
1 minuto de lectura'
Reímos toda la noche. Risas estridentes en el comienzo de la fiesta improvisada, risas asordinadas y distantes después. Los ojos húmedos dejan ver la escena envuelta en una niebla espesa: todo es un poco vago y perezoso, lejano como un recuerdo evocado en medio de una borrachera amable. Acaricio los hombros de bronce de Grace Jones, y ella emite un gemido antes de morderme un labio y ofrecerme una pitada. El cannabis trepa como una enredadera y dibuja en el cerebro sus fuegos de artificio. Dana se ha retirado a un costado de la habitación, baila a solas y descorcha una botella de algo que parece champagne. Fumamos y tomamos, jugueteamos con los cuerpos, bailamos hasta la madrugada, cuando los primeros ruidos del amanecer nos despiertan de ese sueño etílico con su toda violencia urbana: la frenada abrupta de algún auto, la escoba nerviosa de los porteros fregando la vereda, el canto de los pájaros. No hay demasiadas palabras en la despedida. Ninguna, casi. “Chau”, nos besamos en la boca: bocas frías y pastosas y agrias después del alcohol. Viajamos una media hora, y estamos ya en la cama, Dana y yo, embriagados y exhaustos, excitados y vencidos por la fatiga, y sin embargo los cuerpos (los cuerpos despiertos: la pulsión del deseo que todo lo vence) se entralazan con furia: dos cuerpos húmedos que empiezan a reconocerse, familiares y también desconocidos, dos cuerpos que son puro misterio pero también certeza: el frenesí que provoca lo nuevo cuando comienza a volverse nuestro. Nos besamos en la boca, y cuando las lenguas se hurgan abro los ojos y veo (un lamparazo, el fulgor de un sueño) la mirada iridiscente de Grace Jones.






