Una "viveza criolla" en clave infantil
En el jardín de infantes y en los primeros grados, la gran mayoría de los chicos quieren hacerle caso a la maestra, quieren ser sus ayudantes, les gusta ser vistos, reconocidos y valorados por ella: quieren aprender y sacarse buenas notas.
Algunos lo logran, a otros les cuesta más y vienen notas no tan buenas o algunas señales de alerta, como pocas ganas de ir al colegio, cierto desánimo, dolores de cabeza inexplicables, problemas para dormirse, incluso las dificultades de conducta a veces tienen origen en problemas académicos; los síntomas y las señales a los que tenemos que estar atentos son muchos y variados.
Pero a esto se suma otra cuestión que podríamos llamar de "viveza criolla": en casi todas las clases aparece alguno que intenta "vender" a sus compañeros algo diferente: que es más divertido no hacer caso; que no es vivo (piola, canchero o cool) ser buen alumno; que, en cambio, es entretenido molestar o interrumpir, o que no vale la pena prestar atención, etcétera. La realidad profunda de esos chicos es que, por alguna dificultad personal, han perdido la confianza o la esperanza de aprender, saber, lograr o tener éxito, pero ellos mismos no lo saben (o prefieren no saberlo) ¡y sus amigos menos! A veces son los padres los que no tienen esa confianza o esperanza en la capacidad del hijo, o en el valor de aprender, incluso en el valor de acatar las normas escolares y, por tanto, no pueden transmitirlas.
Así, esos chicos se van haciendo amigos de otros con problemáticas similares y, si nos descuidamos, arrastran a otros más y van construyendo entre ellos una cosmovisión que valora al que no es responsable o no se porta bien o no estudia. Cuando llegan a la adolescencia dicen que prefieren no hacer nada durante el año y estudiar en diciembre y en febrero, ¡y lo terminan creyendo!
Entonces, los padres podemos y debemos actuar ante esta problemática cuando todavía son chicos, antes de que se instale como modalidad. De todos modos, no hay garantía de que con eso alcance para que nuestros hijos no se plieguen al bando de los que eligen no aprovechar lo que les ofrece el colegio, pero estaremos tranquilos de que hicimos lo posible para que no ocurra y, muy a pesar de ellos, desde adentro les seguirá hablando su conciencia, heredera de nuestros mensajes. Créanme: no es tan sencillo hacer callar y no hacer caso a la conciencia.
En primer lugar, revisemos nuestra propia cosmovisión para ver si no somos de alguna manera cómplices de la situación: el padre que reta, pero en el fondo está orgulloso de su hijo "atorrante"; la madre que no les presta suficiente atención a los temas académicos de su hijo; los padres que nos quejamos del colegio o no le brindamos nuestro apoyo y, sin darnos cuenta, mostramos a los chicos nuestra falta de respeto por la institución... ellos nos miran y aprenden de nosotros.
Tampoco descuidemos, como dije en columnas anteriores, al chico que disfraza sus dificultades de desinterés. Y, por último, es importante que recordemos el lugar privilegiado que tenemos los padres tanto para fomentar el valor de la lectura o de saber hacer cuentas como para ayudarlos a entender lo importante que es la tarea cumplida, saber cuál es el momento de ocio y cuál el de trabajo, tener una cosmovisión que valora y respeta las instituciones y el aprendizaje escolar.
Sólo así nuestros hijos podrán resistirse ante la influencia del canchero, quien en realidad actúa como lo hace porque no puede mirar más lejos que la punta de su nariz.
Y con nuestro trabajo de hormiga tendremos finalmente una generación de adultos que valore el esfuerzo y que respete al que sabe. ¡Cuánta falta nos hace!







