
Tiros y escopetas: una sofisticada jornada otoñal de caza de aves en los campos ingleses
Tierra de Fuegos
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A mediados de noviembre de 1999 llegue a Gatwick, Inglaterra, para dirigirme al campo de caza de Billy en Norfolk, a quince millas del mar que se llama Weasenham.
Llegué un viernes por la tarde, cansado, para tomar un baño en una generosa tina inglesa, y luego comenzar a disfrutar de las muy civilizadas bodegas del señor Guinness.
Un Krug Rosé me despertó de mis horas de avión, mientras engullía unas perfectas y finas cuchilladas de estacionado Jabugo llegado de España.
Los invitados del fin de semana eran todos hombres de escopeta. Un abogado penalista, a quien sus años de defensa criminal habían convertido en gracioso e interesante orador; una pareja de hoteleros del campo inglés; el consejero del príncipe Felipe, y un servidor de la reina en temas de energía.
Nunca fui hombre de tiros y escopetas, pero ante la insistencia de los invitados acepté acompañarlos, ellos en atuendos de Purdey, con corbata y flema inglesa, recreaban esta tradición asentada en su cultura por siglos.
Durante el almuerzo bebimos un Ducru-Beaucaillou 1982, que apenas insinuaba en nariz una flatulencia joven, femenina, gallarda y ligera, aunque en la boca tenía un estar generoso, como una tarde de sombrillas blancas en una civilizada terraza frente al mar.
Volviendo a las escopetas, los distinguidos lores, luego del café, calzaron sus botas de hombría mientras cuatro camionetas verdes de hechura industrial inglesa cargaban escopetas. Nos dirigimos a los hedges, donde fui puesto al cuidado del consejero del príncipe Philip, un hombre de 82 años.
Seis cazadores, cada uno con su asistente detrás, se apostaron en línea recta con una distancia ecuánime de una cincuentena de metros entre cada uno, frente a unos palos pintados de blanco como marcadores, que habían sido colocados de antemano.
Encontrándome detrás de lord Buctson, le dije que caminaría con él, a lo que respondió: "Estaremos parados, sin caminar". Comencé entonces a escuchar a lo lejos, detrás del hedge, unos ruidos de batir de papiros o de enormes alas, y, al concentrar mi atención en la lejanías pude ver una treintena de hombres que en perfecta dispersión formaban un semicírculo que se acercaba hacia nosotros, moviendo unas lonas blancas que producían un ruido sórdido, latigando sobre sí mismas.
El tremor levantó las aves que atemorizadas volaban. Aparecieron sorpresivamente encima del hedge, mientras los cazadores les disparaban desde sus bastiones. Al tiempo que bebían un Armagnac del año 1929, las pequeñas bestias caían de a docenas.
Algunos de los tiradores tenían un asiento verde de un solo pie que se clavaba en el campo, a modo de improvisado estar.
Los asistentes recargaban la segunda escopeta velozmente para que el cazador pudiera disparar varias veces. Asimismo, anunciaban si los pequeños volátiles se aproximaban por la derecha o izquierda, y si eran perdices, faisanes o grouses, llegando por los campos de remolachas que son sembrados especialmente para ellas. Las aves descansan su golosidad en el otoño en los sembradíos, sin imaginarse que el citado paraíso es una muerte casi segura.
Terminado el drive, los labradores negros, pequeños y atentos, salen a la orden de sus amos a levantar del campo las presas, caídas en pajonales y esteros donde gimen sus últimos estertores.
Estos recuerdos escritos, fechados en la noche posterior a los hechos, me hacen pensar si estas tradiciones sobrevivirán en aquellas familias donde esta actividad pasa de generación en generación, o si los tiempos modernos irán minando los otoños de volátiles a la remolacha, perdigones y Armagnac.
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