
Una quimera teñida de sangre y de lágrimas
No sólo llegó sin papeles, llegó sin familia, envuelta en ropas empapadas y tiritando de frío. No tenía documentos, como la mayoría de esos clandestinos a los que les canta Manu Chao, pero tampoco madre, padre o hermanos. Tenía seis meses y cuando la rescataron de un pequeño bote inflable apenas respiraba. A mediados de agosto pasado, los voluntarios de la Cruz Roja en Tarifa, España, curtidos tras meses de rescatar casi a diario a náufragos deshidratados o, gran parte de las veces, recuperar cadáveres de las aguas del Mediterráneo, se conmovieron por la llegada al centro de refugiados de esta beba que no lloraba y a la que llamaron Princesa. Otros sobrevivientes, también arribados en precarios botes desde el África, relataron en un francés confuso que los padres de la niña habían intentado también subir al pequeño inflable, pero que los gendarmes marroquíes se lo habían impedido y entonces decidieron que ella flotara sola a la deriva. Las corrientes quizá la llevarían a Europa. Era una tenue esperanza, pero si Princesa se quedaba con ellos, probablemente no tendría ninguna.
Miles de inmigrantes africanos y, crecientemente, sirios, que huyen de la guerra y la miseria, prefieren en cambio evitar el arriesgado cruce del Mediterráneo e intentar alcanzar Europa por otra vía. Para eso llegan hasta el norte de Marruecos, precisamente a la blindada frontera con Melilla, un territorio oficialmente europeo al que una valla triple de seis metros de alto separa de la desesperanza. Si escapan de las redadas de la policía marroquí, si logran saltar ilegalmente la valla, si evitan ser expulsados de inmediato por la Guardia Civil española, permanecen durante meses en un hacinado centro de refugiados en espera de ser llevados a la España continental para un juicio de asilo. En el centro de estancia temporaria pasan las horas, haciéndole lugar a más y más inmigrantes que no dejan de llegar. A su esperanza la mantiene viva el ruido de los aviones que un par de veces por día despegan del aeropuerto cercano rumbo a Europa. Se ilusionan con pronto ser ellos los que partan a una nueva vida.
Durante la Segunda Guerra Mundial eran refugiados europeos que huían de los nazis los que aguardaban en Marruecos un salvoconducto que les permitiera tomar un avión rumbo a la neutral Portugal, y de allí continuar a Gran Bretaña o a América. Hollywood le dio un matiz romántico a esa esperanza en Casablanca. Pero la realidad de los refugiados que hoy sueñan con alcanzar Europa tiene poco que ver con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, y probablemente nunca los han oído nombrar. El periodista Nacho Carretero recogió para La Nación revista, en Melilla, el dramático testimonio de quienes atravesaron guerras y desiertos para alcanzar su sueño. En estas páginas publicamos la crónica de esa quimera teñida de sangre y de lágrimas, aunque muchos, como Princesa, ya ni siquiera pueden llorar.







