
Tizón, el memorioso
Su último libro es Tierras de Frontera, donde recuerda fragmentos de su vida. En esta nota el hombre vuelve a su pasado: a su historia de escritos, exilios, ferrocarriles y vecinos pueblerinos e improbables.
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En ese vagón iba la infancia. Y la infancia, en 1949, era un tren que se alejaba.
-Me acuerdo cuando en el último vagón del tren me iba a estudiar a Buenos Aires. Volví convertido en otro.
Volvió a Yala, el pueblo jujeño al que Héctor Tizón siempre vuelve. Volvió a Yala después de enterrar su niñez, volvió también después del exilio. Es Yala una esposa irremediable que suma arrugas, carnes y engaños, pero que está en el destino. "Estas tierras ya no sirven para la aventura ni para hallar oro fácil. Sólo quedan como razones para vivir aquí la insensatez, la costumbre o la filosofía", escribe en su último libro.
-¿Cuál es su razón, entonces?
-Yo diría que las tres.
Sonríe. A su lado, una ventana muestra postales de un contrafrente que invita a la claustrofobia. Vidas de hotel. El hombre vino a Buenos Aires a promocionar Tierras de frontera, una recopilación de ensayos y recuerdos que se complotan para armar una entrañable autobiografía. La mañana lo encuentra manso y peinado, con aire a ducha fresca y los ojos sin sueño.
-Me gusta levantarme muy temprano, hacer todo y disponer del resto del día como me da la gana. Hay una parte lúcida del día, que para algunos por rara casualidad es la noche. Pero para mí no, incluso cuando era estudiante no podía encontrar compañeros para estudiar porque todo el mundo hacía al revés.
Estudió Derecho en la Universidad de La Plata, fue diplomático en México e Italia, formó parte de la Convención Constituyente que reformó la Constitución jujeña y hace cinco años que es juez. En el medio ocurrieron un casamiento, tres hijos, seis nietos y varios libros. Unos quince, hasta hoy. Y gracias a todo este entrevero de mil y una vidas, Héctor Tizón tiene el raro orgullo de ser en Yala un hombre dos-en-uno.
-Si uno es juez y escritor en una gran ciudad, es posible que pocos conozcan las dos personalidades. Pero hay una cosa que es un poco molesta en los pueblos o pequeños centros o centros no muy poblados: que uno tiene que cargar con todos los roles que tiene, y todos juntos. Además hay una especie de respeto reverencial que hace mal, porque perturba la verdadera relación, que siempre es igualitaria. Eso no pasa afortunadamente en los grandes centros, donde uno es un perpetuo desconocido, salvo para un grupo muy pequeño.
-¿Qué otras cosas no pasan en los grandes centros?
-Y... hay millones de personas que no se ven entre sí porque están metidas en centenares de miles de edificios. Sólo ven lo que se ve en cualquier parte del mundo: el patio, la habitación, el comedor de la propia casa..., todo lo demás es como un gigantesco escenario que está atrás. Uno en una ciudad, como en un pequeño pueblo, tiene una limitada cantidad de amigos, todo lo demás es una especie de comparsa fantasmalque está ahí. Por eso es que mucha gente dice que se siente mucho más sola en grandes ciudades como Nueva York, Buenos Aires o Londres. No estoy haciendo con eso una alabanza de aldea, pero es una vida completamente distinta.
En Yala hay menos de mil personas. Hay también perros y gallinas que huyen de los perros, árboles, lagunas y un sol capaz de transformar la tierra en talco. En Yala hay cornudos, malvados, mujeres de preñez bastarda, buenos que dan pena, hombres que se suicidan haciéndose patear por un burro, amantes que se aman detrás de los ceibos. Como en cualquier ciudad, casi. Pero aquí se sabe todo.
-Lo decía mi vecino, el poeta Galán: en lugares pequeños, los siete pecados capitales, si es que fueran siete, andan caminando y tienen nombre y apellido.
-¿Recuerda alguno de esos pecados?
-Hay un personaje ... uno que podría encarnar el adulterio y la ira, no sé si contarlo, sería una infidencia -mira divertido y los párpados flojos, cruzados por redes de arrugas, le invaden los ojos-. Lo cuento igual. Una persona descubre que su mujer, ya grande, lo engañaba. Que en realidad los hijos que él daba por comunes no eran todos, je... Entonces, un buen día en que ella no estaba se le ocurrió sacar una fotografía de ella, la pegó en un árbol y le dio cuatro tiros a la foto. Quedóo saldada la afrenta y la cuenta. Una manera aparatosa de arreglar las cosas.
-Y saludable, al menos para la mujer.
-¡Y para él, que hubiera ido a parar a la cárcel porque eso es homicidio agravado con prisión perpetua! E incluso su dolor y su afrenta dejaron de ser perpetuos, porque una vez que uno lo exorciza de esa manera ya está. Cuenta la historia que en Extraño y pálido fulgor, una de sus novelas, un señor mayor autor de un homicidio en pueblo chico no podía ser juzgado porque no existía magistrado a mano que no tuviera favores, rencores o parentelas pendientes con el acusado. Cuenta otra historia, citada en Tierras de frontera, que una tarde pisó Yala un hombre ciego y sabio. Se llamaba Borges. Había ido a Jujuy a dar unas conferencias y lo invitaron a visitar a Tizón. Y Tizón, en su rol de anfitrión, decidió comentarle que alguna vez había existido un juez ciego en Yala.
-En un pueblo chico, todos los jueces deben ser un poco ciegos -dijo el hombre ciego y sabio.
Tizón recuerda esa charla.
-Es cierto. Hay que estar un poco eludiendo la historia de las personas y los personajes para impartir justicia. Pero la gente entiende.
Hay una risa bajo el bigote entrecano, y las arrugas, que recuerdan al sol y al viento seco, se hunden con cierta saña.
-Me acuerdo una vez, que estaba con una amiga y por preguntar, esos silencios que uno llena porque parece que queda incómodo el silencio entre dos personas, le digo dónde vas a ir a veranear. Y me dijo: pensaba ir a tal parte, pero no podemos ir por tu sentencia en contra.
-En Yala usted debe ser muy respetado.
-Y sí ... es una forma de no integrarse, ¿no? Pero no siempre ha sido así. Se ha puesto un poco distante a medida que vamos envejeciendo todos y que hay generaciones que me han conocido ya como una persona mayor. Pero con la gente de mi generación y aún mayor es distinto. No es tan distante el respeto porque me han visto de niño, creciendo.
Fue su abuelo el que llegó a las tierras yermas de la Puna. Plantó bananas y también catorce hijos, y después del trabajo, como esos zafreros que se alejan cuando ya no es temporada, el abuelo voló y, según dice Tizón, aún hoy sigue ausente con presunción de fallecimiento. El niño Héctor creció entre las voces de una abuela que había prohibido a la prole la mención del cónyuge prófugo, y entre los silencios de unas nanas acostumbradas a hablar casi sin palabras.
-Me enseñaron todo lo que estaba relacionado con las cosas elementales e inolvidables. Eran mestizas, mujeres muy bondadosas y generosas, muy maternales. Yo las veía como a mi madre, con varias caras. Incluso he tenido amas de leche. Silenciosas. La primera visión del mundo, cuando los ojos están realmente preparados como resortes para el asombro, la tuve a través de ellas.
Recuerda la niñez con ojos cansinos y serena chispa al fondo. La infancia y el río, las montañas, las vacaciones en el Bermejo con los chaguancos, los bosques donde Héctor se perdía con su perro de turno, y ese silencio zumbón de las siestas de pueblo y los atardeceres.
-Y los loros, que siempre andan en bandada, que migran cuando es invierno en Yala y muchas veces vienen a comer las flores de los ceibos de mi casa.
De la infancia se aferró Tizón en esos tiempos en los que la Argentina sólo despedía un aliento angustiante y putrefacto.
-En el exilio recordaba mi niñez. La memoria es tan caprichosa que de pronto llegan sones que uno dejó de escuchar cuando tenía 20 años, surgen de pronto y son como un dedo que te está señalando tu pertenencia, que uno es o ha sido de algún lugar y que puede seguir siéndolo a través del recuerdo. Yo estaba acostumbrado a conversar con gente, pobladores, viajeros que llegaron a Yala y se afincaron, especies de outsiders, pero como decía uno de ellos: seguía bañándose en el río Po. Me acuerdo que iba yo a darme un chapuzón en el río y lo saludé, y el viejo estaba en su hamaca en la galería un día de calor. ¿A dónde va?, me dice. Al río. ¿A qué río? Pues a éste, le respondo. Baños son los que me doy yo en el Po. Con todo derecho, él estaba viviendo en eso.
Tizón sabe que él también vive en eso. Que él también tiene su plan de evasión.
-Creo que uno escribe para acotar la realidad, para no morir de realidad como alguien muere de gripe. Uno escribe para demorar el paso del tiempo y de eso que es absolutamente inevitable y que a veces no queremos ni mencionar o la mencionamos justamente en forma reiterativa para que no aparezca, esa operación fantasmal que hace la gente, no solamente el escritor, que es la muerte.
-Según Extraño y pálido fulgor, su visión del paso del tiempo es bastante fea.
-Es algo irremediable. Pero no es agresivo, es lento. A todos nos pasa que cuando dejamos de ver a una persona durante treinta años y la volvemos a ver uno dice caramba, todo lo que ha llovido en este tiempo, que tiene mucho de propio por aquello de que las campanas en realidad doblan por uno.
-¿En Yala se nota el paso del tiempo?
-Claro que sí. Ya no hay más tren, por ejemplo. A partir del señor Cavallo se acabaron los trenes y se desintegró el país. A Yala se llega en coche u ómnibus, es prácticamente un suburbio, una villa de veraneo a doce kilómetros de la capital. Pero antes era un pueblo autónomo porque el puente carretero apenas se estaba construyendo, en los veranos no se podía cruzar, quizás a caballo, por las crecientes. El pueblo funcionaba con bastante autonomía, tenía hasta peluquero a domicilio. Se llamaba Urbano, nunca vi algo así, pero iba con su silla plegadiza y cortaba el pelo en la calle, espantando a los perros, las gallinas. Ahora no. Ahora están los recuerdos. Hay imágenes que van y vienen. La del tren, por ejemplo, que para mí está relacionada con lo que se va, con un regreso difícil, que siempre es casi improbable, con el fin de mi infancia. Con la muerte, obviamente, y con la guerra, porque cuando yo vi el tren detenido en Yala un atardecer, los vagones mal iluminados y soldados llenos de vendas, gente herida y que no la dejaban bajar, le pregunté a mi madre qué es esto, y me dijo no los mires, esto es la guerra. Después averigüé: era el fin de la guerra entre Bolivia y Paraguay, y a los bolivianos prisioneros de los paraguayos los llevaban por el Chaco y los mandaban a Bolivia por el tren a La Quiaca. Esas imágenes súbitas que uno tiene quedan unidas íntimamente con la realidad.
-Usted dice que volvió del viaje en tren siendo otro. ¿Qué cosas cambiaron?
-La catarata de conocimiento que le tiran a uno, la mayor parte inútil; la gente que uno conoce; los estilos de vida totalmente diferentes.
-¿Y qué más?
-Y de las aulas se rescata lo esencial, una forma de razonamiento, además de una forma de ganarme la vida. El discurso jurídico es muy parecido al de un novelista: los dos buscan la palabra justa. Y lo que cambió en mí fue todo eso. Y el hecho de tener relación con tus padres a través de cartas y papeles escritos, porque los teléfonos eran muy difíciles.
-¿Sus padres llegaron a leerlo?
-Sí. Murieron cuando ya había cometido tres libros.
-¿Y en Yala, saben que usted escribe?
Silencio.
-Sí... saben.
Se ríe misteriosamente, escondiendo alguna historia que tal vez no cuenta. Se ríe, entonces, como si escribir fuera la única travesura que sobrevivió a la infancia.
Las obras y los premios
Héctor Tizón lleva publicados catorce libros, entre ellos el de cuentos El gallo blanco (1992) y las novelas Fuego en Casabindo (1969), con la cual el Teatro Colón piensa hacer una ópera en 2001), El cantar del profeta y el bandido (1972), Sota de bastos, caballo de espadas (1975), La casa y el viento (1984), El hombre que llegó a un pueblo (1988), Luz de las crueles provincias (1995), La mujer de Strasser (1997) y Extraño y pálido fulgor (1999). Por estas obras recibió premios como el Konex; el de la Academia Nacional de las Letras; el de los Dos Océanos, otorgado en Biarritz por el libro Luz de las crueles provincias, y el de honor de la SADE. Además, fue condecorado con el título de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno francés.





