Vigencia de los cínicos

La gente rica prefiere que el mundo ignore cómo y dónde vive. Pero el espectáculo de la riqueza es una exhibición de hedonismo que puede llegar a la obscenidad
Cecilia Absatz
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6 de enero de 2013  

En un acto de ilusionismo más o menos reciente, la televisión local mostró que todavía se puede cautivar al público con el espectáculo de la riqueza. El tema parecía agotado después de que el último millonario inundó las pantallas con sus colecciones de botas caras, novias bonitas y ristras de guardaespaldas. Sin embargo, es evidente que la vida rumbosa de los otros todavía divierte y asombra. Ahora se trata de la familia de un ex futbolista, cuya esposa hizo una marca registrada de su estilo de vida: derrochar el dinero y enseñar a sus hijos a despreciar a la Argentina.

La veneración por el lujo y el dinero fue una de las características de la década del noventa, antes de los primeros estallidos de las burbujas financieras y las actuales crisis planetarias. Con el paso del tiempo se hizo evidente el hecho de que la gente verdaderamente rica no sale en las revistas y prefiere que el mundo ignore cómo y dónde vive. Pero el espectáculo de la riqueza es otra cosa, es una exhibición de hedonismo que puede llegar al borde de la obscenidad. O al menos del mal gusto. La idea de bañarse en champagne, por ejemplo, sugiere algo sucio y pringoso, trae a la mente escenas orgiásticas y decadentes de películas de clase B.

"Soy hombre –dijo Terencio–, y nada de lo humano me es ajeno." Con la debida reflexión y un poco de sinceridad es fácil adherir a esta idea. Pero el espíritu de las sociedades, en el transcurso del tiempo, no es tan fácil de capturar. Los cambios son sutiles y contradictorios. Por un lado la humanidad mejora y comienza a cuidar a los más débiles, los niños, las minorías, los animales, la tierra. Por otro lado se deteriora porque la libertad tiene costos muy altos. Contra los pensadores optimistas que registran cada paso de la evolución física y espiritual de la humanidad, hay autores profundamente cínicos, como Michel Houellebecq, que describen una suerte de catástrofe moral.

En su libro Las partículas elementales hay un personaje, David di Meola, que ejemplifica esta caída histórica. Su padre había sido uno de esos gurúes carismáticos surgidos en la década del sesenta en medio de la liberación sexual promocionada por los hippies. David, en cambio, quería ser una estrella de rock, como Mick Jagger, "la cima absoluta de la jerarquía social". Jagger, además de ser rico, adulado y cínico, era el mal, y eso le resultaba especialmente fascinante. Pero la carrera del joven fue mediocre, por no decir fallida, y un tiempo después se convertía en un asesino perverso y desalmado. En apretada síntesis, Houellebecq propone que "la progresiva destrucción de los valores morales de los años sesenta, setenta, ochenta y noventa era un proceso lógico e inexorable. Después de agotar los placeres sexuales, era normal que los individuos liberados de las obligaciones morales ordinarias se entregasen a los placeres más intensos de la crueldad". En ese sentido, concluye provocativamente el autor, "los asesinos seriales de los años noventa eran los hijos bastardos de los hippies de los años sesenta".

¡Los hippies que sólo querían hacer el amor y no la guerra!

Pero estas historias, como la de Charles Manson y su familia, son propias del primer mundo, Estados Unidos y Europa: los asesinos seriales no son nuestra especialidad. Nosotros nos quedamos en la década del noventa, pero sólo para celebrar íconos consumistas pasados de moda. "Lo que las masas adulan por encima de todas las cosas es la imagen del mal impune", dice Houellebecq. Eso si nos concierne, seguramente, porque nosotros también somos humanos y nada de lo humano nos es ajeno.

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