Un año sin comprar

Armaron un plan anticonsumo, cumplieron su objetivo y cuentan la experiencia. Aquí, el "contrato" y un capítulo
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2 de abril de 2017  

DESEO CONSUMIDO, de Evangelina Himitian y Soledad Vallejos. Editorial Sudamericana
DESEO CONSUMIDO, de Evangelina Himitian y Soledad Vallejos. Editorial Sudamericana

EL CONTRATO

No perseguimos un objetivo económico. No pretendemos ahorrar dinero justamente ahora que el dinero vale tan poco. Cuando terminemos este año, el 1° de abril de 2017, la conclusión no será: “Hemos ahorrado $ 54.943,22 y con eso compramos un Renault 11 a gas y lo pusimos a trabajar con Uber”. Eso no va a ocurrir. En cambio, esperamos salir de esta experiencia enriquecidas. No monetariamente, sino por la posibilidad de compartir, de regalar, de sobrevivir alejadas del consumismo como razón de compra.

En la ciudad de Buenos Aires, siendo el 31 de marzo de 2016, Soledad Vallejos y Evangelina Himitian, de ahora en adelante LAS EX CONSUMIDORAS, suscriben voluntariamente el presente contrato con ellas mismas.

ALIMENTOS E HIGIENE: Durante este año sólo compraremos las cosas que necesitemos en lo que hace a alimentos, productos de higiene y limpieza. Es decir, a toda esa lista de cosas que no nos dan placer per se, pero que requerimos para que la casa y la familia sigan en funcionamiento.

RUBRO REGALOS: La compra de regalos queda prohibida. Lo sentimos mucho. Este año sólo les regalaremos a los nuestros cosas que sabemos que les gustan y que no pueden ser compradas. Esto implica todo un desafío: poner a prueba cuánto conocemos a aquellos que están cercanos a nosotras. Intentaremos sorprenderlos, tal vez, con algún objeto nuestro que siempre hayan elogiado o con algún libro que nos encantó a nosotras y sabemos que a ellos les va a gustar. Se acabaron los regalos monetariamente impersonales. Y cuando seamos nosotras las destinatarias del regalo, la política será la misma. Sólo podremos aceptar algo usado (y amado) por aquel que nos lo ofrece. Si llegan regalos nuevos, sepan que serán recirculados. Se trata de dejar de acumular.

LOS NIÑOS: Los chicos de la casa quedan excluidos de este sistema. Las dos somos madres y queremos evitar que nuestra experiencia afecte negativamente su crianza. Compraremos para nuestros hijos sólo aquellas cosas que necesiten, incluyendo regalos para ellos y sus amigos, y aplicando un criterio de consumo responsable.

LA PELUQUERÍA Y EL SALÓN DE BELLEZA: No nos cortaremos el pelo si tenemos que pagar por ello. En cuanto a tinturas y baños de crema, sólo los autogestionados. Tampoco acudiremos a salones de belleza para hacernos las manos o los pies. La depilación está okey, por razones obvias.

GASTRONOMÍA: Salir a comer es un placer que sí nos vamos a permitir, siempre con un criterio de responsabilidad social, y entendiendo que las experiencias y los buenos momentos compartidos con la gente que uno quiere no se acumulan sino que se atesoran. Sólo por eso.

PASEOS Y VACACIONES: El mismo criterio aplicaremos a los paseos en familia y a las vacaciones. No los evitaremos. En cambio, elegiremos siempre la opción más austera disponible, priorizando el tiempo compartido juntos y no el destino.

Capítulo uno. VAMOS A DESCONSUMIRNOS

DÍA 1 Hoy es el primer día del resto de este año en el que no vamos a comprar ni una sola cosa para nosotras. Ni ropa, ni una crema, ni un libro ni nada. La de ayer fue, tal vez, nuestra última tarde como personas normales. Podíamos comprar lo que quisiéramos, donde creyéramos que nos convenía y pagarlo como pudiéramos. Como lo hacen todos. Casi todos. A partir de ahora las reglas cambian. Vamos a desconsumirnos. Para los nuestros seremos como extrañas. Para los extraños, lo mismo: raras. Dos mujeres que asumen el compromiso de pasar todo un año sin comprar nada más que lo necesario. Ni un solo objeto cuyo destino final sea la acumulación.

DÍA 30 Llevamos un mes sin consumir. Es sólo el 8,2% de nuestro proyecto. Igual se siente increíble. Pese a los malos pronósticos de algunos, no hemos tenido ni recaídas ni síndrome de abstinencia. En cambio, nos surgen algunas reflexiones. El placer de tener, de estrenar, de comprar y de acumular va dando lugar a otras experiencias que pueden resultar tanto o más gratificantes. Simplemente estuvieron adormecidas bajo un cúmulo de cosas que ni siquiera sabíamos que teníamos ni por qué.

MES 6 Pasando en limpio, podemos decir que lo estamos llevando mejor de lo que creíamos. O de lo que muchos pensaban. Pero, a pesar de esa sensación que tenemos, la gente insiste: “Si tuvieran la posibilidad de comprarse algo, después de estos meses de abstinencia, ¿qué sería?”. Nos costaba dar una respuesta. Y nos vimos obligadas a hacerlo ante el requerimiento de un periodista que nos entrevistó poco después de haber superado los 180 días. Entre tres deseos elegidos, Evangelina mencionó las ganas de comprarse una tijera de modista “para dar rienda suelta a mi nueva faceta Pinterest”. Soledad, pensando en que aún le quedaban algunos meses para bajar los kilos ganados durante la abstinencia, se ilusionó con una nueva bikini que no estuviera deteriorada por el cloro y la sal.

MES 8 Nos acercamos a esa fecha temida, el ícono del consumismo que poco se parece a la austeridad de un pesebre: la Navidad. ¿Será la nuestra una fiesta sin regalos? De ninguna manera. No vamos a tropezarnos con las bolsas en las escaleras mecánicas del shopping ni a esperar que suene la sirena a las cuatro de la mañana en el centro comercial que anuncia la hora loca de los descuentos. Eso no ocurrirá. Pero sí vamos a regalar, a pensar con qué podemos agasajar al otro. Un objeto, un momento o una carta. Hay opciones. Lo único que faltará en el arbolito serán los obsequios monetariamente impersonales. Tampoco habrá tickets de cambio. Por suerte.

MES 11 Y 30 DÍAS Sólo faltan 24 horas para que se levante el cepo. ¿Y ahora? Tendremos la chance de volver al ruedo. De comprar sin restricciones, de empacharnos de promos y descuentos. ¡Al fin recuperamos la libertad! Pero no de comprar, sino de saber que no necesitamos nada. Sí, exactamente eso. Nos sentimos libres. Más afortunadas. Más dueñas. Más imperfectas. Más felices. Terminamos este año seguras de haber dado un paso importante, satisfechas, con más fuerzas que nunca.

“¿Y por qué?”. Esa fue la reacción inmediata cuando publicamos nuestra decisión en Deseoconsumido.com, el sitio en el que compartimos semanalmente nuestra experiencia. Habían pasado apenas ocho minutos de aquel primer día en que transmitimos nuestra decisión a través de las redes sociales, cuando un tropel de reacciones cabalgó hacia nosotras. “No van a poder”. “Es peor que empezar la dieta un lunes”. “¡Qué estúpido! Vivimos consumiendo cosas que no necesitamos. Así funciona el mundo”. Nos llamaron “hippies con OSDE” y hasta hubo quien nos acusó de “militar el ajuste”.

El mensaje favorito de entre los que nos llegaron fue: “Chicas, su experiencia progre de autoconocimiento es mi realidad de todos los días”. Pero también recibimos muchos comentarios de gente que estaba en sintonía con este proyecto, que sentía que el ritmo de “comprar-acumular-descartar” ya no le cerraba. No estábamos solas. De hecho, Deseo Consumido se inscribe dentro de un fenómeno mundial bastante extendido, y existen múltiples iniciativas –entre locales y foráneas– de personas que han decidido tomar otro camino, que reaccionan con hastío frente al consumismo después de haber vivido acumulando sin ningún criterio.

Debemos reconocer que algunos de esos proyectos resultaron una inspiración para crear Deseo Consumido. Como el de la diseñadora canadiense Sarah Lazarovic, que pasó todo un año sin comprarse ropa y cada vez que experimentaba el impulso de hacerlo, lo dibujaba. Sus producciones se convirtieron en un libro, en el que escribió cosas como: “Veo un vestido así y me imagino el millón de vidas que podría pasar en él. Me preocupa que nunca jamás volveré a encontrar nada tan perfecto. Y entonces recuerdo que tengo un montón de cosas parecidas en mi armario”.

O como Rob Greenfield, un aventurero y activista norteamericano, protagonista del documental Viajero sin dinero, que bajo el lema “menos es más” se deshizo de todas sus pertenencias, hasta de su casa. Se quedó con un total de 111 posesiones, lo que incluía cepillo y pasta de dientes. También el Project 333, de Courtney Carver, que propone un desafío fashion (y de bajo presupuesto) en el que invita a los demás a vestirse con sólo 33 prendas durante tres meses. Otro caso que hizo ruido y alcanzó repercusión mediática fue el de Joshua Becker, con Becoming Minimalist. “Las mejores cosas de la vida no son cosas”, dispara Becker en su página web, donde cuenta que junto con su esposa, en 2008, decidieron volverse minimalistas y, de forma intencional, vivir con la menor cantidad de posesiones posible. “Limpiamos el desorden de nuestra casa y de nuestra vida. Fue un viaje en el que descubrimos que la abundancia consiste en tener menos”.

“Creo que, en general, los fenómenos anti sirven para eso, para despertar un nivel de reflexión o introducir un tema en la agenda. Son fuertemente audibles y visibles, pero no frenan ni modifican el sistema”, opina Guillermo Oliveto, especialista en consumo. “Expresan una idea con un nivel de intensidad que muchas veces hace que se los sobrepondere. Pero finalmente la vida sigue y el grueso de la sociedad continúa viviendo bajo los mismos parámetros con los que fue estructurada. Sucedió con los movimientos antiglobalización. Pero no fueron en vano, ya que generaron conciencia y lograron mover el eje de un capitalismo extremo y sin sensibilidad social, sobre todo después de la crisis del 2008, aunque no lograron grandes conquistas”, dice.

Nosotras no somos anti. Somos des. El desconsumo no resultará una experiencia tan extrema como las que mencionamos antes, pero quizá sea más sostenible en el tiempo. Es más fácil hacer una crítica del sistema si uno se sale de la matriz. Pero ¿nos será posible repensar la vida desde adentro de la red? Viviendo en la ciudad, yendo a trabajar a diario. Nosotras no nos aislamos ni dejamos de llevar la vida que teníamos. No nos mudamos a una montaña ni sobrevivimos de la caza y la pesca. Terminado este año tampoco tendremos una huerta orgánica en el balcón, pero estamos convencidas de que nuestras pautas de consumo y nuestro ritmo de acumulación y descarte habrán cambiado nuestras vidas. Para siempre.

No fue fácil. Hubo presiones familiares, discusiones con amigos, polémicas entre colegas. Por eso cuando estábamos dando los primeros pasos, y como una manera de reforzar la decisión asumida, nos dedicamos a investigar. Pasada la emoción inicial que nos provocó el lanzarnos a la aventura, decidimos levantar la alfombra y descubrir lo que había oculto debajo, o lo que no queríamos ver. La matriz de consumo tenía sus rubros, podía dividirse en categorías. Y sobre cada una de ellas comenzamos a investigar, a escribir, y a sacar nuestras propias conclusiones. Un trabajo que, como periodistas, se nos tornó individual en ciertos tramos. Otros pasos los dimos en equipo, como protagonistas de nuestra historia y coautoras del mismo proyecto. Escribimos de manera solitaria algunos de los capítulos, y a cuatro manos otros tantos de los pasajes que conforman el texto final. Y hasta el último día de la experiencia, ninguno de los que teníamos cerca permaneció indiferente al desafío.

Al publicar nuestro compromiso en las redes sociales, todos esos ojos que parecían adormecidos o ausentes ante la hiperabundancia de contenidos de pronto se sacudieron la modorra y dijeron (más bien, gritaron) que sí nos veían. Nos pasó lo mismo durante los primeros días en los que nos desconsumimos. Adondequiera que íbamos, en la mesa del domingo, en un encuentro con amigos, en el trabajo, en el barrio, en el colegio de nuestros hijos, no se hablaba de otra cosa. Todos se habían enterado y casi nadie podía permanecer indiferente al tema.

Nos habíamos metido con el consumo, el tótem de nuestra generación, “el motor de la reactivación de la economía en la última década”, la religión de los que no creen en otra cosa y están convencidos de que no hay ningún ideal detrás del acto de consumir.

Primera conclusión después de este año: no somos más pobres ni más ricas. Porque no se trata de plata. No buscamos ahorrar dinero justo ahora que el dinero vale tan poco. Nuestro objetivo inicial fue salir de esta experiencia enriquecidas. No monetariamente.

En este año nos lo han preguntado en reiteradas oportunidades: “¿Qué las llevó a tomar esta decisión?”. Una combinación de cosas. Mejor dicho, una acumulación, que bien podríamos sintetizar en esa sensación de consumir a pesar de no tener ganas. No es casual que esto haya ocurrido justo en dos fechas clave para el consumismo: la Navidad y el inicio de clases. Evangelina experimentó el hastío, el relajo, la aglomeración humana del día previo a la Navidad. “Paremos, pensemos, aflojemos. No necesitamos nada de lo que estamos comprando”, publicó en su Facebook ese día, mientras intentaba volver del trabajo a su casa, sabiendo que esa misión le iba a demandar varias horas. Fue como una premonición. La calle era un infierno; volver a casa iba a resultar una odisea. Y no porque estuviéramos festejando en las calles el nacimiento de Cristo. La estábamos pasando mal. Nosotros mismos éramos la causa de ese caos que habíamos desatado y ni siquiera nos dábamos cuenta. Verse ahí, en medio de esa marea de autos y personas, la llevó a experimentar el hastío del consumismo. Como aquella frase: “Gastamos un dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para impresionar a personas que no nos importan”. Y todo en doce cuotas (ahora dieciocho). Y para celebrar una fecha en la que la mayoría no cree.

Para Soledad, el desencadenante llegó en febrero, antes de que comenzaran las clases. Había que conseguir unos zapatos marrones talle 34 que, como por arte de magia, estaban fuera de stock en todas las casas del rubro. De repente, verse envuelta en las compras escolares, luchando entre lo que se necesitaba, lo que había que comprar y las expectativas que sus hijos tenían en cuanto a ese recorrido la hizo colapsar. Sintió que necesitaba poner un freno. Que aunque no fuera una compradora compulsiva, la vorágine consumista y las exigencias culturales la habían empujado a un estilo de vida que se alejaba de lo que en realidad quería. Compró los zapatos y los útiles. Pero ese día decidió no comprar nada más para ella.

En una charla de amigas, de esas que se extienden por horas, hablamos sobre el tema. Aunque las dos habíamos recorrido caminos paralelos para asomarnos al mundo del desconsumo, no estábamos de acuerdo en este punto: ¿pasar todo un año sin comprar nada? Evangelina inicialmente no creía que esa fuera la solución. O, al menos, que cambiara las cosas. Pero Soledad parecía decidida y no retrocedió ni siquiera cuando estaba en juego el regalo de cumpleaños de las dos. “Todavía nos los debíamos”. Parecía tan segura de su decisión que Evangelina se convenció.

La manera en que las dos nos convencimos de hacerlo resultó algo muy natural. Fue una decisión personal, individual. Pero, por defecto profesional, nuestro ADN de periodistas nos traicionó. Y decidimos llevar un diario de nuestra travesía a lo largo de ese año. ¿Un año? Sí. Abrimos un blog y empezamos a compartir nuestras experiencias. Entonces descubrimos que tampoco acá, en la Argentina, estábamos solas. Durante estos meses hemos conocido a una enorme cantidad de personas que habían decidido modificar sus pautas de consumo en pos de un cambio en su estilo de vida. Todos querían vivir mejor y se habían dado cuenta de que su ritmo al comprar y descartar constituía un estorbo.

Había que ponerle un nombre. Antes de abrir el blog, con las ideas ya pasadas en limpio, dimos inicio al debate. ¿Cómo sintetizar todo lo que estábamos viviendo? Fue un ida y vuelta que arrancó en un asado con amigos y se prolongó durante varios días a través de WhatsApp. “¿Bajo consumo?” No. “¿Ahorra 12?” Tampoco. No era eso. Así, después de un largo debate, y cuando ya estábamos al límite de la fecha de inicio, el 1º de abril de 2016, nos dimos un ultimátum. Propusimos tres nombres cada una. Sin grandes novedades. Entonces Soledad tuvo la gran idea, mientras mandaba mensajes por WhatsApp, en la sala de espera del oculista de sus hijos.

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