
A un artista en la familia suelen seguirlo otros artistas. Zelmira Peralta Ramos encarna el privilegio de la verdadera educación tradicional, la que se anima a escapar de los mandatos
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La conozco de chica. Las dos crecimos en el gueto de la Plaza Vicente López: hijas de padres que van saludando conocidos por la calle, colegios bilingües y una rotisería sobre la calle Montevideo que sólo vendía empanadas de carne y pollos al spiedo y que estaba abierta los domingos hasta tarde, por suerte, porque si no hubiéramos muerto de hambre; porque los domingos, naturalmente, nadie cocinaba.
Infancia marcada por la música (la de ella) y un tío artista como en las mejores familias, Federico Manuel Peralta Ramos . Esto por el lado karmático del apellido. "En mi familia, a nadie le importa mucho quién sos en tanto cantes o toques la guitarra. Cuando venían invitados a comer, los chicos no podíamos pasar al living, pero siempre había un momento en el que era legal entrar, hacer una gracia y volver a salir. Como en La novicia rebelde".
"En mi familia todos matan por el micrófono". En la casa de Zelmira, el piano y la guitarra no están de adorno. Son el centro de gravedad, el altar a la improvisación
Cada anécdota termina religiosamente en una carcajada. Porque ya no es reproche (ni lo del gueto) y cada imagen es vuelta a vivir la inocencia salvaje de las temporadas en el campo: "Nadie nos cuidaba demasiado", dice Milagro, la hermana de Zelmira. "No había reja en la pileta, nadie te enseñaba a andar en bicicleta... Te levantabas a la mañana y te ibas a andar a caballo, y todo con el salvavidas naranja relleno de telgopor, que era como una remera y que no te podías sacar en todo el día por temor a la pileta".
Corte.
Zelmira estudia abogacía y trabaja en Minoridad y Familia.
Corte.
Inicia la Fundación Naturaleza para el Futuro, una ONG que aboga por la preservación de paisajes naturales en riesgo y que sigue funcionando, pero de la que ya no forma parte.
El arte, el destino
"Pinto desde siempre. Me encanta el óleo, pero también trabajo con tintas y lo hago todo al mismo tiempo, sin horarios establecidos". La obra de Zelmira es eso, un continuum de color emocionado que toma formas espontáneas (o no toma ninguna), un territorio libre de otros límites que los caprichos del ánimo. "Mi obra es orgánica y cambiante. No la pienso para nada. Agarro un papel y un lápiz y bailo, y con el trazo voy tejiendo un hilo y de adentro del hilo voy sacando los dibujos. Hay mucha música en mi pintura. Trabajo todo el tiempo, cuando cae. Un cuadro me puede llevar desde dos noches a un mes, no tengo idea".
Su tabla rasa es el taller "La Escondida", a los pies de la barranca de la casa de San Isidro donde vive. Aunque, en realidad, es una casita en sí misma, porque tiene cocina y cuarto y baño, para encerrarse cuando le toca el impulso. Durante dos años fue una de las paradas del recorrido Puertas Abiertas que organiza la Municipalidad de San Isidro por talleres de artistas.
Preserva y alberga
En una nota que leí definían a Zelmira como "la guardiana de las casas antiguas". La que habita es una casa histórica, donde conviven sillones de abuela, instrumentos y una colección de obras de arte que mezcla ángeles arcabuceros con Harte y De la Vega.
Y si no es suficiente coraje enamorarse de una casa en ruinas y transformarla en espacio vivible, lo osado es, además, meterle espíritu. Frente a la Catedral de San Isidro, por ejemplo, está su hotel, Paraje de Almas. "Compré la casa, la reciclé por completo y le busqué un instrumento económico que la sostuviese en el tiempo. El Paraje es un hospedaje para extranjeros, familias, empresarios que hacen workshops, eventos, casamientos. Y a mí también me sirve de galería personal: acá cuelgo mis cuadros".
"Me enamoro de las casas; me llaman". El Paraje de Almas era una casa en ruinas frente a la Catedral de San Isidro hasta que cayó en manos de Zelmira
Dice el manifiesto enmarcado cerca de la puerta: "Que haga de recipiente, recibiente de todo el que necesite sentirse de vuelta en casa, donde se respire tranquilo, donde el cuerpo se deje en paz sabiéndose seguro".
El Paraje funciona tan bien que ahora está haciendo la versión uruguaya en la casa más vieja que encontró en Piriápolis. Esa se va a llamar "Los Paraísos".
Zelmi y sus hermanas
Cuando le dije que ésta era una nota sobre su estilo de vida inmediatamente me propuso invitar a sus hermanas: Milagro y Juana. "Mi familia es lo que más me divierte en el mundo".
Con ellas recorrimos las promesas del barrio adoptado, el bajo de San Isidro. Fuimos a Galpón Chic a probarnos ropa y a comprar unas flores de papel enormes y vahos de ámbar, a la galería de Milagro (también artista) y a la casa de Juana (bajista de la banda Shona). Y caminamos la tarde sintiéndonos hippies, sin saludar a nadie.
Lo que empezó como un ping-pong tácito inconexo en un almacén orgánico del bajo San Isidro terminó en una zapada gentil en la casa de la menor de las tres, Zelmi con guitarra, Juana al piano y yo golpeando el parche de un tambor, aunque no sepa.
La música lo hizo de nuevo.
Texto: Carmen Güiraldes.
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