. Esa camisa, dios mío, qué horrible.
De muy chico, dice, era rubio, casi blanco. De joven, de más joven, que vestía camisas como la de la foto. Horribles. Ahora su mujer le elige remeras acordes con su gusto: celeste claro, blanco, azul. Pero no protesta cuando le proponen una camisa tan moderna para las fotos de esta nota.
–Jamás me pondría esto, pero todo bien. ¿Ropa de hombre no trajiste nada? Junto a la foto de la camisa rara hay otra. Harvey Keitel y sus perros en la calle, con el traje negro, la corbata fina. Anteojos.
–De esa película sacamos la vestimenta para Caiga quien caiga. Qué buena película. Violencia, tiros, sangre. Todo lo que tiene que tener el cine.
Del fervor adolescente de La TV ataca al ácido rabioso de Caiga quien caiga. De rubio a morocho. De reventadito adolescente a joven empresario. El cree que cierta mediocridad lo sobrevuela.
–Siempre pensé que es bastante mediocre todo. Que me faltó esfuerzo. Cuando entramos en el Gran Rex en diciembre último, a hacer Caiga..., pensé Qué circo armamos. Pero no noto esfuerzo. No puedo disfrutarlo todo tanto. Ta’bien, me sale, pero... en diciembre terminamos con el share más alto que hubo en FM en los últimos años y yo siento que lo hicimos medio de taquito. Entonces les dije a todos Bueno, este año vamos a transpirar. Y todos me miran como diciendo ¡No podemos máaaas, enferrrrmo, pará!
Vierte un polvo marrón en un vaso con agua. Revuelve, traga. Grita, porque es horrible.
–Ajjjjjjj. No, es que yo voy a un médico chino, que me da unos polvos. No me habla. Me da los polvos y me dice que los tome.
Una luz de alarma se enciende, en algún lado. “Miente –advierten por ahí–. Cuidate, porque miente todo el tiempo.” –Tengo dolor de garganta.
–¿Un dolor así nomás? –pregunta (mal) esta cronista, como quien pregunta si, además, tiene gripe.
–¿Si es cáncer, decís? No, espero que no.
La música de los genes
Nació hace 37 años en algún lugar de la Capital Federal, descendiente de italianos por parte de madre y padre, hermano menor de una hermana mayor, criado con límites de todo tipo, arrullado por el tilín de que lo primero es la familia, el trabajo y la frente bien alta. No recuerda una infancia infeliz, pero sí una vida de joven adulto en la que casi deja el pellejo. Antes, cuando la vida era un río tranquilo y él era rubio, pasaba los veranos en Junín, provincia de Buenos Aires, ciudad donde había nacido su padre.
–Todos los carnavales íbamos a Junín y de ahí a los carnavales de Lincoln. Iba a pescar con mi papá a la laguna de Gómez. Mi papá era socio del Club de Planeadores, fundó el Coro de Junín. Cantaba, era un tipo intelectualmente muy preparado, con muy buen gusto musical, artístico.
–¿Sacaste algo de él?
–Sí. Creo que saqué mucho más de lo que creía de mi papá. Creo que amo la música porque mi papá me enseñó a apreciarla. Cuando grabo cosas, a veces creo escuchar que estoy hablando como mi papá, y que tengo actitudes parecidas.
–¿Por ejemplo?
–Cuando nos terminamos de maquillar de viejos, para el Caiga... que hicimos en el Gran Rex, me miré a los ojos y dije: ¡“Oh, Dios mío!, ¿esto eran los genes?” Me doy cuenta de que soy más cercano a él de lo que creía. Me hubiese gustado tener más habilidades como las que tiene mi papá con sus manos, o su creatividad. Creo que mi papá hubiese sido un perfecto yo. Cada vez me doy cuenta de que tengo más cosas parecidas a mi padre y creo que le debería agradecer muchas de las cosas que soy hoy. Que me guste la tecnología, que me guste leer. No puedo ser tan necio como para no reconocer eso.
Pergolini, por circunstancias que nunca dio a conocer, hace seis años que no habla con su padre.
Papá corazón
Tomás se llama el hijo más grande de Pergolini hijo. Tomás Pergolini asiste más o menos indiferente al circo que se arma alrededor de su padre Mario en circunstancias como las de, digamos, el teatro en vivo y a pleno en el Gran Rex, que el 11 y 12 de diciembre de 2001 marcó la primera vuelta de CQC al ruedo, en algo que después se transformó en un par de especiales emitidos por Canal 13.
–Mi hijo me dice: ¿Pero de qué se ríen? No puede entender que la gente se ría de algo que yo digo. En la función de padre, es la función en la que más cómodo me siento.
–¿Más que de...?
–Más que de todo.
–¿Más que de marido?
–¿Más que de marido? ¡Uh!... Es que para mí, en mi tradición, es imposible ser padre sin ser marido. Siempre digo que mi mujer, Dolores, tiene tres hijos. Supongo que le gustaría tener un esposo. Yo soy muy conservador. A lo mejor, lo que represento en los medios no parece eso, pero no soy muy moderno. Me despierto a la mañana, llevo a mi hijo al colegio, voy a la radio, vengo a la oficina, voy a estudiar piano, o tae-kwon-do, me quedo hasta las siete y media, ocho, en la oficina, y me voy a casa. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Mi mundo se reduce a poca gente. No me cae muy bien el ser humano en general. Amo la tecnología, la amo. Me gustó más el piano cuando me di cuenta de que tenía varios botones, y lo podía enchufar.
Pocas cosas deja saber de cómo era cuando era unplugged. Solitario, dice que era.
–Yo era muy sanatero, lo que me convertía en alguien peligroso, no tenía muchos amigos.
A los 16, se hacía la rata para ir a visitar los estudios de radio. Mientras, por ganarse sus pesos, fue cadete de una empresa de tiempo compartido, y después, a los 18, fue radical, alfonsinista. Trabajó en Relaciones Parlamentarias. En la Casa Rosada. –Cuando salí de ahí, odié la política. Me distancié muchísimo del radicalismo y de cualquier partido político. Era 1982, yo tenía 17 años, íbamos a Obras a gritar: Se va a acabar, se va acabar... Pero después la realidad me hizo anarquista. Trabajaba en la Casa Rosada, ¿entendés?, iba todos los días.
–¿No te dan ganas de visitar tu antiguo lugar de trabajo?
–No. Cero. Me ha pasado hace poco ir al colegio al que fui cuando era chico, y creo que me puse a llorar nada más que porque decía: Dios mío, no reconozco al pibito que estuvo acá. Yo no soy... nada que ver con ese pibito.
El ha dicho muchas cosas de sí mismo. Jamás que sea una buena persona.
Mi reino por una radio
Los datos dicen, más o menos, que el comienzo oficial fue en el programa Feedback, que hizo con Ari Paluch, en Continental. De allí pasó a la Rock & Pop, donde el verdadero punto de inflexión vino de la mano de un tipo tan oscuro y tremebundo como él: Eduardo de la Puente, con el que hizo Malas compañías. Siguieron Tiempo perdido, Podría ser peor y, desde mediados de los años 90, pavonea su voz en Cuál es, el programa de la mañana de la Rock & Pop, radio a la que, desde hace tiempo, además de ponerle la voz, le pone voto: es uno de sus accionistas. Paralelamente, descubrió la televisión. Fue empleado de Diego Guebel, su actual socio en la productora Cuatro Cabezas, en los programas La TV ataca, Hacelo x mí y Turno tarde. Entre 1992 y 1993, el rating puso a Pergolini de un lado (en Canal 9, con La TV ataca en la semana y Hacelo x mí los domingos) y a Marcelo Tinelli del otro (con Videomatch en la semana y Ritmo de la noche los domingos). Se prepotearon mutuamente hasta que Pergolini mordió, claro, el polvo. Hoy, se supone que pertenecen definitivamente a dos modos distintos de casi todo: vivir, hacer televisión, conseguir amigos. Turno tarde, en 1994, fue el último programa que Pergolini hizo en Canal 9: Romay, Alejandro, lo levantó y lo reemplazó por la reemisión de Amigos son los amigos. En 1995 y con productora propia, llegó de nuevo a la tele con Caiga quien caiga. Ya nadie lo recuerda, pero a juzgar por los antecedentes televisivos de su conductor, nadie apostaba fuerte al programa. Un año después, CQC era un ciclo de culto. La cadena española Telecinco adquirió, en 1996, el formato para España, y al ciclo le llovieron premios: Broadcasting en 1997, Emmy en el mismo año y Martín Fierro al mejor programa periodístico en 1996 y 1998, además de que Andy Kusnetzoff recibió el Martín Fierro 1998 a la mejor labor periodística. A pesar de todo, Pergolini sigue muriendo por la radio.
–Yo estoy de vacaciones y voy a la radio del lugar donde estoy y le digo: ¿No me dejás hablar media horita? A veces estoy escuchando cualquier radio, y el operador pega mal un tema, busco el teléfono, lo llamo y le digo: Loco, ponete las pilas, estás pegando mal el tema. ¿Quién habla? Pergolini. Mentira. Loco, no importa quién soy, pero lo estás haciendo mal, hacelo bien. Siempre me gustó la música, entonces mis amigos me daban cassettes para que les grabara, y yo les hablaba en el medio. Me decían: Pero tarado, ¿quién te quiere escuchar a vos? Yo fui muy solitario y hablar por radio me daba... La radio es el mejor remedio que hay. Cuando pienso programas de televisión los pienso en radio. Cuando escucho las radios copiadas, con locutoras y locutores tan estúpidamente demagógicos con sus oyentes, me da asco.
El punto de inflexión en su vida fue el encuentro con Eduardo de la Puente, con el que además de hacer un programa de radio convivió durante dos años en La Boca.
–Fueron los dos años más bravos de mi vida. Yo agradezco tanto a la vida que me haya hecho eso. Era mi ídolo. Es mi ídolo. Yo aprendí tanto. Había una vida mucho más sufrida, de otros esfuerzos, de otros dolores, de otros miedos. Eran los años 80, íbamos a diez mil; cuando tenés 22, 23, no te vas a morir. No hay nada que te vaya a matar. No teníamos ni un centavo. Plata empecé a tener de La TV ataca en adelante, pero con Malas compañías teníamos el récord de audiencia y ganábamos como si hoy fueran seiscientos pesos. Hacíamos fiestas los fines de semana, dilapidábamos. Nos habremos comido y tomado veinte casas entre nosotros. Después me fui a vivir a San Telmo. Solo. Era eso o nos moríamos. No comíamos por cinco días. Ibamos juntando la grasa del paty y como no teníamos plata para comprar condimentos, cuando hacíamos arroz derretíamos esa grasa y se la tirábamos encima. Pero Eduardo leía otras cosas, escribía, tenía un humor tan oscuro, que yo decía: Dios mío, qué clase de gente es. Y dije bueno, se puede ser malo con onda. Todos somos de una generación de resentidos raros. O de una generación que no le tiene respeto a lo que todos le tienen respeto. Los medios son pacatos, demasiado transeros con lo que hay que decir. Entonces, cuando alguien descontractura un poco, parece que tiene una reacción inmadura. Yo ya no soy el chico que fui. He mutado, no soy el mismo de hace doce años.
Hace doce años sucedió una linda chica, por entonces estudiante de Psicología, que llegó una mañana a la radio y le preguntó a Pergolini si podría escribir algo para un trabajo que tenía que presentar en la Facultad. El, cara de bueno, lindos sus ojos, dijo sí, claro, linda, cómo no. A la semana, la linda señorita fue a buscar el trabajo y él ni se acordaba. Lo insultó por dentro y por fuera, él hizo lo propio y a los once meses se casaron.
–No soy el mismo desde que conocí a mi esposa, he adoptado una actitud más sana, hemos decidido tener hijos. Intento seguir teniendo un discurso parecido, que de todos modos va cambiando con la situación. Antes, a lo mejor pensaba que hay que divertirse. Hoy, cuando veo chicos tomando cerveza a las 8 de la mañana digo Loco, por qué no te ponés las pilas.
Mario, la garrapata
–Realmente no me importa lo que diga el público. No soy demagogo. Igual, cre que antes de CQC la gente grande me detestaba. Para los padres, era como una persona que iba a terminar intoxicando a sus hijos. Creo que CQC me dio un acercamiento a otra gente. Igual, yo digo que el que hoy te aplaude mañana te escupe. No es que me debo a mi público. No hago programas para la gente. Hago programas que me divierten.
–Y te gusta herir.
–Sí. Somos jodidos, dentro de todo. Disfrutamos de cierta acidez. A lo mejor como contraposición a eso que odiamos tanto, de la obsecuencia porque sí.
En 1999, cuando los muchachos de negro se apartaron de la pantalla de América, con dos dígitos de rating y un prestigio a prueba de críticas, dijeron que era para siempre. Que retirarse en tan buen momento era tan doloroso como positivo. Pergolini, sobre todo, insistía con que no, nunca, nadie volvería a verlo por la tele local. Ahora, dos años después, vuelven desde abril, por Canal 13, casi iguales a sí mismos.
–¿Por qué otra vez CQC?¿No se les ocurrió otra cosa?
–En realidad... es muy tentador el momento. Si el paraíso es no hacer nada, nos ofrecieron la manzana indicada para pecar en el paraíso, porque nos dieron un caos en bandeja, con cinco presidentes, un ministro con voz finita que vuelve, un incompetente como presidente, un presidente actual que no ganó las elecciones. La verdad que cumplir la palabra, con tan alta tentación... nos comportamos como verdaderos seres humanos ambiciosos.
El jueves en que hicieron el programa a teatro abierto, en diciembre último, hubo paro general a partir de la medianoche, de modo que cientos de personas salieron del teatro y encontraron un páramo. Y el jueves siguiente, 20 de diciembre, día de la emisión del programa por Canal 13, bueno... ¿alguien ignora lo que sucedió el 20 de diciembre en Buenos Aires?
–Era el caos. Pero el día de emisión del programa fue una decisión fuerte del 13 admitir que lo iban a poner al aire. La pantalla ese día era un caos. No es por querer caer bien a mis nuevos patrones, pero que Suar y Delía hayan aceptado que fuera Caiga... Al otro día ese programa era una pieza de museo, hubiese medido 8 puntos, nadie hubiera querido verlo. Y medimos 25.
La pregunta del millón es cómo hará este año la troupe para no terminar echando leña en el fuego equivocado.
–Va a ser muy difícil configurar el Caiga... de este año porque, ¿contra quién es? Es contra el Fondo, contra el Tesoro Americano, contra los banqueros. Me parece que no son los políticos. Los políticos perdieron. Hay que pensar en cómo pegar sin herir al pueblo. A mí como empresa me afectó muchísimo esta situación. Estuvimos trabajando durante dos años con el primer canal en la historia argentina que entró en convocatoria de acreedores y nosotros en la productora tenemos 170 empleados. Yo no quería golpear cacerolas, quería ir a los bancos y romperles todo. No sé, tengo angustia. Igual creo que esta va a ser una de las pocas productoras que van a quedar en pie, más o menos saneadas.
Cuatro Cabezas inventó un nuevo idioma de edición televisiva con El rayo, produjo Trip, El Bar (que este año no se repetirá por ser una producción cara), documentales, el programa de investigación periodística /2.doc, el reallity Súper M, y algunas películas, además exportar el formato de CQC a varios países: España, Italia, Francia, Israel, y acaban de venderlo a Australia e Inglaterra.
–Una buena idea te salva en el mundo. Es un mundo necesitado de una idea.
Dice que, de todos modos, es un hombre normal. Que quien buscara en él algún talento, encontraría el talento de la garrapata.
–Yo creo que tengo un talento para elegir a la gente. Soy una garrapata que le ha chupado la sangre a gente como De la Puente, Guebel. La idea de CQC empezó como mía, pero yo no le dije a Andy hacete el políglota. Y no dicen: ¡Ah!, el programa de Andy, dicen: El programa de Mario. Entonces yo he chupado el beneficio que me ha dado esta gente. Por eso hay que dejarlos crecer y que les vaya bien. Tognetti no va a ser un buen periodista porque yo se lo diga, él es un buen periodista. Son gente muy preparada. Malnatti es abogado, Andy sabe varios idiomas. Eso jerarquiza. Odio cuando veo a alguien hablando en español con un extranjero, diciéndole: Ja, ja, no me entiende. Me molesta tanto. Esa actitud tan argenta, estúpida, perimida hace tanto tiempo. Y cuando veo eso en televisión, digo: No hagan eso, nos están haciendo quedar como el c... No somos nada en el mundo. Nada. Le vendría bien al país darse cuenta que no somos nada.
–¿Van a volver Andy y Tognetti al programa?
–Tognetti seguro que no porque está en .doc y no podés jugar a ser periodista de juguete y periodista de verdad. Y lo de Andy es una decisión de Andy. Depende de lo que él quiera hacer.
Entonces acerca la cara al grabador y susurra, clarito: –Que esto no suene como presión, Andy.
Verás que todo es mentira
Quizá fue sin intención, pero hace un rato, durante esta entrevista, aseguró que CQC llevaba nueve años en el aire en España.
–¿Nueve años? No puede ser.
–Claro, acá se cumplirían nueve si no hubiéramos salido del aire dos años.
La historia oficial dice que CQC empezó un día de 1995. Se vendió a España en 1996. Nadie diría que desde entonces hasta 2002 hay nueve años. Si cada uno puede inventar su propia historia y plantar pistas falsas sobre lo que ha sido, este hombre se ha hecho un experto en la posibilidad de ser diversas cosas sin moverse del mismo cuerpo.
–A Ari Paluch le dijiste que tenías cáncer.
–Sí, él dijo eso, pero yo no me acuerdo. Se lo puedo haber dicho tranquilamente, porque decía tantas barbaridades que lo pude haber dicho tranquilamente. A los 19, era mentiroso mentiroso. Después me curé.
–¿Qué mentiras decías?
–No me acuerdo. Podía ser mil tipos al mismo tiempo. Hacer radio es ser un poco esquizofrénico. Hacerle creer a alguien que tenés un reloj en la mano y no tenerlo.
–Hacerle creer a varios que Phil Collins está muerto y que sea mentira. ( N. de la R.: en 1992 anunció en su programa radial Podría ser peor la muerte de Phil Collins, y varias radios se hicieron eco de la noticia, sin chequear la información .)
–Sí. No lo veo como una maldad, no sé qué buscaba. Supongo que cariño. No sé. Me divertía. Me gusta decir barbaridades. Pero a ese nivel, no las digo más.
Lo único que quiere es hacer algo perfecto. Ya no bueno, ni siquiera genial, sino algo perfecto. Inobjetable.
–Particularmente, todo lo pasado me da vergüenza. Una vez, uno de esos canales que pasan cosas viejas nos ofrecieron una fortuna por los capítulos de Hacelo x mí, y le digo a Diego (Guebel): No quiero que nadie más vea esto, jamás. Y no lo hicimos. Me da vergüenza casi todo.
La vida, su vida presente, es mucho mejor de lo que podía prever.
–La vida ha sido tan sorprendentemente grata conmigo. Yo pensé que iba a terminar muerto a los 28 años, en estado lamentable. Pero conocí a Dolores.
–La querés.
–Sí, claro. Es la primera mujer que me ha hecho sentir cosas así, extremas. Sí. No me imagino un mundo sin ella.
El pánico viejo que le queda es cierta hipocondría. Es el perfecto enfermo imaginario, algo que ni el médico chino puede curar.
–A veces tengo un dolor y puedo estar dos meses pensando: Ayyy, esto será algo tremendo. Después voy al médico, me dice que no es nada y se me pasa. Siempre pienso lo peor.
–¿Tu mujer qué dice?
–Me dice: No rompas, Mario, estás bien.
Se ríe, con esa carcajada.
–Me dice: Volvé a hacer tele, Mario, no te niegues a lo que sos. Eso me dice. Sí. Je. Ella nos salvó a todos.
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La vuelta inminente de CQC
Por Marcelo Stiletano
En la triste noche del 20 de diciembre, Mario Pergolini y sus hombres de negro fueron la única excepción televisiva a la regla de una jornada monopolizada por la violencia y la muerte. En el último día del gobierno de Fernando de la Rúa nacía la segunda etapa de Caiga Quien Caiga, 6400 personas abarrotando el Gran Rex en la antesala del regreso.
La transmisión se cerró con los muchachos de CQC golpeando las cacerolas que, por entonces, comenzaban a insinuarse como eco de la protesta social. Un gesto mediático para ratificar la alianza con quienes colmaron el Gran Rex y festejaron allí cada mal paso dado por políticos, funcionarios, sindicalistas y figuras públicas frente a ese grupo dispuesto a no dejar pasar pecado ajeno sin el condigno castigo frente a las cámaras.
Esto es, básicamente, lo que promete CQC para su inminente vuelta. El desgaste y la rutina, que dos años atrás llevaron a cerrar el exitoso ciclo abierto en 1995, quedaron superados por la lógica de una realidad nuevamente funcional al zumbido de esa mosca que revolotea alrededor de hipocresías, falsas promesas y dobles mensajes.
A la vez, este retorno es, en tiempos más que difíciles para las productoras independientes, la recuperación del buque insignia de Cuatro Cabezas. Que potencia al máximo el modelo de fragmentación visual, de primacía de la edición y de sincronización casi perfecta patentado por Pergolini y su socio Diego Guebel. Que puede maximizar la capacidad conjunta de sus integrantes, algunos de los cuales sufrieron visibles traspiés en recientes aventuras individuales. Y que supo utilizar la provocación como argumento para lograr sólidos respaldos publicitarios.






