
Rock, amor de verano
Más de cien mil personas disfrutaron en enero de recitales gratis en la playa, el escenario veraniego por excelencia. Con menos maquillaje, pero el mismo encanto, estos encuentros de las bandas con los fans tienen ya sus propios códigos y costumbres
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No importa que el sol esté fuerte ni que falten cuatro horas para que empiece el show: ellos prefieren pegarse al escenario antes que refrescarse en el mar. "A lo sumo vamos de a dos o tres, y nos cuidamos el lugar", dice Celeste, de 17 años, que viste una remera de Babasónicos y aguarda la llegada de su banda de cabecera. Estar allí, adelante, es parte del ritual en cualquier lado, incluso en una zona que, poco a poco, se va convirtiendo en la opción ideal (¿casi única?) para el veraneante joven, rockero y, sobre todo, gasolero: la playa.
Mar del Plata, casi dos kilómetros al sur del faro. Cientos de jóvenes llegan en cada 221, colectivo costero por excelencia, con más zapatillas que ojotas, mucha mochila y ninguna lona o sombrilla. En grupo, pareja o en solitario, van bajando a la playa para ver a su banda preferida o, en muchos casos, a cualquier grupo o solista que se suba al escenario. Si bien en el rock prevalecen los amores incondicionales, con el calor y las vacaciones aparecen también los (¿efímeros?) amores de verano. Entonces no es raro encontrar a fanáticos de Catupecu en un show de Los Pericos, o a amantes del reggae y de la escena electrónica cantando todos los temas de Vicentico. En un enero desierto de recitales en Buenos Aires y con apenas unos pocos en lugares cerrados de la costa, los shows gratuitos de la playa se reprodujeron, y más de cien mil personas -sin contar a las que bailaron durante horas en El Alamo, en la fiesta con Fatboy Slim (ver página 3)- pudieron disfrutar de shows pegados al Atlántico, con la oportunidad de conocer, por ejemplo, lo nuevo del Bahiano en versión solista (incluso antes que en Buenos Aires) y bailar con Los Wailers en Pinamar, meterse en el mar con los integrantes de Arbol, y ver una y otra vez a Zuker en su versión XP.
"Está bueno esto de girar detrás de las bandas. Hace cuatro años que paramos en un camping de Gesell, este año sobre todo para ver el Gesell Rock. Pero hoy vinimos a Mardel por los Baba, y nos quedamos en la casa de una tía para ver el domingo a Catupecu Machu", enumera casi sin respirar Mariano, de 19 años, que hace de vocero del trío cordobés que conforma con Gastón y Julián. Mientras el precio de este zapping es estar inmersos en una arena copada por las marcas (no hay tanta gente como en La Bristol, pero sí miles de carteles y banderas publicitarias), los jóvenes que fluyen entre un parador y otro (o entre un balneario y otro) tiene la oportunidad de ver a sus ídolos de manera diferente.
"El de la playa es un show más apacible, más ameno -detalla Adrián Dárgelos, de Babasónicos, a Vía libre-. No abro con una canción muy alta para que se vaya formando el sonido. Tampoco me pongo tan exigente con que todo sea increíble. Lo mejor es que la gente vea de cerca y sin iluminación a una banda que se copa haciendo lo que hace y que logra un buen estado de trance arriba del escenario. Es un show con menos pretensión que los de la noche, tiene otro marco que no es tan ilusorio ni tan de ruptura."
Viernes, 4 de la tarde. La concurrencia se siente amontonada, acalorada y un poco impaciente. Pero no hay tanto apuro, eso está claro: es verano y todos aceptan relajarse. Con Dárgelos sin maquillaje, pero ya en el escenario de La Cava -en la Rock & Pop Beach- todo va tomando color. "Me da vergüenza y no sé si decirtelo/si se me nota no levanto la mirada...", de la triste "Mareo".
"Ya vi a La Ley en Pinamar y a Babasónicos en Gap, y ahora acá en la playa", resume David González, detrás de unas glamorosas gafas de marco blanco, quizá para esconder el cansancio que acarrea cada viaje, ya que su lugar de veraneo este año es Valeria del Mar. Ningún esfuerzo parece demasiado para este joven de 17 años que llegó desde Quilmes.
Una hora, ni más ni menos, es lo que dura un show en la arena. Breve, aunque el público arengue por un par de bises más. Todo bien: son las reglas del juego. Además, deja margen suficiente para caminar los 500 metros hasta el parador de Coca-Cola, para ver allí a Vicentico.
Los primeros acordes van convocando a la gente, más que tranquila, hasta las rejas que protegen (¿de quién?) el escenario. "Todo es mentira, todo es verdad...", canta el tecladista, Leandro Bulacio, imitando al ex Cadillacs y sorprendido por los aplausos. Presenciar la prueba de sonido es una de las ventajas playeras para los seguidores de muchas bandas. Es algo que suele hacerse en privado, pero en la costa no hay opción, así que todos los músicos suben a escena (sin Vicentico, pero con un imitador de lujo) una hora antes del recital verdadero.
Dos hermanos, Jeremías y Jerónimo (con "J", ver aparte), esperan ansiosos: "Los seguimos por toda la costa. En la playa está relajado, interactúa mucho con el público. En algunos shows incluso propone que le pidan temas. El otro día cantó una parte de «Living la vida loca», riéndose por lo de Ricky Martin (se juntó con él en los premios de MTV), y arrancó con «Cuando pase el temblor», imitando a Cerati".
Las sombrillas del parador se cierran, porque la playa se va llenando. El cantante sube al escenario con poncho negro y estilo de boxeador: cuatro patovicas lo rodean, otros diez forman un cordón "por seguridad", explican, dentro de un espacio de por sí restringido al público. El show recorre "Los caminos de la vida", "Se despierta la ciudad", "Todo está inundado" y "Bajando la calle", entre otros temas, y cierra con "Yo no me sentaría en tu mesa", en versión acústica.
Queda un rato de sol para el mate grupal en la playa, pero ya es hora de ir pensando en la vuelta. Algunos, los que tienen auto, pueden calcular mejor el regreso ("en realidad, lo bueno de tener coche es el levante, porque llevamos chicas a dedo", dice Alejandro, de 18 años). Pero a esta altura del veraneo todos saben que el 221 es muy fiel, pero demasiado pequeño para tanta gente acalorada.
Adrián Dárgelos
Ser el espectáculo
- "Lo genial de un show está en poder parar el diálogo interno y ser todo espectáculo. Nunca hay nervios si el esplendor me espera -dice a Vía libre el cantante de Babasónicos, antes de subir al escenario-. Nuestra meta es muy clara, hacemos espectáculos, somos entretenedores." Dárgelos prefiere no opinar sobre lo que puede ser la escena rock después de la tragedia de Cromañón, pero aclara: "Primero deberían opinar otros, para que después lo hagamos nosotros, que hace trece años que hablamos de cultura. Todos quieren que hablen los más grandes: La Renga, Los Piojos, Bersuit y nosotros, y como La Renga y Los Piojos nunca hablan... Bersuit no sé si habló. Acá estamos, hablando, pero no todos tienen el mismo grado de responsabilidad sobre las cosas. Nosotros tenemos toda una trayectoria sobre el otro lado del rock, donde el espectáculo siempre somos nosotros, nunca el público".
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