
Todo empieza en la nariz
Nada más imprescindible que el humilde sentido del olfato: nos permite identificar peligros, reconocer el mundo y hasta enamorarnos. Bienvenidos a un mundo plagado de sorpresas
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¿Qué sería de nosotros sin la nariz? Imaginen un mundo sin olores. Es muy difícil de pensar, y aún más difícil de vivir. Pero lo cierto es que hay anósmicos, que pierden el sentido del olfato que es, en gran parte, responsable del sabor (se calcula que la incidencia anda por menos del 1% de la población, y puede venir por traumatismos, infecciones o, como suele pasar, vaya uno a saber por qué).
Resulta que cada neurona del epitelio olfatorio tiene un solo tipo de receptor que, a su vez, es activado por una única molécula olorosa (de paso, estas neuronas son un ejemplo de neurogénesis, o sea que rompen con el dogma de que en el cerebro adulto neurona que para, neurona que cierra). Los olores son mezclas complejas de estas moléculas que activan una combinación particular de estas neuronas (así de sencillo como suena, esta investigación fue merecedora del premio Nobel a Richard Axel y Linda Buck hace pocos años). La anosmia afecta estas neuronas olientes, a veces el problema es para siempre, y habrá que aprender a vivir sin olor.
Pero comencemos por el principio: ya decía Rousseau que el olfato es el sentido de la imaginación, el deseo y los recuerdos. Es un sentido químico, o sea que capta las características de ciertas moléculas que están en el aire. Y no sólo huele: como sabe todo ezfiado, con la nadiz tapada, la comida no tiene guzto a nada. He aquí un experimento para demostrarlo, jugando a Nueve semanas y media. Consíganse una Kim Basinger o un Mickey Rourke, tápenle la nariz y háganle probar papas fritas con dos sabores diferentes : seguramente no podrá discriminarlos. Es más, pídanle que pruebe una papa de un sabor y pongan debajo de la nariz una de otro gusto: es muy posible que afirme que está saboreando el gusto que tiene debajo de los orificios nasales. Si queremos mejorar nuestras facultades, el especialista Piet Vroon recomienda unos tips para oler al máximo: andar en cuatro patas o tirarse en el suelo, probar con uno u otro orificio nasal, inhalar moviendo la cabeza de un lado a otro para comprobar de dónde viene un olor determinado, aspirar poco y unas cuantas veces en lugar de una sola vez, no fumar y no hablar con la boca llena. Después no digan que la ciencia no da soluciones prácticas para el oledor moderno.
Hay, claro oledores y oledores. O, más bien, oledoras: se sabe que las mujeres huelen y discriminan mejor que los hombres, además de que van a poder describirlo con mayor detalle. También influye la edad: el pico de sensibilidad de las narices es hacia los treinta años de edad; después va disminuyendo de a poco (se calcula que un porcentaje importante de los mayores de 80 años puede tener cierto grado de anosmia). Y si el olor de una madalena es capaz de generar una novela en 7 tomos, es muy cierto que existe una memoria olfativa y que las fragancias pueden bucear en nuestro cerebro para despertar recuerdos inesperados. También hay olores inconscientes, como las feromonas, palabras químicas que el cerebro percibe y controlan comportamientos instintivos y niveles hormonales. Hay experimentos en los que se prefiere a una u otra persona, basado en estas feromonas. En una experiencia clásica, los científicos se divirtieron dando a voluntarias a oler remeras que habían usado distintos hombres para dormir. Las mujeres eligieron remeras que habían usado hombres con feromonas que indicaban un sistema inmune fuerte y complementario con el propio, cosa de que si llegaban a tener hijos con el portador de la remera, resultaran de lo más sanitos. Las feromonas también serían las responsables de sincronizar el ciclo menstrual de mujeres que viven juntas. Eso sí: de las feromonas mágicas que nos volverían a todos seductores empedernidos, no hay muchas noticias.
Algo sabrían los olientes famosos: Josefina, a quien Napoleón le advertía: "Vuelvo en tres días, no te bañes"; Cleopatra embadurnada con aromas de El Cairo; Grenouille, el repugnante protagonista de El perfume, que termina inventando la fórmula del olor a humano que huele bien. Las fragancias naturales son siempre mezclas bastante complejas, así que imitarlas en el laboratorio es tarea de hechiceros perfumistas que no sólo le roban sus esencias a las flores (kilos y kilos de pétalos para un frasco en el Duty Free Shop), sino que también fabrican una sinfonía olorosa de manera sintética.
En definitiva, necesitamos a esas narices grandes, chicas, rectas, curvas o pecosas para poder reconocer el mundo: señales de alarma, mamá, pañales de hijos (y su contenido), el hombre de mi vida, flores robadas en los jardines de Quilmes. Oler no cuesta nada.






