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Su mirada enamoró al público y algunos de los hombres más deseados del ambiente artístico

Gustavo Moure
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21 de marzo de 2019  • 00:55

Con su partida, se despidió la última actriz fundacional del cine argentino . María Amelia Batvinik era hija de bielorrusos judíos y nació el 14 de noviembre de 1914 en Buenos Aires. Todavía no sabía que se llamaría Amelia Bence, ni que los suyos serían proclamados los ojos más lindos del mundo cuando en 1919, con apenas cinco años, se preparaba para interpretar a un varoncito que debía dejar un sobre a los Reyes Magos . La escena transcurrió en el Teatro Infantil Labarden, y la maestra de la pequeña María Amelia, que enseñaba allí declamación y escribía las obras de teatro, se llamaba, nada más y nada menos, que Alfonsina Storni . Incómoda por los nervios del debut o por hacer de machito, María Amelia se tragó la estampilla del sobre mientras esperaba su turno detrás del telón.

El llanto quizás fue el primer escollo que tuvo que superar en lo que luego fue una carrera artística única. La señorita Storni la llamó y entre reto, empuje y palmada en la cola, selló con una frase el destino de la niña Batvinik: "No llore, no llore que no se va a morir, vaya y salga. Vaya que usted va a ser actriz". Así entró al escenario por primera vez en su vida Amelia Bence, que debutó profesionalmente en 1933 y recién dejó de actuar 77 años después, en 2010.

Los años del Lavardén le permitieron hacer del teatro "un juego", como varias veces lo definió. Disfrutaba del sándwich y la barrita de chocolate que se les daba a los niños en los ensayos, pero más disfrutaba de poner en práctica esa virtud para transformarse en lo que le pidieran.

Tras cinco años de aprendizaje, llegó el turno del Conservatorio Nacional de Música y Declamación. Costó convencer a sus padres, pero hubo un acuerdo. Podría hacerlo si al mismo tiempo estudiaba piano e inglés. La pequeña María Amelia, de 12 años, aceptó con la certeza de que su futuro estaba en la actuación. Alguien le había dicho al oído que en el conservatorio a los buenos actores los mandaban muy rápido al teatro si tenían condiciones.

María Amelia no consiguió vacante en declamación, pero sí en danzas clásicas con la profesora Mecha Quintana y, cómo casi todo en su carrera, llegó en forma precoz la oportunidad que esperaba. Un tal Armando Discépolo, su hermano Enrique y la cantante Tania, requerían de jovencitas de entre 12 y 13 años, para la Bonderbar, que se estrenaba en la calle Corrientes. La obra recreaba los pormenores de la vida de un cabaret porteño, pero Armando no quería profesionales.

Amelia continuó un tiempo en el conservatorio hasta que la echaron. La vida allí no le gustaba, y si bien era muy buena para actuar, no disfrutaba del rigor del estudio.

Por entonces le ofrecieron unas sesiones fotográficas que su madre apoyó y su padre cuestionó. "Papá tenía razón, es cierto que había mucha pierna al aire", confesó alguna vez, por aquella publicidad de Estival que la mostraba con las piernas algo descubiertas por encima de la rodilla. Lo que hoy podría ser una selfie de cualquier adolescente, en aquellos tiempos requería de audacia y decisión. Con apenas 13 años, Amelia accedió a pesar de que le avergonzaba tener a esa edad el busto de una mujer adulta. Cuando iba por la calle caminaba encorvada para disimular su figura. Esa premisa de mostrar poco y nunca prescindir de la elegancia, fue un sello de su carrera y su vida.

El tiempo del cine

Su primer acercamiento al cine fue también su primera decepción. La llevaron a que la viera Luis César Amadori, director de cine, guionista, músico y escritor. Amadori la miró pero su veredicto fue lapidario; "una negrita", dijo. En pleno auge de las actrices rubias, ser morocha era una desventaja. La revancha de Amelia llegaría pronto, el propio Amadori volvió a buscarla para que formara parte del elenco de varias de sus películas poco tiempo después, pero no nos adelantemos.

En 1933 logró un papel de reparto en la segunda película de la filmografía argentina, "Dancing", el film no logró la crítica esperada y Amelia debió esperar cuatro años más por una nueva oportunidad.

Actuó con Alberto Closas, uno de sus grandes amores, en "Mi mujer es una loca"
Actuó con Alberto Closas, uno de sus grandes amores, en "Mi mujer es una loca"

El próximo reto llegó de la mano de Luis Saslavsky que estaba armando el elenco de su película "La fuga". Lejos de la sentencia de Amadori, a Saslavsky la morocha lo cautivó desde un principio, aunque también la rechazó: "Lo lamento m'hijita, están todos los papeles completos".

Fiel a su estilo, Amelia suspiró y le dijo, "no se preocupe señor Saslavsky, será en otra oportunidad". Aunque presentía que esa oportunidad no tardaría en llegar, jamás imaginó que sería al otro día.

Saslavsky la llamó por teléfono y le confesó: "Inventé tres escenitas para usted, para que haga un personaje. Necesito que venga vestida como vino a mi casa". Amelia pensaba que Saslavsky le iba a cambiar el color del pelo, porque igual que Amadori las prefería rubias, pero el director se jugó por apostar a su propia impronta, algo que también lograron otras, como Tita Merello. "La fuga" fue un éxito, y Amelia participó en once filmes más hasta que llegó su papel consagratorio en "La guerra gaucha", de 1942.

Al año siguiente su fama creció cuando protagonizó el film de Saslavsky, "Los ojos más lindos del mundo". La metáfora de los ojos la acompañó el resto de su vida. Su gran desafío fue encarnar a la poeta Alfonsina Storni, la misma que le había dado la palmadita en el Teatro Lavardén. Amelia no se parecía a la escritora, pero tenía la ventaja de haberla conocido, y solamente accedió a un corte de pelo que le redondeara apenas el contorno de la cabeza para interpretar a una de las mujeres que más admiró en su vida.

Siempre dijo que "Alfonsina", dirigida por Kurt Land, fue su película más querida y la que le permitió ganar sus primeros pesos en serio. Con ese dinero partió a Europa, donde estuvo nueve meses en busca de nuevos horizontes.

Alguien a quien amar

La vida amorosa de Amelia Bence podría ocupar varias páginas, no tanto por los 101 años que vivió sino por su constante búsqueda de amor, expresada en un par de casamientos y varios romances.

Su primera pareja fue Roberto Fernández Beyró, en 1941, el romance termino cuando Beyró no tuvo mejor idea que pedirle que abandonara su carrera para irse a vivir con él. Más tarde Amelia se enamoró de su gran impulsor, Luis Saslavsky, y aunque siempre dijo que él no le llevaba demasiado el apunte, lo consideraba su primer gran amor.

En 1946 durante la filmación de la película "María Rosa", en Chile, conoció al actor español Alberto Closas, quien la empujó al ámbito teatral cuando Amelia ya estaba consolidada como actriz de cine. Con Closas compartió obras como "La estrella cayó en el mar", "Mi marido y su complejo"; en cine, "Mi mujer está loca" y ocho años de la vida real entre el noviazgo y el casamiento, que se celebró en 1950. Amelia se enamoró perdidamente de Closas, pero también reconoció que ese amor fue "una ilusión". Era muy enamoradiza y el gran atractivo de Closas, sumado al prestigio que tenía entre sus pares, fueron irresistibles. La relación se acabó después de cuatro años, cuando Amelia volvió de una gira en México y descubrió algunas aventuras de su marido, reconocido seductor empedernido. Sin rencores, cuando ya había cumplido los 100 años, dijo que se sentía "halagada" de haber compartido ese tiempo con él, a quien siempre admiró por su personalidad y su talento. "Con el paso de los años voy perdonando lo que me hicieron sufrir, no soy rencorosa. Me quedo con las cosas buenas".

A mediados de los años 50 llegó a su vida el escritor José María Fernández Unsain que según ella confesó, le hizo comprender que se puede amar más de una vez en la vida. Fue un romance intenso pero breve, sacudido también por el golpe de Estado que derrocó a Perón en 1955, y que le valió a Bence la censura de una de sus obras por la reconocida filiación peronista de su marido.

Los amores se sucedieron y muchos de esos romances fueron secretos que Amelia prefirió guardarse. No fue el caso de su relación de seis años con el actor y escritor Osvaldo Catonne, que tenía 19 años menos que ella y que también la dirigió en varias oportunidades en la Argentina y Perú. Estuvieron juntos entre 1964 y 1970. De Catonne declaró que nunca alguien le transmitió tanta paz.

Se habló mucho de otros amoríos que nunca fueron confirmados, como el de Juan Carlos Mareco o el de Daniel Tinayre. Solía decir: "Veo un buenmozo y el corazón hace taca-taca. No tiene que ver con la edad". Admitió tener una amitié-amoureuse con Carlos Thompson, pero como lo suyo eran los papeles volvió a casarse en 1980 con Carlos Ortiz Basualdo, un rico hacendado argentino que falleció apenas dos años después de la boda.

"Tuve una capacidad amatoria intensa. Y el privilegio de haber tenido junto a mí a hombres importantes. Yo al hombre lo considero superior. Lo digo aunque las mujeres protesten. No soy feminista. A mí me gusta el hombre poderoso, tanto física como intelectualmente. Si no siento admiración, no puedo enamorarme".

Amelia continuó actuando mientras la salud se lo permitió, y son muy recordadas sus participaciones en el ciclo Alta Comedia en los años 90. Le regaló al cine más de 40 películas y producciones en la Argentina, México y España. Fueron 77 años de vida profesional activa entre el cine y el teatro, lo que constituye en sí mismo un auténtico récord. El 8 de febrero de 2016, con 101 años, los ojos más lindos del mundo se cerraron para siempre.

Amelia según Osvaldo Cattone

Era tan coqueta que hay una anécdota que lo confirma. Amelia estaba filmando una película y para una secuencia, se olvidó en casa una pulsera de brillantes. Volví a buscarla y en el cajón donde la guardaba encontré, por casualidad, una vieja cédula de identidad de ella. Allí descubrí que tenía diez años más de los que confesaba. Me dio mucha ternura y nunca se lo dije.

Otra anécdota que recuerdo es que haciendo una obra en Perú, una semana antes de terminar la temporada, se resbaló en mi casa y se fracturó una pierna. Tuvimos que suspender y fastidiada, decidió volver a Buenos Aires. En el aeropuerto, ante nuestro asombro, la detuvieron, la llevaron a un cuarto y le rompieron el yeso para examinarlo y determinar que no era droga. Tuve que subirla al avión en brazos y con un ataque de nervios. Era el gobierno militar.

En su espléndida biografía "La niña del umbral" dice al final algo que la define: "Amo ser actriz porque me lo gané. Porque lo construí, porque supe escuchar y aprender. Amo ser de carne y hueso. Amo actuar, amo ese aplauso que vuela desde la platea al escenario. Amo levantar la vista y encontrar sus miradas. Han estado conmigo siempre, cómo no inclinarme ante ellos, cómo no amar esa música de fondo, la melodía más hermosa".

Amelia querida, no eres solo un recuerdo. Eres y serás siempre parte de mi vida. Y te agradezco que me hayas permitido compartir un tramo de la tuya.

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