
Es un grito imaginario, pero podría haber sido real: “¡Está llegando otro ‘tren de locos’!”, anunciaba un empleado del Hospital Colônia, en la ciudad de Barbacena, Minas Gerais, Brasil. La parada era la estación Bias Forte. El tren iba cargado a más no poder de personas amontonadas y hambrientas. No sabían a dónde las llevaban. Una imagen histórica que se repite en distintas partes del mundo, en distintas épocas. Pero la comparación es directa, exacta.

“Los desheredados de la sociedad llegaban a Barbacena desde distintos rincones de Brasil. Viajaban hacinados en vagones de carga, de una manera idéntica a la de los judíos transportados durante la Segunda Guerra Mundial hacia los campos de concentración nazi en Auschwitz”, remarca la periodista Daniela Arbex en su libro Holocausto Brasileiro.

No iban a Auschwitz, sino a ese Hospital Colônia, a 500 kilómetros de São Paulo, una institución mental en donde fueron abandonadas miles y miles de personas. Tanto así, que hasta hoy se conoce a la zona como “la ciudad de los locos”. Aunque todos coinciden: la mayoría, en realidad, no estaba loca.
Librar a la sociedad de la escoria
El hospital fue construido en 1903 sobre terrenos antiguos de lo que se conoció como Fazenda da Caveira, cuya traducción es Hacienda de la Calavera (casi una premonición), que funcionaba como sanatorio para tuberculosos. Apenas bajaban de aquel tren, los recién llegados eran separados por sexo, edad y características físicas. Debían entregar todas sus pertenencias: ropa, zapatos, objetos personales. A los hombres les rapaban la cabeza. Se desnudaban en público y les daban a todos un baño colectivo helado: la desinfección. Perdían automáticamente la identidad, los nombres.

La psiquiatría todavía era algo incipiente en ese país, por eso “aunque era un hospital, Colônia carecía de médicos. Hasta fines de la década de 1950, los psiquiatras y clínicos seguían siendo una rareza ahí”. Los registros muestran denuncias por las malas condiciones de atención desde 1914, tan solo una década después de su apertura.
Lo asombroso era que, dado que su construcción fue una especie de “premio consuelo” que el gobierno le dio a la ciudad luego de que perdiera la disputa contra Belo Horizonte para convertirse en la capital de Minas Gerais, todo el tiempo recibían presupuesto suplementario de la Asamblea Legislativa.

En muy poco tiempo se convirtió en un reservorio de los “desechados” sociales: homosexuales, madres adolescentes, alcohólicos, mendigos, negros, pobres, epilépticos, prostitutas, mujeres embarazadas por sus patrones, esposas de las que sus maridos querían liberarse. Una lista larga, incomprensible. No había un verdadero criterio de internación. No había diagnósticos. No había medicina.
“La teoría eugenésica, que sostenía la idea de la limpieza social, fortalecía al hospital y justificaba sus abusos: librar a la sociedad de la escoria, deshaciéndose de ella, preferentemente en un lugar al que la vista no pudiera alcanzar”, agrega la escritora.

Y da un ejemplo claro. Más que claro: Maria de Jesus, a quien mandaron a Colônia en 1911, cuando tenía 23 años, “porque presentaba tristeza como síntoma”. Las estimaciones indican que el 70% de los internados, de hecho, no padecía ninguna enfermedad mental, “simplemente eran diferentes o representaban una amenaza para el orden público”.

En esas primeras décadas, la clínica funcionaba, a su vez, como una colonia de trabajo. Es decir, una de las primeras contravenciones fue la explotación laboral de los “pacientes”. O de los reclusos. Casi la mitad de los ingresos del hospital provenía del trabajo de estos en plantaciones de maíz, batata, mandioca, de la construcción de caminos o la confección de ropa. Luiz Felipe Carneiro nació ahí en 1925. Era el nieto de un administrador, y en diálogo con la periodista recordó la imagen: pacientes que trabajaban como esclavos. Alrededor, un paraíso de árboles frutales y huertas.

Para 1930, el lugar, que había sido proyectado para 200 personas, no daba abasto. Excedía esa cantidad por mucho. La situación se les iba de las manos. La mayoría de los trabajadores habían entrado como moneda de cambio electoral o, incluso, por recomendación de políticos locales, sin importar el nivel de escolaridad de la persona. Vestían con unas túnicas livianas, que apenas los protegía del frío. Durante el día, los obligaban a salir al patio hasta que anocheciera, no importaba el tiempo. Empezó, así, una “historia de exterminio”.
“Nada se desperdiciaba, excepto la vida”
Una de las primeras medidas que tomaron a causa de la superpoblación fue la de sacar las camas. Fue una sugerencia del jefe del Departamento de Asistencia Neuropsiquiátrica de Minas Gerais, quien pretendía ahorrar espacio en los pabellones para que entraran cada vez más personas. Más hacinamiento. Más insalubridad. El modelo se conoce como “cama en el suelo”: dormían unos sobre otros encima de un poco de paja amontonada, buscaban calor humano en las noches de frío. Muchos murieron asfixiados.

El tratamiento de los pacientes no tenía, en realidad, un propósito terapéutico: aplicaban electrochoque a diestra y siniestra, en seco, sin anestesia ni relajantes. Parecido a una tortura. Cualquiera podía recibir uno sin indicación médica. A veces lo hacían con tanta intensidad que se caía la red eléctrica en toda la ciudad de Barbacena. En ocasiones, quienes los recibían sufrían fracturas óseas o, incluso, morían por paros cardíacos.
También hacían lobotomías como “tratamientos” recurrentes, pero, una vez más, en realidad las usaban como medidas de control para frenar la agresividad de los internos. Tenían un centro quirúrgico especialmente preparado para esto. Antes de las operaciones solían sacarles sangre a los pacientes que estaban en mejores condiciones físicas para inyectársela a los que iban a pasar por la intervención. Por supuesto, no pedían el consentimiento de ninguno, y los resultados eran devastadores: la mayoría perdía la capacidad de interacción y consciencia.

No había comida: les daban papillas, purés, alimentos podridos. Muchos perdieron los dientes por no masticar algo sólido durante años. No había agua potable. Para saciar la sed recurrían a los desagües o a la orina. Para saciar el hambre, a los animales que encontraran por ahí.

“Los pacientes de Colônia morían de frío, de hambre y de enfermedad. También morían por los electrochoques. [...] En los períodos de mayor hacinamiento, morían 16 personas por día. Morían por todo tipo de causas, pero también por la invisibilidad. Y, al morir, generaban ganancias”. Ganancias que entraban gracias a los cuerpos: entre 1960 y 1980, se vendieron más de 1800 cadáveres a distintas facultades de medicina del país. Como escribió Arbex: “Nada se desperdiciaba, excepto la vida”.
Si existe el infierno, Colônia era ese lugar
“De la cárcel me mandaron al hospital, donde estaba desnudo, aunque había mucha ropa en la lavandería. Todo llegaba en un camión, pero creo que ellos querían ahorrar. Al principio molestaba estar desnudo, pero con el tiempo uno se acostumbraba. Si existe el infierno, Colônia era ese lugar”, le dijo Antônio “Cabo” Gomes da Silva a la periodista. Tenía 25 años cuando lo encerraron en la institución. ¿Las causas? Desempleo y abuso de alcohol.

Estuvo internado, en total, 34 años, de los cuales durante 21 lo creyeron mudo. Un día, cuando Cabo escuchó tocar a la banda musical del 9° Batallón de la Policía Militar, empezó a hablar. Un empleado le preguntó por qué no había dicho que hablaba. Su respuesta: “Bueno, nunca nadie me lo preguntó”.

Cuando en 2003 lo trasladaron a una residencia terapéutica, seguía soñando con los electrochoques, sobre todo con los primeros minutos, cuando lo ataban de pies y manos a la cama, cuando le daban a morder un pedazo de goma para que no se cortara la lengua. Después perdía el conocimiento. Cuando en 2003 lo trasladaron a una residencia terapéutica, Cabo no sabía lo que era un interruptor de luz, ni lo que era disponer del propio tiempo. La primera noche preguntó: “¿A qué hora se apagan las luces acá?”.

Sueli Aparecida Rezende era la menor de siete hermanos. Sufría crisis de epilepsia desde chica. La habían entregado al Tribunal de Menores cuando tenía ocho años y, en 1971, terminó en Colônia. Uno de los episodios más brutales que recabó la periodista fue cuando, alegando que tenía hambre, la mujer agarró una paloma del patio, la despedazó ahí mismo y se la comió delante de todos. Se volvió violenta después de los electrochoques: se mutilaba, se arrancó un diente.
Recién en los 90, cuando implementaron talleres terapéuticos, disminuyó su agresividad. Aprendió a bordar, por ejemplo, y compuso el que hasta hoy se considera el himno de Barbacena: “Eh, señor Manoel [uno de los gerentes administrativos], tenga compasión, sáquenos a todos de esta prisión. Estamos todos de uniforme azul, lavando el patio con los pies descalzos. Ahí viene la comida para la gente: arroz crudo y porotos sin sal. Y detrás viene el fideo, parece pegamento para pegar barriletes. Después llega el postre: banana podrida sobre la mesa. Y enseguida detrás vienen las empleadas, que son unas putas de lo más ordinarias”.

Quedó embarazada y el 23 de agosto de 1984 dio a luz a Débora Aparecida Rezenade. Parió de cuclillas y enseguida tuvo que despedirse de su hija, que se la dieron a una empleada del hospital. El robo de bebés fue otra constante de la institución. Desde ese momento, y durante toda su vida, soñó con volverla a ver. “Una madre nunca se olvida de su hija, incluso cuando ya no está con ella”, decía. Sueli murió de un infarto en el hospital en 2006, a los 50 años. Nunca conoció a su hija.
Sônia Maria da Costa fue abandonada por su familia de chica. La policía la mandó al hospital a los 11 años. Creció ahí adentro sola. Fueron años y años en los que sufrió todo tipo de abusos, agresiones físicas, electrochoques diarios, inyecciones. La encerraron en celdas húmedas solo con una manta, la dejaban sin agua, la bañaban en excrementos. “Respondió con violencia al período más oscuro de su vida. Pasó a ser temida y aprendió a odiar. Fue víctima, pero también victimaria. Recibió innumerables golpizas, aunque se jacta de haber devuelto los golpes y de haber agredido tanto a empleados como a otros pacientes”, cuenta Arbex. También parió ahí dentro. Dos veces: la primera, una niña, murió al poco tiempo. Al segundo, un niño, se lo llevaron.

Ella fue una de las pacientes que pudo salir. En 2003, con 53 años, se mudó a una residencia terapéutica donde tuvo, por primera vez, su propio jabón, su propia toalla, zapatos, vestidos. Dice la autora que, a veces, usaba dos a la vez porque había pasado la mayor parte de su vida desnuda. Probó los dulces, las gaseosas. Y conoció el mar.
Museo de la Locura
En Colônia murieron 60.000 personas. Ese es el holocausto brasileño al que se refería la autora del libro. Ese es el exterminio. Para cuando lo escribió, en 2013, quedaban 200 sobrevivientes del horror.

Hubo varios factores que llevaron a terminar con las torturas. El principal fue la denuncia del psiquiatra italiano Franco Basaglia, considerado el padre del movimiento de desmanicomialización, quien visitó el hospital a fines de los 70 y lo comparó públicamente con un campo de concentración nazi. A esto se sumó la presión mediática de periodistas brasileños que contaron sobre el lugar. Por esa misma época, entró a gestionarlo el médico Jairo Toledo, quien restableció los criterios médicos de internaciones: a partir de ahí, no llegaría más un tren atestado de personas.
Durante las siguientes décadas se encargaron de reinsertar a muchos de los pacientes en sociedad, varios de ellos en centros terapéuticos especializados. Pero la mayoría había vivido décadas de encierro. En los 90, la monja Mercês Osôrio, conocida como “la madre de los niños de Barbacena”, los recibió y se encargó de enseñarles, de nuevo, cómo funcionaba el mundo.

En 1995, el antiguo pabellón donde realizaban torturas fue convertido en el Museo de la Locura, con el objetivo de preservar la memoria del horror a través de la exhibición de documentos y aparatos de electrochoques, entre otras cosas.



