
Té y ceremonia
En estos días en que el mundo está pendiente de los estadios de fútbol en el Extremo Oriente, las sociedades Asiática y Japonesa de Nueva York llaman la atención sobre otro ángulo: las exquisitas casas de un sereno ritual
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Nueva York.– Ningún otro pueblo, ni siquiera los ingleses, puede preparar el té tan ritualmente como los japoneses. Fanáticos de la infusión desde hace más de 800 años, desde que el té fue introducido por los monjes zen que habían estudiado en China, los japoneses han estado refinando constantemente la compleja cultura conocida en Occidente como la ceremonia del té. Experiencia estética y espiritual tanto como gustativa, la ceremonia del té está regida por prescripciones estrictas, referidas a los utensilios, su disposición, las características de la casa del té, el camino para llegar a ella, el agua para purificarse antes de beber el té y hasta la manera de entrar al recinto en cuestión. Todas estas rutinas estimulan la serenidad y la autodisciplina que los participantes procuran lograr.
En suma, servir y tomar el té en Japón es un asunto serio, al que se le presta enorme atención, empezando por el propio té. No se trata de esa insípida infusión que trasiega la mayoría de la gente, sino de una brillante sustancia verde llamada matcha, hecha de hojas hervidas en cuanto son cosechadas, secadas y pulverizadas. Además, hay grandes maestros del té que dirigen escuelas destinadas a perpetuar la tradición, manuales de instrucción, alfareros especializados en la vajilla específica, arquitectos especializados en diseñar las casas de té, floristas que las decoran y multitud de artistas y artesanos que pasan toda su vida trabajando para este universo ritual.
Para llamar la atención sobre la vitalidad del té en el Japón de hoy, la Sociedad Asiática y la Sociedad Japonesa se han unido para presentar, en Nueva York, la exhibición A New Way of Tea Chanoyu, como llaman los japoneses al mundo de la cultura del té, es algo mucho más profundo que un rito social. A fines del siglo XVI, cuando el ritual desarrolló una identidad francamente japonesa a partir de los orígenes chinos, fue adoptado por la elite militar y la aristocracia. Para mediados del siglo XVII ya se había convertido en una ceremonia muy estilizada, que incluía elementos del budismo zen y del sintoísmo clásico, así como la apreciación –típicamente japonesa– de los fenómenos naturales y la ambientación de las cuatro estaciones del año. En particular, su carácter meditativo proporciona una excelente oportunidad de retirarse y reflexionar, especialmente bienvenida en un país pequeño, densamente poblado y altamente industrializado. La expresión tradicional del chanoyu puede apreciarse, en la muestra, en la Sala de Té Konnichi-an, un modelo tamaño natural de un original de 1646 de Urasenke, Tokio, construido por Sen Sotan. Un recinto diminuto, con capacidad para dos personas, esta rústica casa de té tiene un fogón bajo y un pequeño mostrador donde preparar el té, un armario y poco más. La idea que sustenta este espacio tan mínimo es la de situar al anfitrión y al huésped al mismo nivel y en estrecho contacto, estimulando un vínculo intenso y exigente. Más o menos del mismo tamaño que el Konnichi-an es la casa de té contemporánea denominada Espacio ceremonial, diseñada por Toshiki Kita en 1986. Se trata de una estructura abierta de madera laqueada, con alfombras de tatami que cubren el piso. Solamente equipada con un samovar, confiere una nueva dimensión a la expresión menos es más. A pesar de dar la sensación de apertura al mundo, esta casa de té fue ideada como lugar para reflexionar sobre la verdadera relación entre los individuos, por lo que cumple una función similar a la de las casas de té tradicionales de la antigüedad.
Las dos casas de té se relacionan con un par de enormes pinturas fusuma (puertas corredizas) tituladas Desierto y Cascada, del pintor contemporáneo Hiroshi Senju.
En la exhibición abundan ejemplos de utensilios para el té, desde los antiguos del período Monoyama, que expresan el cambio acaecido a fines del siglo XV. Antes de ese momento, el refinamiento chino primaba, pero una ascendente nueva clase de ricos comerciantes plasmó su preferencia por la cerámica rústica. Un bello ejemplo de ese período es una jarra de agua de cerámica de Iga, de colores crema y ocre. Las versiones contemporáneas de los utensilios para el té van desde Primera escarcha (1993), de Mikino Hibino, un pequeño incensario de cerámica blanca con líneas negras que tiene la forma de un cubo incompleto, hasta un conjunto de recipientes de acero inoxidable y de forma octogonal, diseñado por Kimiko Namakura (1992) y una cucharita de té de cristal veneciano, realizada por el diseñador italiano Ettore Sottsass en 1992.
La cultura del té de Japón, por cierto, evolucionó como una experiencia en el campo filosófico y espiritual. Pero, como lo demuestra esta reciente exhibición, ha producido, felizmente, objetos colmados de atractivos perfectamente terrenales, materiales y sensoriales.
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