
Un lugar llamado Kamchatka
La película de Marcelo Piñeyro que competirá por el Oscar toma su nombre y parte de su sentido del TEG, un juego de tácticas de guerra popular durante la última dictadura
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La película que en la nueva entrega de los Oscar representará a un país del lejano sur lleva por nombre el de una región del extremo norte. Esta curiosa circunstancia sugiere comentarios.
En beneficio de quienes aún no la vieron, un resumen posible del argumento sería el siguiente. Todo comienza en otoño de 1976, cuando el golpe militar agrava la situación política argentina y la vida de sus habitantes. Buenos Aires se convierte en una ciudad tomada. Se entrevén soldados armados por las calles, redadas, controles. Un joven abogado, enterado de que su socio acaba de ser detenido por fuerzas militares, decide abandonar abruptamente el hogar junto a su esposa y sus dos pequeños hijos, para ir a ocultarse a una quinta de las afueras. Quien nos cuenta la historia es el mayor de los dos chicos, de unos 10 años, apodado Harry.
Mientras vemos cómo la familia se adapta con cierta naturalidad a la nueva situación –entre el ominoso terror de fondo y la acogedora arboleda de la quinta–, algunos símbolos se imponen, tenaces.
Por empezar, el apodo Harry. El nombre está tomado de Harry Houdini, el mago y prestidigitador de fines del siglo XIX y principios del XX que se convirtió en leyenda por sus sorprendentes escapes de otras ataduras y otros tenebrosos encierros. Cabe recordar que Houdini era a su vez un apodo, elegido por el hijo de un pobre rabino húngaro, nacido en 1874 con el nombre de Erich Weiss.
Otro símbolo se refiere al título de la película. Harry y su padre son aficionados al TEG, juego que practican durante largas horas en la quietud de la quinta. El padre de Harry gana una y otra vez con cierta facilidad. Hasta que un buen día Harry consigue dominar 49 de los 50 territorios que conforman el tablero; su padre está arrinconado en la remota Kamchatka, en la otra punta del mundo, en el extremo nordoriental de Siberia. A pesar de todo, Kamchatka resiste, lo que ofrece un nuevo símbolo.
Para quienes no lo conocen, el TEG (acrónimo de Táctica y Estrategia de la Guerra) propone un combate sobre un mapamundi dividido en 50 territorios. Al empezar, los jugadores se reparten el mundo al azar, poniendo sus fichas (ejércitos) sobre los territorios propios. A partir de allí, en sucesivos turnos, emprenden ataques a territorios vecinos enemigos. Los ataques se resuelven con tiros de dados. Cada jugador puede luego reagrupar fuerzas e incorporar nuevas unidades. Gana quien logra cumplir un objetivo propio, que se entrega al comienzo de la partida, o bien quien domina el mapa completo.
Desde 1976 y hasta el regreso de la democracia, reunirse fuera de casa podía llegar a ser una actividad sospechosa. La coyuntura pudo, acaso, facilitar el éxito del TEG, en la medida en que propiciaba el encuentro en departamentos urbanos o en quintas. Aunque también cabe recordar que el mismo juego, con el nombre de RISQ o WAR había alcanzado gran popularidad, más de diez años antes, en los Estados Unidos y Europa occidental, a la sazón sin dictaduras.
Entre los aficionados al TEG, la sola mención de Kamchatka lleva a evocar casi por reflejo el juego entero. Las demás regiones que pueblan el tablero, ya sean Francia, el Sahara, Nueva York o la Argentina, nos resultan familiares por anteriores relaciones, que vivimos o nos contaron; la palabra Kamchatka, en cambio, evoca un juego, y ahora quizás una época de nuestras vidas.
La siguiente historia, del Buenos Aires de aquellos oscuros años, pinta la inquietante relación que podía llegar a producirse entre juego y dictadura. Ocurrió en La Casa de Tomás y Enrique, un amable club de juegos que en 1977 se estableció en una esquina de la ciudad. A poco tiempo de inaugurado, el local recibió la visita de una comisión policial. ¿Qué es lo que hacía allí esa concurrencia, entre silenciosa y dicharachera? Enrique Lindenbaum, uno de los propietarios, quiso ser didáctico y explicó que la gente se reunía para practicar juegos de estrategia, juegos de inteligencia. No hizo falta ni una palabra más: Enrique y su socio fueron a dar a la comisaría. Por fortuna, en este caso la historia concluyó sin víctimas y los protagonistas pudieron contarla.






