
Rulfo: testigo de México
El gran escritor fue también fotógrafo y un sutil conocedor de la historia de México. Así lo prueba un libro de reciente aparición
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Es imposible evocar el nombre de Juan Rulfo sin que aparezcan en la memoria dos títulos que son emblemas de la mejor literatura latinoamericana: El Llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955). La rotunda calidad de esos libros no sólo persuadió a Rulfo de no volver a publicar. También inhibió lo que podría haber sido una singular actividad como fotógrafo.
Pero Rulfo no fue tanto un cazador de imágenes capaces de revelar la verdad de un instante como un infatigable investigador del pasado mexicano. A la sombra del narrador iluminado, se desarrolló casi silenciosamente un investigador contumaz de las huellas aborígenes y coloniales en un país donde ambas cosas abundan y sorprenden.
De estas dos vertientes casi desconocidas dentro del universo personal de Rulfo, da cuenta el bello libro Juan Rulfo. Letras e imágenes, en cuyo prólogo, el arquitecto Víctor Jiménez –que conoció al escritor cuando éste le encargó el proyecto de su casa de campo, en 1970– pone esas fotos en contexto.
Las imágenes captadas por Rulfo buscan registrar aspectos de la arquitectura capaces de revelar rasgos muy precisos de las relaciones sociales. Y rastrean en la austeridad del paisaje claves del modo de estar en el mundo de quienes vivían y viven en ellos.
La inclinación de Rulfo por este tipo de fotografía testimonial corrió pareja a sus búsquedas literarias; hasta el punto que, según explica Jiménez en su prólogo, publicó sus primeras fotos en la misma revista (América) en que aparecieron sus primeros relatos.
Se incluyen algunas de esas imágenes, acompañadas por las despojadas anotaciones que Rulfo solía hacer en sus exploraciones. El México múltiple donde conviven indios, españoles y mestizos parece respirar en ellas.
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