Usos y abusos del poder

Sergio Sinay
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2 de abril de 2017  

Aunque muchos se pelean por él y pierden amistades, convicciones y hasta valores y principios para alcanzarlo, el poder tiene un problema. No se puede almacenar. No hay forma de guardarlo para mañana o para un caso de emergencia. Es puro presente, se materializa y ejecuta en el momento y desaparece en cuanto ese presente pasa. La filósofa alemana Hanna Arendt (1906-1975) puntualizaba esto con su habitual lucidez en La condición humana, uno de los pilares de su rico pensamiento. Y lo que señala se verifica fácil y cotidianamente en la política, los negocios, el deporte, la cultura, las organizaciones, la vida vecinal y hasta en la familiar o en la pareja. Aun así, esta parece ser una lección que nunca se aprende y no dejan de aparecer, una y otra vez, los que creen que ellos son más astutos que quienes los precedieron, que a ellos no les va a ocurrir, que ellos sí lograrán envasar, conservar, acumular y perpetuar el poder. Más largas o más breves, son todas historias con final conocido. Terminan siempre igual, pero nadie aprende.

El problema no es el poder, pese a que persiste la idea de que el poder corrompe. Vale sospechar que es un rumor echado a correr por los propios corruptos, para que de esa manera sean pocos (o menos) los que aspiren al poder. Pero lo único que hace es poner en evidencia lo que ya existía en las personas. Un corrupto sin poder no parece corrupto (o parece menos). Aunque es sólo una ilusión óptica.

Dado que el poder es evanescente y pasajero, importa detenerse en lo que significa como herramienta. “El poder es la capacidad de hacer real lo posible”, afirma el pensador español José Antonio Marina en La pasión del poder. Debe haber previamente un propósito y la voluntad de llevarlo a cabo. Ese propósito puede estar vinculado a una obra, un proyecto, un sueño o a una sensación, una pulsión. En el primer caso se trata del poder para. En el segundo, del poder sobre. El poder para es transitivo, tiene un punto de mira que trasciende a la persona que lo ejerce. Es el poder de un artista para culminar su obra, de un líder para delinear una visión y realizarla. Es el poder de Ghandi, de la Madre Teresa, de San Martín, de Moisés o de Jesús. El poder como medio.

Su opuesto, el poder sobre es un fin en sí. Un fin perverso. El de dominar a otros, someterlos. Es el fin perseguido por los débiles de espíritu, que necesitan de esa capa blindada para ocultar sus carencias, sus temores, sus dudas acerca de sí mismos. Consiste en hacer sentir a otros la insignificancia que, en el fondo, suelen sospechar de sí. El poder para aunar voluntades detrás de un logro pleno de sentido. El poder sobre, en cambio, somete voluntades, las anula. El primero se nutre de lo diverso y lo conjuga. El segundo exige obediencia ciega y anula lo singular. Es la diferencia que va del ejercicio de la responsabilidad a la renuncia a la propia libertad.

En el ejercicio del poder para se requiere claridad y honestidad. El poder sobre se sostiene en la manipulación, la mentira, la imposición, el ocultamiento. Regresando a la idea de Arendt, ni uno ni otro poder es acumulable. Ambos pasan, como las circunstancias, como el tiempo, como la vida. Uno deja frutos y surcos para seguir sembrando. Otro destruye y deja heridas, resentimientos, odios encapsulados. La línea que los separa es delgada y se traza desde el interior de quien accede al poder. Sus valores, principios, empatía y visiones dirán cuál será su relación con esa herramienta. Y es en este punto en donde la mayoría suele confundirse. O saca a relucir lo que hasta ahí disimulaba. Otros, los menos, ven la ocasión de dejar el mundo un poco mejor de como lo encontraron. Y la aprovechan.

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