
Viajando como un beduino
El cronista, porteño lanzado a escarbar el mundo, se internó con su cámara en el desierto de Siria, buscando más allá del último turista. Logró entonces ser presentado a uno de los pocos grupos de nómadas que aún persisten en la región, y ser aceptado también como huésped, durante tres días, en sus tiendas. Esta es la historia
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No es del todo fácil encontrar a los beduinos, al menos a los beduinos de verdad. Porque los hay for export. En los países en los que existe desierto y turismo es inevitable encontrar grupos de estos nómadas que hablan inglés -y también un poco de alemán, francés, italiano y hasta dos o tres palabras en japonés-, que bailan, que son pródigos en camellos fotogénicos y que ofrecen sus artesanías con insistencia. Los beduinos reales no son muy fáciles de encontrar, obvian la danza, no producen artesanía, no saben ni una palabra de idiomas que no sea el propio y han trocado hace años los camellos por camiones.
No son fáciles de encontrar porque se mueven buscando el pasto exiguo que crece en el desierto, alimento de su principal fuente de subsistencia: las ovejas. Hay beduinos que llegan a recorrer 800 kilómetros en un año, y desprecian a los que apenas hacen cien o doscientos kilómetros anuales.
Para hallar a los beduinos hay que valerse de un guía provisto de coche. Tiene que conocer la ubicación de algunas de las bombas de agua que hay instaladas en el desierto, y que extraen el líquido de napas a una profundidad que va de los 100 a los 300 metros. Esta ingeniería hídrica es mucho menos romántica que un oasis, pero efectiva y segura, porque oasis quedan pocos. La ciudad más cercana al lugar que habita la familia que me acepta como visitante -Palmyra, a 50 kilómetros de distancia- fue un gran oasis, pero los manantiales se secaron y hoy gente, palmeras, olivos y granadas dependen de las bombas. Es un desierto en el que pueden pasar tres años sin que llueva y cuyas temperaturas, en verano, bordean los 50 grados.
Una vez hallada la bomba, hay que ver si efectivamente existen beduinos instalados en derredor. Si los hay, ya es todo más fácil, pues se trata de gente muy hospitalaria. Uno de los tantos niños que habitan este conjunto de tres tiendas -es una gran familia que reúne a cerca de sesenta personas- se llama Def, término árabe que significa hospitalidad. Son personas muy hospitalarias y también muy simpáticas, más allá de cierta ostentación de armas, de las bofetadas a las mujeres, de los gritos autoritarios, de ciertos rostros muy duros y de alguno que se mofe, con insistencia socarrona, de esa costumbre occidental a dar las gracias.
Han sido peligrosos los beduinos. Eran los dueños del desierto y una de sus fuentes principales de recursos eran las caravanas, a las cuales asaltaban sin piedad. Y las caravanas debían cruzar este desierto; el movimiento comercial entre la costa del Mediterráneo y la Mesopotamia era éste. Pero los tiempos han cambiado.
Antes, los camellos eran imprescindibles, como medio de transporte y como fuente de alimentos -su carne es muy apreciada, tanto como su leche dulzona-. Hoy no quedan más de cinco mil camellos en el desierto sirio, y lo que sí proliferan son los camiones. Los beduinos son un resabio curioso. El proceso de sedentarización del hombre comenzó hace unos 10 mil años, y hace unos 5 mil que surgieron las primeras ciudades.
Pero ellos han seguido vagando por el desierto, reacios a cultivar la tierra. "Eso nos ataría a un lugar, y a nosotros nos gusta ser libres", dice Muhammad, el jefe de una de las tiendas.
El pueblo árabe es descendiente de los beduinos. Ya en un texto del antiguo Egipto se habla de un pueblo que camina el desierto y se lo designa según la península de la cual era originario: Arabah. Vienen caminando por el desierto desde hace milenios y muchos de ellos no se resignan a dejar esa vida. Son un poco altivos y se los respeta pues son el origen y porque, siglo tras siglo, han sido fieles a sus códigos.
Aquel que no guste del té muy pero muy dulce, casi una golosina bebible y caliente, no debe intentar una visita a los beduinos.
En estos tres días de convivencia con la familia beduina, que es comandada por el viejo y tuerto Hamud al Obait, consumí no menos de cuatro litros de té.
A cada tienda que uno vaya de visita lo harán sentarse en la sala principal, sobre cómodas alfombras, y le acercarán almohadas mullidas para que se ponga a gusto.
En el centro de la sala está el mengal, un rectángulo metálico con un espacio en el centro para hacer fuego, y con un sitio en el que se despliega toda la artillería de las infusiones.
El jefe de la tienda sirve el té en vasitos y, cada tanto, agasaja al invitado con el café (kawa) beduino, que se sirve en una única taza de loza de la que primero bebe él y luego los huéspedes.
Es apenas un chorrito, ni un sorbo, de un café amargo, mezclado con cardamomo. Cuando se le devuelve la taza al jefe, que espera con el termo en la mano, volverá a servir hasta que el invitado simplemente mueva la taza de izquierda a derecha unas pocas veces, señal de que no quiere más. Yo no conocía ese código y bebí seis tazas seguidas antes de que me lo explicaran.
La primera visita a esta familia beduina, con el guía como traductor, duró toda una mañana. Los niños, excitadísimos, querían que la cámara de fotos retratara todo su mundo, que es monótono: el camión, la tienda, las ovejas, el desierto y ellos mismos. Todo lo señalaban y repetían sawer, sawer (cámara, cámara). Luego de las infusiones, la hospitalidad se corporizó en un gran fuentón circular con comida. En los bordes del fuentón, varios panes que son redondos, finitos y secos; panes sin levadura que parecen de cuero, y que son exquisitos. En el centro del fuentón, dos recipientes: uno con varias bolas de queso blanco de leche de oveja; en el otro, un líquido oleoso que es conocido como la manteca beduina, y que consiste en grasa de oveja derretida.
No se usan cubiertos, pues se suplen con las manos y con el pan.
Mientras los mayores comíamos (sólo los hombres), los niños revoloteaban masticando golosinas que había llevado de a kilos como atención. Antes de partir, cerca del mediodía, prometí volver al día siguiente, solo, para quedarme.
La familia comandada por el tuerto Al Obait se mueve por un desierto, el de Siria, en el que aún quedan entre 200 y 300 mil nómadas; en el lenguaje de la burocracia, se los denomina personas sin residencia pasada o presente.
Es difícil en Siria que alguien suelte información sobre cuestiones vinculadas con el Estado; aunque, cuando se entra en confianza, los que conocen la realidad de los beduinos afirman que éstos no son del todo bien mirados por el poder político.
Cada vez quedan menos beduinos. El gobierno ha desarrollado programas de sedentarización, entregando tierras para que se afinquen y dejen de moverse. Parece lógico este recelo en un Estado habituado al control, pues los nómadas son, de algún modo, incontrolables.
Además, no pagan impuestos, salvo los correspondientes a sus camiones. La marginalidad de los beduinos tiene límites.
Deben contar con su carnet de identidad, con fotos que son curiosas pues los muestra sin el kufie, pañuelo a cuadros que llevan casi de por vida en la cabeza.
A dos o tres hombres de la familia les gusta hacer una ostentación más o menos serena de sus revólveres, y parecen sentirse muy orgullosos de ellos, pero todos tienen el correspondiente permiso de portación de armas.
Cuando empecé a ver los revólveres me puse inquieto. La mañana inaugural no vi ninguno, pero cuando volví, tras hacer 35 kilómetros por ruta y otros 20 a pie por el desierto, empezó la suelta de revólveres.
Uno me mostró primero el suyo; otro, un rato más tarde. No lo hacían para intimidarme, pues les hubiera bastado con un par de gestos, sino por orgullo. Esas armas cromadas y un tanto viejas eran, para ellos, uno de sus pocos símbolos de status, como el camión o como los animales, y por eso las exhibían.
Uno, juguetón, se empecinaba en apuntar directamente a la cámara, con los dedos en el gatillo. Luego de las fotos le pregunté, en un árabe muy tosco ayudado por ademanes, si no se podía disparar. Entonces, para darme una seguridad ya inútil, vació de balas el revólver.
Antes de los revólveres estuvo la caminata por el desierto. No es un desierto de arena, como el Sahara (sahara, sájara, quiere decir desierto en árabe). Es de piedras y de una arenisca muy fina, volátil y reseca, que lentamente cubre todo.
Es un lugar común señalar que en estos páramos, aunque no lo parezca, hay vida; y es un lugar común porque nunca deja de sorprender que la haya. Vi unas hormigas grandotas. Unos pocos yuyos. Un cascarudo. Y, sorpresivamente, un águila enorme posado sobre un promontorio, como al acecho de una presa. Poco después, la piel desecada de una víbora que la había mudado hacía poco. Después, los beduinos y sus ovejas. Estaban felices de verme. Visité cada una de las tres tiendas, separadas entre sí por doscientos metros. Empezó la guerra de la hospitalidad: el viejo y tuerto Hamud al Obait me hizo entender que su tienda, su orgullo, era la mejor, y que yo debía dormir allí. Otro me hizo entender que en su tienda comeríamos cordero a la noche y que me podía quedar allí, y que al día siguiente matarían más corderos. Por cortesía con Hamud, que fue con el que más trato había tenido, opté por su tienda.En cada una de ellas eran de rigor el té y el café, por supuesto, pero también la comida. Desayuné tres veces a lo largo de la mañana, y siempre lo mismo: las bolas de queso y la grasa de oveja y el pan. En los tres días que estuve allí las comidas se repitieron. Pero la noche de mi llegada habría de ocurrir el gran bacanal, pues una de las familias, una de las tiendas, se marchaba pronto, por lo que habían matado dos corderitos que por la tarde una mujer hervía en una olla.La comilona estaba reservada a los hombres. La mujer, en estos grupos beduinos, ocupa una posición subalterna. Según una óptica occidental, suena injusto el reparto de tareas; casi siempre el espectáculo era el mismo, con los hombres echados sobre la inigualable comodidad de sus alfombras y almohadones, bebiendo té y café y conversando o haciendo silencio. Mientras, las mujeres lidiaban con los hijos, cocinaban, lavaban, armaban una nueva tienda, servían y se mantenían alejadas de la sala de los hombres. Salvo la mujer más vieja de la familia, que tímidamente a veces se apoltronaba a un costado y participaba de la charla, las demás no paraban de trabajar, y solían recibir los gritos enojados de los hombres: que más agua, que saquen a los niños que molestan, etcétera.Los gritos son sólo una de las formas que asume la violencia en el trato dispensado a las mujeres. Ya en mi primera visita me había chocado la actitud de un chico de catorce años que no paraba de abofetear a los más pequeños. Después vi su fuente de inspiración. Una mañana, varios hombres bebíamos té en una de las tiendas. Uno de los hombres, de rostro muy duro, que portaba su sobaquera con revólver, se paró y comenzó a darle bofetadas a una mujer, que parecía su esposa. El reía y ella también; pero ella, a la vez que reía, intentaba protegerse, con timidez, sin que fuera evidente, de los golpes. Los otros hombres también reían.
No la pasan mal los beduinos. No tiene sentido condolerse de esa vida aislada, en un medio hostil que va del calor horrendo del día al frío horrendo de la noche, porque es una elección. "Sahara melieh", dice uno de ellos, y abre los brazos abarcando el páramo. "El desierto es bueno." Y da a entender que esa tranquilidad ya absurda, que esa sensación de infinitud son deseables. Y no es que no puedan migrar a la ciudad, porque, al menos estos nómadas, tienen dinero."Los nómadas son ricos", me había dicho alguien que conocía del tema. Y para el estándar de vida sirio eso es verdad. En esta familia, cada grupo, cada tienda, tiene su camión, imprescindible para mudarse y trabajar con las ovejas y para ir a buscar agua hasta la bomba, a unos siete kilómetros. Y poseen rebaños numerosos. El tuerto Al Obait tiene doscientas ovejas. Otro de los del grupo familiar tiene mil. Una oveja cuesta cincuenta dólares; en Siria, el sueldo de una maestra es de cien dólares al mes.Son ricos, aunque no lo son según el estereotipo clásico de la riqueza. Esos niños llenos de moscas -moscas en la boca, moscas apelotonadas en las fosas nasales-, las ropas sucias, los dientes podridos y la dieta uniforme no responden a ese estereotipo. Tampoco el baño, que es el desierto. Además, buena parte de los beduinos de esta familia es analfabeta. Los beduinos, en general, no van a la escuela. Puede parecer obvio, pero no lo es; existen escuelas móviles que van allí donde van los beduinos, pero acá no han llegado. Parece lógico que no precisen escuelas, pues su relación con el mundo es la indispensable para comerciar sus ovejas y hacer algunas compras. No tienen televisión, pero sí unas radios decrépitas que escuchan cada tanto. La noche de la gran comilona masculina conocí a un beduino más mundano. Habíamos terminado de comer -una enorme fuente llena de arroz sobre el cual había dos corderos enteros, con cabezas y patas- y todos prendimos cigarrillos y comenzó la charla. Yo era el personaje anómalo entre esos doce o trece hombres, todos de bigote salvo el tuerto Al Obait. Había un invitado que no conocía y que comandó la conversación conmigo. A pesar de mi pobrísimo vocabulario árabe, pude contarles lo que ellos quisieron saber: dónde estaba la Argentina, cuántos judíos había allí -se sorprendieron cuando dije 500 mil- y cuánto costaba mi cámara. Parecían muy interesados en el precio del aparato y yo, precavido, declaré un precio de diez ovejas, muy inferior al real. El beduino mundano se fue poco después; se despidió con un sorpresivo bye bye.Esa noche también hubo rezos. No todos se orientaron hacia la Meca y se agacharon y se levantaron rozando la alfombra con la frente. Todos son musulmanes, pero algunos rezan y otros no. "No hace falta rezar. A Dios se lo puede llevar acá sin necesidad de rezar", me había dicho uno, tocándose el pecho.
La reunión siguió hasta tarde, pero yo me fui con Al Obait a su tienda, pues había prometido dormir allí. También dormí allí durante mi segunda noche. En la sala de recibir había tres colchones, separados entre sí por tres metros, esperando a los tres hombres mayores de la tienda. Las mujeres y los jóvenes duermen en los dormitorios, especies de subtiendas dentro de la gran tienda. El colchón era comodísimo y limpio y las frazadas, abundantes. Creo que nunca en mi vida oí tanto silencio como en la noche del desierto. Antes de la excursión solitaria a los beduinos había pensado: "¿Qué pasa si me ocurre algo, una enfermedad, un dolor terrible, algo?" Mi botiquín era pobrísimo, y los beduinos no contaban con remedios. Al Obait había dicho: "Los beduinos somos fuertes. No necesitamos hospitales ni médicos". Esa declaración era un exceso de altivez. Uno de los beduinos, el que tenía más cara de bueno, cada media hora tomaba de un tarro que guardaba entre las cafeteras pastillas diversas y tragaba un cóctel. Un temblor permanente de las manos le hacía ofrecer cafés y tes que bamboleaban. Otro andaba con una caja de pastillas en la que se leía, en inglés: antialérgico.No son tan fuertes los beduinos. Y tampoco están muy solos. La primera mañana me había parecido ver un castillo a la distancia, entre nubes de polvo. Durante mi segunda visita vi la construcción, a lo lejos. Caminé los dos o tres kilómetros que había hasta el ex espejismo y era un castillo, pequeño y tosco, con torres bajas en cada uno de los ángulos. Ya no tenía techos, sólo las paredes. Rodeé ese castillo muerto y vi que del otro lado, más adentro en el desierto, había tiendas beduinas y hasta una casa de piedra pobre. La mañana que anuncié que me iba recibí más muestras de afecto. El que había organizado la comilona me dijo que me quedara, que habría más cordero. Agradecí, pero debía irme. Pregunté cuánto más estarían allí; me dijeron que un mes, o dos. Me llevaron en camión hasta la ruta. Gracias. Adiós. Algo parecido a una amistad y no tener dónde enviar una carta.






