Bazar La Luna, en el barrio de San Telmo con los hermanos Cuevas

Un bazar histórico: “El abuelo se encargaba de escribir a mano las etiquetas porque el precio tenía que estar a la vista”

6'
Compartir

Los últimos rayos del sol otoñal iluminan la vidriera de un histórico local en el barrio de Monserrat en la esquina de Tacuarí y México.

La esquina de Tacuarí y Mexico un clásico de Monserrat
La esquina de Tacuarí y Mexico un clásico de Monserrat Rodrigo Nespolo - LA NACION

En los estantes, prolijamente acomodados, hay teteras de porcelana, tazas de té y café, variedad de platos playos y hondos, cafeteras, ollas y sartenes, entre otros artículos de cocina.

Mariano y Marcelo Cuevas, 3ra generación al frente del Bazar
Mariano y Marcelo Cuevas, 3ra generación al frente del Bazar Rodrigo Nespolo - LA NACION
publicidad

“Buenas tardes. ¿Cómo anda? Estoy buscando cuatro copas de vino, las mismas que llevé la otra vez”, dice una señora con pelo recogido mientras recorre el salón con pisos de madera de antaño. Al instante, Marcelo Cuevas, uno de los nietos del fundador del bazar “La Luna”, se acerca al sector de las copas de vidrio y cristal para asesorarla con el modelo. “Eran estas, las más resistentes”, afirma. Minutos más tarde, un nuevo cliente ingresó para solicitar un abrelatas de acero inoxidable y otra jovencita una budinera antiadherente. Todos encontraron lo que buscaban, y no dudaban que así sería.

Las cafeteras tienen gran salida, sobre todo, la de estilo francesa
Las cafeteras tienen gran salida, sobre todo, la de estilo francesa Rodrigo Nespolo - LA NACION

Como en sus inicios

La tienda abrió sus puertas en 1926 y es uno de los bazares más antiguos de la ciudad de Buenos Aires. Desde entonces se mantiene en la misma ubicación y conserva su estética original: mostradores de madera maciza (que recuerdan a los almacenes de Ramos Generales); amplios estantes, cajoneras artesanales y una altísima escalera deslizante (similar a la de las bibliotecas).

Bazar La Luna, en el barrio de San Telmo con los hermanos Cuevas
Bazar La Luna, en el barrio de San Telmo con los hermanos Cuevas Rodrigo Nespolo - LA NACION
publicidad

Por su altura, de más de seis metros, varios habitués, afirman, entre risas, que “es capaz de llevarte a la luna”. “Muchos me dicen que cuando entran al bazar viajan en el tiempo. Es que se mantiene todo igual a como era antes y eso la gente lo valora mucho.

Durante todas las épocas solicitan las cucharas y espumaderas
Durante todas las épocas solicitan las cucharas y espumaderas Rodrigo Nespolo - LA NACION
Recuerdos del abuelo Cuevas
Recuerdos del abuelo Cuevas Rodrigo Nespolo - LA NACION
La vidriera siempre llama la atención de los curiosos
La vidriera siempre llama la atención de los curiosos Rodrigo Nespolo - LA NACION
publicidad
Las copas de vino de vidrio son uno de los artículos más vendidos
Las copas de vino de vidrio son uno de los artículos más vendidos Rodrigo Nespolo - LA NACION
Estantes y pisos de madera de antaño
Estantes y pisos de madera de antaño Rodrigo Nespolo - LA NACION

Cada vez quedan menos locales antiguos”, afirma Marcelo y abre una de las cajoneras repleta de cubiertos: cucharas, tenedores, cuchillos... “El abuelo Estéban Cuevas también diseñó muchos de los estantes. Por ejemplo, estas divisiones son de los esqueletos de madera de las cajas de importaciones”, describe quien se recibió de arquitecto.

Variedad de cubiertos y vajilla
Variedad de cubiertos y vajilla Rodrigo Nespolo - LA NACION
publicidad

De Santander a Buenos Aires

Don Cuevas, era un español de la ciudad de Santander, que como muchos inmigrantes partió a “hacer la América” con grandes ilusiones. De jovencito trabajó en un almacén y luego durante varios años en un bazar de la calle Corrientes. Un día comenzó a soñar con independizarse y abrir su propio negocio. El local indicado apareció en la pintoresca esquina de Tacuarí y México. Lo bautizó “La Luna”. Durante los primeros años apuntaron a la clientela del rubro gastronómico y con el tiempo sumaron los hogares. “Se vendía mucha vajilla y utensilios de cocina para restaurantes, bares, hoteles y también a empresas. Luego, se amplió a particulares y familias”, cuenta.

Desde su apertura Don Cuevas tenía una premisa firme: “gran variedad, calidad y precios módicos”. Con el boca a boca el negocio comenzó a hacerse conocido en el barrio. Asimismo, llegaron habitués del interior del país. “Vienen varios que nos eligen hace tres o cuatro generaciones.

Sacacorchos, otro hit
Sacacorchos, otro hit Rodrigo Nespolo - LA NACION
Las cajoneras las diseñó el abuelo
Las cajoneras las diseñó el abuelo Rodrigo Nespolo - LA NACION
Las pavas salen todo el año
Las pavas salen todo el año Rodrigo Nespolo - LA NACION

Muchos se acuerdan cuando los traían de la mano sus abuelos o padres. Es lindo cuando nos dicen que formamos parte de su familia. En una época, a pedido de varias clientes, armábamos listas para casamientos y a las novias les encantaba elegir con qué regalos se iban a quedar para armar su nuevo hogar”, expresa, con orgullo. Asimismo, recuerda que hubo un gran auge con la llegada de los programas televisivos “Utilísima” y “El Gourmet”. “Veían a los cocineros en la televisión utilizar el rallador lima (alargado) y lo pedían en el bazar. Otro éxito fue la cafetera de prensa francesa. Nosotros siempre escuchamos a los clientes y tratamos de traer lo que nos solicitan” comenta.

Los pingüinos de colores están más vigentes que nunca
Los pingüinos de colores están más vigentes que nunca Rodrigo Nespolo - LA NACION

El bazar siempre fue un emprendimiento familiar

Don Cuevas tuvo dos hijos: Estéban y Eudosia, mejor conocida como “Dosi”. Ambos se criaron en el local y lo ayudaban a desembalar las cajas de los pedidos. Él continuó los pasos de su padre y ella era docente. Sin embargo, los fines de semana o durante las vacaciones de verano, Dosi les daba una mano en el local. “Al día de hoy varios de sus alumnos se acercan y preguntan por mi tía. Le tenían mucho cariño”, dice y señala un escritorio repleto de papeles y un antiguo fichero con el nombre de varios de los proveedores escrito de puño y letra. En un costado se encuentra colgada una fotografía (de color blanco y negra) del fundador luciendo una boina, anteojos y camisa. “El abuelo siempre se sentaba ahí y se encargaba de escribir a mano cada una de las etiquetas de los artículos. Él decía que el precio tenía que estar a la vista. Hoy continuamos con esta tradición”, comenta. Mariano, su hermano menor, también lo acompaña en el día a día del local.

Otro clásico: los palos de amasar
Otro clásico: los palos de amasar Rodrigo Nespolo - LA NACION

En una de las vitrinas están exhibidos algunos platos importados y otros nacionales. Hay desde lisos y otros decorativos con motivos florales y rayas. A su lado, se encuentran varias tacitas de té, mugs para el café, azucareras y teteras con pintorescos diseños en azul y blanco, entre otros. Hay cientos de artículos. ¿Algunas curiosidades? Un cuchillo curvo para pomelo, una pinza para despinar pescados y hasta una ñoquera especial para los Spaetzle del goulash. También atesoran varios modelos de los llamados “triolet” de copetín, las clásicas ollas de hierro y copas de Cognac. “Antes salían muchísimo. Ahora me piden más los copones grandes para preparar el Gin Tonic en casa”, afirma. Durante la pandemia fueron un boom los moldes rectangulares para el pan casero, las budineras, torteras y las ollas enlozadas.

Los hermanos Cuevas le dieron su impronta al negocio familiar
Los hermanos Cuevas le dieron su impronta al negocio familiar Rodrigo Nespolo - LA NACION

“Este local es mi vida. El trato con el público me gusta y va más allá de lo comercial. Con muchos entablamos una relación de amistad de años”, remata Marcelo y reconoce que cada vez que visita un restaurante tiene un ritual: mira la vajilla con detenimiento. Tras despedirse se sube a la escalera de madera, esa que según dicen en el barrio te lleva directo a la magia del bazar La Luna.

También les piden mucho las provoleteras para los asados
También les piden mucho las provoleteras para los asados Rodrigo Nespolo - LA NACION