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Grandes Esperanzas

Su auto cayó 200 metros y su vida quedó sin rumbo hasta que una nueva pasión la llevó a su apogeo

Carina Durn
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18 de enero de 2019  • 00:32

Antes del accidente, Anabella llevaba una vida muy activa. Trabaja y estudiaba publicidad y en su tiempo libre le gustaba ir al gimnasio, salir correr y verse con amigos. A los 19 se fue a vivir sola y a los 21 decidió apostar a la vida en pareja. "Una época que disfruté mucho, aunque por mi inexperiencia no me daba cuenta . Me sentía bien esperándolo después de su trabajo; aprendí de él y de su vida. Yo venía de familia chica y él de esas mesas largas, amigos por doquier, un pibe de barrio con un tesoro que no comprendía al máximo", recuerda Anabella.

El primer año de convivencia transcurrió con las vicisitudes típicas de una pareja joven. Luego llegaron las añoradas vacaciones, junto con la idea de recorrer el norte, visitar a la familia de Anabella, bajar hasta Tandil, su ciudad natal, y regresar.

"El viaje fue maravilloso, hasta donde recuerdo; cascadas inexploradas por Córdoba, tardes y noches de ruta en malla y con una temperatura espléndida, y recorridos por espacios nuevos para mí, que sin él se seguro no me hubiesen maravillado tanto", reflexiona con una sonrisa.

El accidente

Estaban camino a Las Leñas, cuando sucedió lo inesperado: su auto cayó al vacío unos 200 metros en ruta de montaña. "Por algún motivo el auto perdió el control y yo de mi vida, si es que alguna vez lo tuve", rememora.

Esa noche, la madre de Anabella llegó en un avión sanitario para buscarlos. El pronóstico de ella era grave y reservado, las veces que el auto había golpeado la piedra había sido de su lado. "Afortunadamente él tuvo la menor parte, a nivel físico, lo que vendría después ninguno lo sabía, esperaba, ni estaba preparado", revela Ana con suavidad.

Estuvo casi dos meses en coma, esperando pasar la noche, hasta que pudieron trasladarla a un centro de rehabilitación. Mientras tanto, y sin ser partícipe directo, su amor se derrumbaba de la mano de las culpas, que volaban en el aire, y las peleas entre las familias y los amigos. "Para cuando desperté había tanto irrecuperable, que no pude soportarlo. A esa relación la mató la desgracia, la tragedia, pasaron muchos años y procesos mentales hasta que pude sentir que mi vida tenía un rumbo", confiesa.

Un día despertó y todo había cambiado.
Un día despertó y todo había cambiado.

En búsqueda de una nueva vida

Como resultado del accidente, Anabella quedó con una cuadriplejía, una lesión medular a nivel cervical, que la llevó a manejarse hasta el día de hoy en silla de ruedas. Así, en tan solo unas pocas semanas, todo lo que ella sabía y conocía de la vida se esfumó para dar paso a una nueva etapa, cargada de pura incertidumbre.

Perdida en su nueva realidad y en sus emociones, ocupó su tiempo en lo académico, un mundo que le era familiar. Se abocó a probar por varios caminos, algunas que sabía que no tenían sentido. Muchas veces sintió rendirse, sin poder encontrar las respuestas a sus porqués. Hasta que finalmente, y luego de muchos años, encontró la forma de conjugar lo que sabía, lo experimentado y sus ganas nacientes de volver a vivir. Ese nuevo amor vino de la mano de estudiar Locución y adentrarse en el mundo de la radio.

"Por ese canal, encontré la manera de ayudar y volcar mi conocimiento y mi experiencia personal en la gente, para de alguna manera ayudarme a mí misma. Así sentía que debía ser y así fue", cuenta Anabella con una sonrisa. "Nació mi programa llamado Sin Tabú, que me permitió conocer personas, actividades y continuar vínculos que atesoro", continúa.

Un tramo de pura esperanza

Hoy Anabella tiene 36 años, vive en CABA, y le dedica sus días a su programa que ama y en donde también fomenta la integración social y la salud en pos de la inclusión. Allí comparte los avances de la ciencia, desde las patologías más complejas hasta las más simples y difunde información sobre eventos para todos, relacionados a todo tipo de actividades, como el arte, el teatro o el buceo inclusivo. Para ella, brindarse, ayudar y compartir desde la experiencia y con empatía, es un bello camino hacia la sanación.

"Por ese sendero nacieron mis ganas de seguir, de emprender un verdadero renacimiento, con constancia emocional. Este nuevo camino surgió tan en serio que hoy, sin darme cuenta, relato una historia, la mía, que me llena de emoción y de orgullo. Una historia que intento esparcir a la gente, un mensaje de vida, de resiliencia, que invite a tomar coraje y contar historias detrás de la mía para decir se puede, intentémoslo juntos", reflexiona conmovida.

En su tiempo libre, Anabella también pinta cuadros con férulas especiales (ya que no tiene movilidad en los dedos) y prepara su hábitat para el desafío más grande de su vida. "Mis días están dando el giro más importante que pude imaginar. Mi historia también se la podré contar a mi hijo", revela.

En el apogeo de su vida.
En el apogeo de su vida.

"Estoy cursando un embarazo, difícil para mi condición, sola, con inmenso amor y predisposición. Yo sabía que sería complicado para mi cuerpo, pero no existen imposibles, por eso lo llevo con positivas ansias y orgullosa. Veo mi panza, siento a mi bebé y recuerdo que yo podría no estar aquí. En mi pasado tuve dos paros cardíacos, edema pulmonar, neumotórax, no hacía soporte con el respirador y un sinfín de situaciones impredecibles e indescriptibles, aunque afortunadamente siempre me vi rodeada de gente muy cálida que se jugó por mí y no dudó nunca de mis capacidades. Hoy mi tramo es de pura esperanza. Estoy muy cerca del apogeo de mi vida, si no es que ya llegué. Valió cada paso y cada peso en este camino", concluye.

Si tenés una historia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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