
Siete minutos y medio en la cumbre
Por su altura, su clima caprichoso y la leyenda que lo rodea, el Aconcagua no es sólo uno de los grandes desafíos de los deportes extremos: es una tentación irresistible para todo entusiasta de la montaña
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Escalar el Aconcagua, la montaña más alta del mundo fuera del Himalaya, es una experiencia que está a mitad de camino entre Spielberg y el budismo zen. Cuando uno pisa la cumbre, demora un buen rato en comprender lo que ha sucedido. No hay euforia. Tampoco, el golpe de adrenalina que tantos imaginan como el guiño de bienvenida en las alturas.
Al dar los primeros pasos en la cornisa helada y hostil del tamaño de una cancha de tenis que asoma por encima de los picos nevados, a 6962 metros, el ego o el orgullo, tal vez los dos, están aturdidos por el esfuerzo. Dos semanas en carpa, sumadas a las condiciones que impone la montaña, las temperaturas bajo cero, la falta de oxígeno y el cansancio de la escalada final, de diez horas, predisponen más a la introspección que al festejo.
El ánimo oscila entre el asombro y el agradecimiento: la sospecha íntima de que alguien o algo nos ha aceptado allí arriba, en el dominio de los cóndores, como si el árbitro final de un ascenso exitoso fuese la propia montaña. Es en ese instante cuando el paisaje descomunal de la Cordillera muestra sus dientes bajo el sol de la tarde y todo resulta demasiado sobrecogedor para ser verdadero.
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Los antecedentes y el origen de los miembros de nuestra expedición eran tan variados que, a primera vista, podían habernos confundido con un grupo de funcionarios o empleados de Naciones Unidas en plena excursión de verano, lo cual hubiese sido un error.
Eramos veintidós en total, de países, ocupaciones y edades diferentes. Tuvimos que pasar diecisiete días en la montaña, primero aclimatándonos, luego demorados una y otra vez por las alertas meteorológicas, hasta que llegó el día de cumbre, que cayó un martes de febrero.
Organizada y apoyada por la Clínica Mayo, de los Estados Unidos; The National Geographic y la empresa The North Face, la expedición era, por muchas razones, la aventura deseada.
Contábamos con los mejores guías, tres médicos que convivían con el grupo, partes meteorológicos que llegaban puntuales, equipamiento de última generación y, lo que no es un detalle menor, comida gourmet toda vez que el clima lo permitía. En un magnífico almuerzo al aire libre improvisado a más de cuatro mil metros, junto a dos enormes rocas que nos protegían del viento y con el murmullo del río Horcones a nuestras espaldas, uno de los comensales, con sentido de la oportunidad, recordó una frase de Napoleón: "Un ejército marcha siempre con el estómago". No pudimos estar más de acuerdo con el emperador.
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Con el correr de los días, la expedición funcionó, en los hechos, como una suerte de laboratorio médico de altura. Un laboratorio de investigación que deambulaba de un campamento a otro con sus médicos, pacientes y baúles de aluminio repletos de instrumentos, que habían sido transportados a lomo de mula hasta el campamento base.
El programa de la Clínica Mayo era simple de enunciar, pero ponerlo en práctica en esa geografía resultaba complejo, aun para médicos que ya habían realizado un trabajo similar nada menos que en el Polo Sur.
La idea era registrar día y noche cada uno de nuestros latidos, cada cambio metabólico, variaciones en la temperatura del cuerpo y de la piel, saturación de oxígeno en sangre, hiperventilación, trastornos del sueño, volumen de dióxido de carbono exhalado, etc. El monitoreo era complementado con pruebas de esfuerzo, que hacíamos al aire libre o en el interior de una carpa que tenía el aspecto de un enorme panal amarillo. En el interior del panal estaban las computadoras que guardaban, en cifras, imágenes y sonidos, los resultados del duelo cotidiano que cada uno libraba con la Cordillera.
A medida que nos aproximábamos a la cima, las pruebas se hacían más intolerables, por los efectos del aire pobre en oxígeno y el descenso de la presión atmosférica. Como improvisados conejitos de Indias, estábamos motivados más por la curiosidad personal que por el supuesto aporte que podíamos hacer a la ciencia.
Los médicos, de manera comprensible, concentraron su atención en los atletas del grupo. Son ellos, a fin de cuentas, los que al superar sus propias marcas expanden los límites de la tolerancia humana al esfuerzo y a las condiciones adversas.
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Diane van Deren, una norteamericana de cincuenta años, con tres hijos, ganadora de algunas de las pruebas de larga distancia más exigentes del mundo, una sobreviviente en el estricto sentido de la palabra (ver recuadro), era la figura más destacada de la expedición.
Su victoria en el Yukon Arctic Ultra Race, que se corre, al norte del Círculo Polar Artico, a lo largo de 400 kilómetros y en condiciones que espantarían al mismísimo Schwarzenegger, la convirtió en una celebridad de los deportes extremos. Pero fue su dramática historia clínica la que contribuyó a instalarla como una referente mediática internacional. Eso explica, por ejemplo, que un equipo de The National Geographic haya viajado especialmente para documentar su experiencia en Mendoza.
Diane se propuso en todo momento ser un miembro más en la expedición. Pero sabía de antemano que nunca pasaría inadvertida.
Era una tentación inevitable observarla en acción para tratar de descifrar qué es lo que la convirtió en una atleta diferente. Sobre todo, ante la oportunidad única de poder marchar siguiendo sus pasos durante horas en las caminatas de aclimatación o en la familiaridad que implica escalar a su lado. La curiosidad alcanzaba a los médicos, en definitiva los únicos realmente entrenados y equipados para hacer un diagnóstico acerca de la excepcionalidad de Diane.
Una de las tantas rutinas que le encomendaron en la montaña fue que se entrenara cargando una mochila ultraliviana, diseñada especialmente para ella, equipada con sensores que enviaban información a distancia y en tiempo real a un centro de datos que habían instalado en Plaza de Mulas, campamento base y centro de operaciones del Aconcagua.
La agenda de Diane es tan exigente que, salvo algunos períodos de descanso, entrena prácticamente todo el año. Su próximo desafío está en China, en los Cien Kilómetros de Pekín, una prueba que se corre, en parte, sobre la Gran Muralla.
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Gaby Castillo y Kasha Rigby, las otras atletas del grupo, también están habituadas a desafiar límites, aunque en especialidades muy distintas.
Gaby fue de vacaciones a Esquel cuando tenía 22 años y al ver aquello no lo pensó un segundo: decidió que su vida iba a ser a cielo abierto. Es entrenadora de deportes al aire libre y ganó las últimas seis ediciones del Tetratlón de Chapelco, una prueba de 85 kilómetros que combina esquí alpino, cross country, mountain bike y kayak. Para este año tiene un proyecto más ambicioso. Hacer la ruta 40, desde La Quiaca hasta Río Grande, en bicicleta, sola, sin apoyo externo. Todavía no decidió si hará el trayecto largo, 5800 kilómetros, o el corto, de 5200 kilómetros.
Kasha nació en los Estados Unidos y dice que aprendió a esquiar y a caminar al mismo tiempo, aunque no recuerda bien qué fue lo primero. Dejó la universidad a los 19 años para conocer Africa, y desde entonces su vida consiste en viajar, esquiar y escalar. Sus dos especialidades son las competencias de esquí extremo y el descenso desde cumbres que nadie ha pisado antes. Fue, por ejemplo, la primera en bajar esquiando las Cinco Cumbres Sagradas, en Mongolia. Próxima a cumplir 40 años, admite que, para variar, le gustaría tener un domicilio permanente en alguna parte. Entre otros motivos, porque ignora cuánto tiempo más podrá mantener el nivel competitivo que le permite, a la vez, disfrutar y ganarse la vida sobre los esquíes.
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El lugar figura en los mapas como Portezuelo del Viento, pero por sus antecedentes bien podría llamarse Vía Crucis o Waterloo. Es uno de los tramos más difíciles del día de cumbre y el paso previo a la Canaleta y al Filo del Guanaco, los otros dos duros exámenes que hay que rendir arriba de los seis mil metros. Fue allí, mientras las ráfagas de viento y nieve nos enceguecían y borraban el paisaje, donde alguien preguntó: "¿Hay felicidad a treinta grados bajo cero?". Treinta grados era la sensación térmica en ese momento. Nadie respondió. Pero la osadía de pronunciar la palabra felicidad en voz alta en esas circunstancias fue suficiente para quitarle dramatismo a lo que sucedía alrededor.
Fue allí, en el Portezuelo del Viento, donde Bruce Johnson, jefe del equipo de la Clínica Mayo, les informó a los guías que no podía seguir. Para él ya había sido suficiente. La expedición sufría la tercera baja del día. Antes de despedirse y buscar refugio en Nido de Cóndores, Bruce volvió a acercarse a los guías. Esta vez, para hablar como padre: les encomendó a Luke, su hijo de 22 años, que consiguió llegar a la cima y festejar por los dos.
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La parada en la cumbre duró siete minutos y medio. Quedarse más era una forma de invitar a la desgracia. Los guías lo explican de otra manera: "La verdadera cumbre consiste en volver a casa". Hicimos videos y nos tomamos las fotos junto a la nueva cruz de metal que señala el techo de América y que reemplaza a la anterior, la de las postales, que estuvo allí durante cincuenta años y desapareció en forma misteriosa a comienzos de diciembre.
Una visita breve a la cumbre ofrece otras ventajas, además de ponerlo a uno a salvo de los riesgos del mal de montaña. No pensar, por ejemplo, en los meses previos de entrenamiento, en el centenar de kilómetros recorridos en la montaña, en la rutina de armar y desmontar los campamentos, o en lo que nos esperaba a continuación: el descenso de un tirón desde el campamento de 5500 metros hasta la entrada del Parque.
Lo asombroso de tanto esfuerzo es que la memoria, como hace con tantas otras cosas, luego acomoda los recuerdos a su manera, desdibuja las incomodidades y el dolor, y termina rescatando lo esencial de la aventura. Lo que queda en el alma.
Por ejemplo, estas imágenes.
La sensación de tiempo detenido que deja el cóndor al trazar círculos lentos sobre el puesto principal de los guardaparques mientras su sombra recorre a velocidad de vértigo el faldeo de la montaña.
Observar, al pie del glaciar, el estruendoso nacimiento del río Horcones, en un combate desigual entre el hielo y el agua que empezó hace miles de años, pero continúa.
La tibieza protectora de la bolsa de dormir cuando absolutamente todo lo que nos rodea en la noche se ha congelado.
El vínculo de hermandad que une a los extraños cada vez que la naturaleza los desafía con furia.
La sensación de haber comprendido un poco mejor por qué la montaña fue -y sigue siendo- el hogar de los dioses para tantos pueblos, desde los incas y los mayas hasta los sherpas. Y por qué siglos más tarde las catedrales también se inspiraron en ellas.
El misterio de Diane
Diane van Deren llevaba una semana entrenando en Mendoza el día en que volvió a perderse.
Salió como todas las madrugadas a correr por las calles del centro cuando, al llegar a una plaza, todo le resultó ajeno. Estaba en el extranjero, eso sabía, muy lejos de su hogar. Pero no lograba recordar el nombre de la ciudad en la que ahora se había extraviado. Cuando consiguió regresar al hotel, lo primero que me dijo fue: "Después de la operación mi memoria empezó a hacer estas cosas".
Sonrió, pidió un té y se refugió en el humor, como hace a menudo cuando aborda ante un extraño el tema que marcó su vida. "En las competencias, la diferencia entre otras atletas y yo -me explicó- es que a ellas les entregan un GPS para que puedan orientarse hacia la meta; a mí, en cambio, me lo dan para poder encontrarme cuando me pierdo."
Diane ya había alcanzado cierto renombre, primero como jugadora de golf y luego como tenista profesional, cuando quedó embarazada de su tercer hijo. Fue entonces, en 1997, cuando los médicos pudieron diagnosticar el origen de las intensas convulsiones que la dejaban postrada día y noche. Era epilepsia. Coincidieron, además, en que no había otra salida que practicar una cirugía de alto riesgo y complejidad llamada lobectomía. Ella consultó con su esposo y sus hijos y aceptó correr el riesgo. En la operación, que se extendió por seis horas, le extirparon un lóbulo cerebral del hemisferio derecho del tamaño de un kiwi. Las convulsiones cesaron.
Durante la rehabilitación empezó a hacer largas caminatas en las montañas que rodean el rancho en donde vive, en las afueras de Denver. Después se animó a correr y, al hacerlo, no volvió a ser la misma.
Al recuperar las fuerzas, empezó a entrenarse entre cinco y siete horas diarias, incluso de noche, con una linterna sujeta en la frente. A los seis meses cubría distancias de cien kilómetros. Cada vez que se calzaba las zapatillas repetía, como un mantra, que mientras tuviera suficiente energía para correr estaría a salvo de los ataques.
Los médicos la escuchaban sorprendidos, pero sin emitir opinión.
"Para tranquilizar a mis hijos, al comienzo les prometía que volvería a casa en unas dos o tres horas -recuerda-; ahora saben que pueden pasar días enteros sin verme. En invierno cargo mi pequeño trineo con agua, comida, algo de ropa extra y simplemente desaparezco."
Después de la operación, Diane ganó competencias extremas en geografías tan distintas como Alaska, Yukón y China. Es una hazaña extraordinaria y, a la vez, difícil de explicar. Especialmente si se tienen en cuenta las limitaciones físicas y psicológicas que le impuso la lobectomía.
Diane no puede leer correctamente un mapa. Tiene afectada la memoria, sobre todo la de corto plazo. Su sentido de la orientación tampoco es confiable. Como hizo notar el diario The New York Times en un artículo que publicó poco antes de que ella viajara a la Argentina: "Uno sabe que en algún momento de la competencia, tarde o temprano, ella tomará una curva en el sentido equivocado".
Algo tan simple como escribir un mail se convierte para ella en una tortura. Me lo hizo notar mientras luchaba en el interior de su carpa con la laptop, en uno de los campamentos de altura en el Aconcagua. "Ves, la primera línea la redacté de un tirón; sin embargo, aquí estoy, atascada desde hace un buen rato en el primer párrafo". Aclara enseguida que lo hace por su familia y sus amigos. "Ellos justifican todo este esfuerzo -dice-; se lo merecen después de todo lo que han pasado conmigo."
Los médicos del Hospital Craig, de Colorado, en el que hizo su rehabilitación, comprobaron otro extraño fenómeno. Ocurre siempre que Diane se somete a un esfuerzo prolongado. Mientras compite o se entrena durante largas horas, Diane no tiene un verdadero registro del paso del tiempo o de la distancia que le falta para cruzar la meta. Se encuentra en una suerte de trance. Su atención no está puesta en el cansancio, sino el ritmo de marcha, en el compás de sus pisadas.
Le pregunto si para ella existe una relación causa-efecto entre la cirugía y la ausencia de registro del tiempo. Vuelve a sonreír y se encoge de hombros. "El quirófano -dice- fue el horror, pero también la posibilidad de recuperar mi identidad. Yo no me pregunto por qué corro. Me alcanza con saber que es la manera de alejar las convulsiones."
En su visita a Mendoza Diane dejó otro interrogante. Hizo cumbre en el Aconcagua como parte de la expedición que guiaban los hermanos Damián y Willie Benegas, pero, sin decir palabra, renunció al principal objetivo del viaje: intentar, días más tarde, un nuevo récord en el ascenso y descenso rápido desde la base hasta la cima para el que se había entrenado durante meses. En el largo y rico historial de The National Geographic, la negativa de Diane quedará como el documental que no fue.





