
Vivir a ciegas
Por Ignacio Turín*
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Siete años atrás, cuando el duelo de unos 365 días me devolvió a la soltería después de un divorcio que me costó asimilar, apareció en mí un ser hasta entonces desconocido. De a poco aprendí a convivir con él, aunque no me costó demasiado. Su feroz vocación por conocer las beldades del sexo opuesto me llevó a recorrer docenas de bares. Encuentros casuales y causales envolvieron esas cervezas milagrosas que transformaban lo feo en bello y lo bello en arte. Dentro de esa intensa atracción por lo femenino surgieron las citas a ciegas. Un encuentro misterioso, generado por un desconocido teléfono que divide lo que será un amanecer con futuro de una noche en la que uno lamentará no haber alquilado una de acción y comprado un cuarto de dulce de leche granizado. Con una cifra de citas que me da vergüenza reconocer, siento que cada una es tan diferente e idéntica a la otra que me asombra. Actúan como terapia, como pasatiempo o como un paso para el fin en común. No me preocupa; lo sigo intentando. Ellas pensarán lo mismo. Eso creo. Tal vez me equivoque.
La búsqueda de un segundo amor lleva más de tres temporadas con ratings bajos. Mis amigos solteros pasaron a mi antiguo bando. Ya no hablamos de conquistas amorosas; sí de pañales. La vida avanza y aquí estoy, listo para marcar ocho nuevos números que dibujarán a la mujer de mis sueños hasta que la luna diga lo contrario. Entonces me pregunto: ¿por qué salir a ciegas, si hace poco viví una sensación clonada del amor que no respondió a ningún llamado? Será porque vivo ciego...
(*) El autor es periodista y asistente de marketing de LA NACION






