
Vivir en la pobreza
Protagonistas de una realidad que no queremos ver, los habitantes de las villas padecen por la miseria, por la violencia cotidiana y por los prejuicios. La carta que Tomasa Espínola escribió a la Revista desató esta nota y mostró que la vida que transcurre en esos barrios oprobiosos es cualquier cosa menos uniforme
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(Una carta. Un texto manuscrito con letras redondeadas y palabras claras. Llegó un día a la redacción, entre tantas otras.) "Señor Director: No sé si es correcto que escriba esta carta. Es la primera vez que me dirijo a un medio. Mas considero que el motivo imperioso que me conduce a hacerlo tiene la intención de acercar una profunda reflexión (...) "Días atrás (lunes 12 hs), en el noticiero de Telefé he visto con horror y angustia una nota referida a un desalojo de usurpadores de un terreno privado (...) Comprendo que las personas deberían tener un lugar, un hogar digno para habitar con sus familias. Esto implica una vivienda digna (Art. 14 bis de la Constitución que nos rige). Es un derecho de todos. Lo cual no significa que todos queramos vivir en Barrio Norte, o en su defecto y ante la imposibilidad material de obtenerla, salir a usurpar los bienes ajenos a los que no tenemos ningún derecho.
"Se encontraban allí presentes la mayoría de las personas que debían ser desalojadas, y también el coro habitual de curiosos ávidos por presenciar un escándalo..., personas que aparentemente no tendrían nada mejor que hacer. Además dos señoras de mediana edad encadenadas a un árbol; diciendo con voz provocativa que no se retirarían del lugar por medios pacíficos.
"Los funcionarios policiales se acercaron a ellas instándolas a que acataran la orden que ellos debían hacer cumplir. Luego, llegó uno de los uniformados con una herramienta afín para cortar la cadena y estas señoras, viendo que eran filmadas desde muy cerca por las cámaras, comenzaron su tal vez mejor ¿actuación? Alguien les alcanzó los que parecían ser sus pequeños hijos. Uno de algo más de 2 años y otro de 18 meses de vida. Ante el tumulto producido y los gritos desaforados de las señoras, los pequeños lloraban a gritos, asustados, diría más bien que espantados ante lo que estaban viviendo.
"El cuadro era absolutamente pavoroso. Ahora yo me pregunto, ¿tampoco tuvieron en cuenta los derechos de sus propios hijos con tal de alcanzar sus fines? (...)
"Si estas damas utilizan de esta manera a sus propios hijos ante miles o millones de personas con total desparpajo e irresponsabilidad, ¿qué ocurre y cómo los tratan cuando las cámaras se apagan? ¿No sería hora de que nos preguntemos qué nos está pasando? (...)
"Claro y notorio es que cuidamos a los nuestros según la educación y el trato recibidos durante la niñez. No estoy diciendo que estas madres no amen a sus chiquitos, lo que quiero expresar es que hay formas y formas de amar, cuidar y proteger (...)
"Y una última reflexión: estos y los muchos otros usurpadores que ahora forman parte de este patético panorama diario que debemos padecer, ¿dónde vivían antes de los hechos? Es evidente que no aparecieron por generación espontánea (...)
"PD: Quiero aclarar que vivo hace 25 años en una villa miseria municipalizada. Por falta de medios, por el mismo motivo no pude terminar mis estudios secundarios que inicié a los 42 años. Por lo tanto, los pobres (yo también lo soy) no tienen que enseñarme ni darme curso porque conozco muy bien la miseria, desde adentro. Podría dar cátedra acerca de ella. Esto implica que sé muy bien que ser pobre no significa ser delincuente, no es excusa. Nada lo justifica. Porque mis padres me educaron con valores que considero superiores. Y aprendí con su ejemplo.
"No dejen de publicar las jugadas de ajedrez. Me apasionan. Muchas gracias."
CI 6.338.849 Policía Federal
Tomasa Espínola"
Le dicen Tina
Menuda, inquieta, 48 años, paraguaya, seis hermanos; ex telefonista, ex sirvienta, ex contratada en la fábrica Grimoldi, hoy, con su salud empeñada en traicionarla, se las arregla como puede gracias a los pesos que aporta Daniel, peón de albañil, el único de sus tres hijos que vive con ella en la precaria vivienda de techo de chapas de la villa miseria Santos Vega, en Lomas del Mirador, partido de La Matanza. La historia de Tomasa Espínola puede tener, como casi siempre ocurre en estos casos, dos miradas. Una, la del prejuzgamiento y discriminación: ¿puede alguien de una villa miseria pensar, sentir y escribir así? La otra, la más justa y apropiada: no importa el escenario; se trata de personas que sólo se diferencian de las demás por cuestiones materiales más que por sus valores humanos.
Habitualmente, lo que reluce en el pensamiento social es la primer amirada: todos los villeros son vagos, ignorantes y delincuentes. Pero si las villas se muestran como escenarios ideales para ocultar delincuentes, no es menos cierto que la inmensa mayoría de sus habitantes vive presa de las calamidades y penurias que la rodea.
Durante un mes, la Revista compartió días y noches con Tina y Daniel; convivió con sus vecinos; transitó los baldíos y los largos, angostos y penumbrosos pasillos que surcan la Santos Vega; se internó en casuchas hacinadas de chicos y, de a poco, muy de a poco, fue descubriendo hechos, circunstancias y personajes que casi nunca salen a la luz por aquello de la primera mirada que se mencionaba al comienzo.
Así, fuimos enterándonos de que Shakespeare y Cortázar también son leídos bajo techos de chapas y cortinas de hule; que Vivaldi y la Mona Jiménez comparten, casi sin molestarse, un mismo espacio; que alguien alguna vez editó un periódico barrial; que no son pocos los que incursionan en los clubes de lectores; que hay quienes ponen plata de su bolsillo para que los chicos no salgan a robar; que hay ancianos que todavía luchan contra la ignorancia no resignando un solo día de clase en la escuela para adultos, y que hay hombres y mujeres que escriben cuentos y poemas en cuadernos gastados con el único propósito y elemental sastisfacción de expresar sus sentimientos, aunque nadie se entere y a pocos importe.
No se tomó como objetivo quedarse con un muestrario de la miseria. Se trató, simplemente, de vivirla y compartirla desde lo más profundo.
Debajo de ese manto de miseria laten cosas importantes, ignoradas por el grueso de la sociedad y casi siempre escondidas por sus propios habitantes porque la vergüenza los aplasta. "El nivel de autoestima es bajísimo", diría una de las maestras dependientes del Instituto de Provisión de Empleo, un programa que lleva adelante el gobierno provincial. El 80 por ciento de los adultos que acude a este programa educativo es analfabeto puro.
"Tenemos 26 personas. Un 90 por ciento son mujeres. Esto se debe a muchos factores, psicológicos principalmente, por el sentimiento de vergüenza de los varones. ¿Qué buscan? Salir de la oscuridad."
Es verdad también -por eso de la condena social previa- que lo más arduo fue instalar un elemental ambiente de confianza entre ellos y quienes comenzaban a invadirlos. "Convendría que vinieran vestidos de pobres", fue la sugerencia -no la advertencia- de una mujer mayor. Una villa miseria es un cachetazo a la condición humana. Y mostrar sólo una cara de la moneda (lo peor que allí subyace) es, por lo menos, faltarle el respeto a aquellos que quisieron y no pudieron.
"¿Por qué no logré salir de acá? -se pregunta y se contesta Tina-. Porque no pude, no tuve la oportunidad... porque la vida se me hizo muy cuesta arriba, o simplemente porque en la vida todos tenemos un precio que pagar. Y yo pago con esto.
"La vida me castigó muy duro, muy feo. Sin embargo, ya ve, no hablo con resentimiento y el odio no está en mi vocabulario. Asi lo aprendí de mis abuelos y de mi padre. Mi padre me decía: Mirá, Tina, vos no sos más que nadie y no tenés que sentir que nadie es más que vos, aunque seas pobre y te digan villera.
"La vida se me hizo muy cuesta arriba", simplifica la mujer; y ha de haber sido así, porque es la única de seis hermanos que vive en una villa miseria.
"Medardo, que murió a los 44 años, trabajaba en una empresa de transporte de mercaderías. Tenía un buen pasar económico; Ireneo, de 52, vive en Ituzaingó; Bernardino, de 50, vive en San Miguel y tiene una tienda en Grand Bourg; Isabel, de 46, es a la que mejor le fue: vive en Australia. Trabaja en un hotel internacional y está casada con un escocés, de apellido Mac Philips. Y por último, Sinicio José, de 43, es obispo mormón y vive en Caseros. Mi mamá, Julia Mussache, es descendiente de griegos y vive en el barrio Derqui, partido de Tres de Febrero. Mi padre, Carmelo Espínola, creo que ahora está en Ciudad del Este, pero hace muchos años que no lo veo."
Temprano, una mañana cualquiera. Invade y aturde a la Santos Vega música bailantera.
Un grupito de mujeres jóvenes y con escasos dientes recrimina a grito pelado a sus hijos que chapotean en un gran basural.
La perrada, una jauría desenfrenada, sacia la sed en las canaletas que bordean los pasillos y que arrastran el agua enjabonada, podrida, hasta encontrar salida en la avenida Juan Manuel de Rosas, antes Provincias Unidas.
Dentro de las precarias viviendas, el vaho a humedad, penetrante y pesado, domina las piezas hacinadas de chicos y ancianos. Cuando llueve, no alcanzan los tachos para juntar el agua que se filtra por los techos agujereados. Cuando el sol cae a pleno, los rayos dibujan lunares amarillentos en los pisos de cemento, de ladrillo o, simplemente, de tierra apisonada.
Hay olor a madera quemada. Desparramados por donde se mire, los fogones encendidos la noche anterior van muriendo en hilos de humo blanco que se perderán, inevitablemente, en la altura limpia y azul del amanecer.
La Santos Vega, levantada entre las calles Formosa, Nazca, Necochea y Provincias Unidas, es una de las 68 villas miseria que entristecen al partido de La Matanza. Empezó a tomar forma durante la dictadura de Juan Carlos Onganía. "Era una buena época aquella -cuentan los más antiguos- porque se vivía tranquilo... hoy nos sacamos los ojos entre nosotros mismos."
Creció en superficie proporcionalmente al aumento de la pobreza y terminó municipalizada mediante el Plan Arraigo, "pero si usted viera el título de propiedad que nos entregó Pierri -cuenta Tomasa-, da risa. En realidad, la entrega de las tierras se llevó adelante sólo para las fotos".
Se trata de 42 manzanas que albergan a alrededor de 900 familias con aproximadamente 5000 habitantes. La Santos Vega -explican en la municipalidad de La Matanza- tendría que albergar a 14 familias por manzana, pero hoy suman 24. Hay casas con hasta 14 personas adentro.
Argentinos, bolivianos y paraguayos, en ese orden, se reparten el lugar. No son de llevarse mal, aunque tampoco se esfuerzan por unirse. Cada uno hace lo suyo y cada grupo tiene su espacio, incluidas dos canchitas para jugar al fútbol. No se molestan, no se agreden, pero miran para otro lado cuando alguien cae en desgracia, salvo que sea del mismo palo.
La desocupación alcanza índices alarmantes -más del 70 por ciento- y los pocos afortunados trabajan de albañiles, zapateros, pintores, sirvientas y changarines. Esas son las posibilidades.
"Una cosa es ver la realidad desde afuera, y otra, muy distinta, es meterse en este abismo y contarla desde adentro. Estoy cansada de leer notas sobre los villeros. Casi siempre tienen un tratamiento muy liviano, muy light, y esto no es fashion", razona Tina, mientras desde un grabador apoyado sobre la heladera el Concierto de Aranjuez dibuja un ambiente extraño en medio de ladridos de perros sarnosos y muchachones que pelean ferozmente a pocos pasos de la casa.
"Anoche hubo un tiroteo. Acá nos conocemos todos, pero desde hace un tiempo empezamos a ver caras extrañas", dice como al pasar Nora García, de 37 años y con 25 en la villa. Habla de balazos y sangre con una naturalidad que espanta. Como la mayoría de los testimonios recogidos, le preocupa más la falta de trabajo que la inseguridad. "Yo tengo que trabajar como puntera política para después poder conseguir algunas changas."
Atardecer de un día cualquiera. En el corazón de la villa -ahí está la casita de Tomasa-, hay un baldío donde los grandes juegan a la pelota y los perros esquivan criaturas descalzas, entre olores nauseabundos y plásticos a medio quemar.
"Hay prostitución -cuenta Daniel, el hijo de Tina-. No mucha, pero hay. Y tampoco son prostitutas profesionales, eso hay que decirlo. A muchas mujeres las empuja la necesidad, porque no tienen ni para un plato de fideos... Entonces por ahí van a la avenida y se hacen unos pesos. Pero no tenemos ca- fishios en la villa... Ese tipo de mafia, al menos ésa, no tenemos aquí. La gente no lo permitiría. Tenemos nuestros códigos." Daniel, de 27 años, fanático de River y del rap, tiene la cara y buena parte del cuerpo marcados por enormes cicatrices, recuerdos de una olla con aceite hirviendo que le cayó encima a los 9 años. Si la relación entre personas de distintas nacionalidades requiere siempre de un complicado equilibrio, no menos delicada es la convivencia entre hombres y mujeres bajo un mismo techo.
"Es más jodida la mujer que el hombre -se nos dice-. Hay mujeres que toleran muchas cosas. Y hay otras que no las toleran de ningún modo. Pueden tolerar que el marido se emborrache y se vaya a dormir la mona; pueden tolerar que le pegue mal al hijo, pero lo que no le va a tolerar a su hombre es que no le permita ir a jugar a la quiniela o a la lotería. No lo va a permitir de ninguna manera. Cada uno tiene su lacra, ¿verdad?" Dos travestis pasean su oferta sin escándalo, entre la indiferencia de algunos y las cargadas de otros. Una larga fila de mujeres con sus hijos en brazos espera, con infinita paciencia, ser atendida por el pediatra.
Cada día, se producen en todo el partido -de más de 1.200.000 habitantes- diez contagios por Sida, y cada semana se detectan 70 nuevos portadores de HIV, ubicando al conurbano bonaerense en el epicentro de la epidemia argentina de Sida.
La Matanza presenta, además, una de las tasas más altas de mortalidad infantil: 19,4 por ciento.
Según los registros, en la villa Santos Vega hay 1712 chicos con historia clínica y alrededor de 200 chicos golondrina, aquellos que son llevados por sus madres de vez en cuando.
El 80 por ciento de los niños es controlado regularmente. Hay un médico clínico, una ginecóloga, un obstetra y un pediatra, que es el único que visita la villa todos los días; el resto de los profesionales lo hace una vez por semana.
Nora Brola, de 42 años, la enfermera, hace nueve que trabaja en la villa como becaria del Ministerio de Salud de la provincia. Gana 500 pesos mensuales, cobra con recibo, pero, justamente por su condición de becaria, no tiene aportes jubilatorios. Su contrato es renovado cada seis meses.
En la sala no hay teléfono. Si surge una emergencia, Nora debe salir de la villa y arreglárselas para conseguir que le presten uno. No se queja. Al menos, no se queja demasiado. "Así son las cosas, pero, bueno, tengo un sueldo."
Raymundo Cardozo, amigo de Nora, es uno de los tantos que aportan lo que pueden para evitar que la salita rancho se derrumbe. Raymundo, de 67 años, es un pintor jubilado por incapacidad. Vive en la villa 12 de Octubre, a pocas cuadras de la Santos Vega, y no escatima esfuerzo cuando hay que pintar una pared o arreglar una puerta. "Los chicos se lastiman cuando salen a robar -cuenta- y siempre terminan acá para que los curen... Algunos, sobre todo los más chicos, son bastante bravos. Acá no hacen daño, pero... en fin, nunca se sabe."
"Cuando están sanos, son buenos -interrumpe Nora-. Pero no hay por qué meterlos a todos en la misma bolsa. Yo le diría que sólo el 10 por ciento de los chicos de la villa es malo. A veces nos desaparecen cosas... Cuando están muy ansiosos, rompen la puerta y se roban hasta las ampollas de las nebulizaciones para drogarse. Son criaturas que viven a la buena de Dios, sin rumbo, sin metas, sin el control de los padres. Son como animalitos sueltos, vea."
Tina está contenta. "No siempre los periodistas nos vienen a visitar para conocer de verdad cómo vivimos y cómo somos los villeros. Así que, si no les parece mal, los voy a aprovechar. Quiero leerles algo. Estuve revisando mis viejos cuadernos... Hace tanto que..." Se ajusta los anteojos, le pega un grito a Jack, su perro, al que está curando con paciencia porque la noche anterior alguien le rompió una botella en la cabeza, y dice: "Este poema lo escribí el 12 de diciembre de 1996, y lo titulé Decepción. Dice así:
Deja, decepción, que fluya
por el río de mi sangre, tu esencia.
Si el amor es dolor, es presencia,
hoy pido, por favor, no me excluya.
Necesita esta carne madura
conocer el amor otra vez.
Porque, creo, en el tiempo perdura
el encanto, con llanto y con prez.
Si yo puedo escoger solamente
en el tiempo, la cruel soledad
el dolor que me causa la gente
deja en mi alma, por ellos, piedad.
Y olvidando el dolor, los perdono
pues no debo erigirme en un juez
el dolor que me causa la gente
en acíbar convierte la miel.
"¿Les gustó? No está tan mal para una villera, ¿no?"
La mujer se infla de orgullo al contar que ahora está preparando al hijo de una vecina para el examen de ingreso en la Universidad. "Ade- más, me encanta la música. Pongo a Vivaldi, a Joaquín Rodrigo, a Beethoven... ¿La música bailantera? Y... convivimos y no convivimos. Cuan- do los otros escuchan esa música, yo me las aguanto. La cosa pasa por respetar el gusto de los demás. Pero, le digo, yo soy bastante aislada. Puedo convivir con ellos si me adecuo a sus intereses. Pero como son pocos los que se adecuan a los míos, estoy bastante aislada. A la mayoría sólo le interesa el valor del día: jugar a la quiniela, tomar vino y jugar a la pelota."
Anochecer, a mitad de semana. No se soporta el calor, y la villa no está en calma. Algo pasa que inquieta a la gente. Un pequeño grupo de vecinos habla en voz muy baja, gesticula, mira para allá y para acá. Gritos, llantos, música, insultos y cuatro cascotazos que se estrellan sobre los portones de chapa de la capilla.
No hay buen ambiente. Se presiente, se adivina. Nunca nos enteraremos de los detalles. Lo que ocurrió, sólo ellos lo saben.
"Anoche estuvo tranquilo -nos explican-, pero a la tarde no. Acá siempre es así: una de cal y una de arena. Cuando la noche está muy violenta, la tarde suele estar tranquila. Y cuando la mañana está violenta, el resto del día es como que se toma un respiro."
Seis muchachones de miradas filosas y muecas de fastidio fuman y vacían botellas de cerveza, una tras otra, tirados en el suelo, recostados sobre el alambrado que rodea la canchita de fútbol que con un esfuerzo solitario y descomunal construyó Edmundo Esquivel, de 47 años y 30 en la Santos Vega, operario de Edenor. "No sabemos qué hacer con los pibes... ¡Miralos cómo están! Por suerte son pocos, pero a veces se ponen jodidos, sobre todo cuando se cruzan con los de la 12 de Octubre y empiezan a pasarse facturas."
Esquivel, sentado en su reposera, dejará que la noche transcurra hasta que el sueño lo venza. "Acá hace falta que los pibes hagan deporte de noche, para que se cansen y se duerman enseguida. Es la única forma de sacarlos de la calle."
De a poco, Esquivel y su vecina, Guillermina Coronel, lograron que alrededor de 400 chicos, de entre ocho y quince años, pasen buena parte del día jugando al fútbol o al voley en la canchita. "Organizamos campeonatos, conseguimos las camisetas, las zapatillas y hasta las luces, pero el tinglado es lo más importante. No es fácil, porque uno pone plata de su bolsillo y su tiempo para los pibes y los padres ni siquiera los ven jugar. Claro, muchos quieren hacer negocio y quedarse con la plata. Eso no va. A los chicos no hay que usarlos... ya bastante maltrechos están y después nos quejamos de cómo se portan."
A paso rápido, dos mujeres cruzan la calle, lo saludan a Esquivel y, como adivinando la charla, una de ellas -Juana Ibáñez, de 33 años-, dice: "Contales que tengo la boca grande y que las injusticias no me gustan", mientras la otra -Edith Almada, de 33- remata con un: "Deciles que hay gente que se molesta cuando una piensa y habla".
"La gente tiene razón -murmura Esquivel-. ¡Si hasta nosotros mismos, en la villa, nos discriminamos y no nos juntamos para conseguir cosas para nuestro propio beneficio! Acá hay tipos que usan a los pibes para que les traigan plata y nosotros no hacemos nada." "Lo peor es la droga -se lamenta Guillermina-. No sabemos qué hacer. Cada vez son más los chicos que andan en la droga. Tenemos chiquitos de diez años drogados y perdidos, vagando por ahí con las bolsitas de pegamento en las manos, trenzándose con chicos de las otras villas. Enfrente de esta villa hay una dependencia del Ministerio de Acción Social de la Nación y le juro por lo que más quiero que nunca, desde que estoy acá, que son más de veinte años, jamás vi entrar a una asistente social para enterarse de lo que está pasando con nuestros pibes."
Bien entrada la noche, la Santos Vega se aquieta de a poco; van entibiándose los gritos de las mujeres y los niños y se aplacan los ladridos de los perros. El poco tránsito que circula por la avenida, flanco principal de la villa, poco caso -o ninguno- le hace a la luz roja del semáforo. "Ya han muerto atropellados varios ahí -se nos dice- porque es cuando más peligro de robo hay".
Media mañana de un viernes.
No hay datos estadísticos actualizados, más allá del último censo. Dicen -según confió una empleada municipal- que en aquella ocasión no las encuadraron como villas miserias, sino como conglomerados. "Sería para disimular, una cuestión política", dedujo la empleada, con indisimulada ironía.
Sólo en San Justo hay 19 asentamientos, con 2873 casas. El resto que conforman las 68 del partido, están ubicadas en La Tablada (7), Villa Madero (5), Isidro Casanova (10), Ciudad Evita (1), Tapiales (2), Ramos Mejía (2), Rafael Castillo (4), Villa Luzuriaga (6), Laferrère (2) y González Catán (10).
Villa Palito, 22 de Enero, Puerta de Hierro, 2 de Abril, 12 de Octubre, El Lucero, Santos Vega son nombres de enorme peso y densa historia en el mapa de la miseria del Gran Buenos Aires.
Todas cargan la mochila de la discriminación, pero también son las primeras en ser tapizadas de afiches, pintadas y pasacalles con mensajes políticos en tiempos electorales. Se nos dice, entonces: "Vienen los colectivos, nos meten adentro, nos tiran unos mangos, por ahí también los sánguches, votamos y listo".
La Santos Vega tiene un director designado por el intendente de La Matanza (Héctor Cozzi, ahora suspendido por 90 días por presunta malversación de caudales públicos). Es el nexo entre la villa y los funcionarios municipales. Alberto Miranda, jujeño de 49 años, ex fletero, ex florista, ex parrillero, ex vendedor ambulante, hoy puntero político, ocupa ese cargo que le permite embolsar un no despreciable sueldo de 800 pesos mensuales.
Aceptado por unos y mirado con bastante recelo por otros, el hombre parece haber asimilado el lenguaje político: "A mí no me gusta que me llamen puntero. Más bien soy un militante social, ya que el peronismo, a través de la doctrina, nos enseñó a ser superadores", aclara sin dejar de tirar brochazos de cal sobre un paredón de la villa, trabajo previo a una pintada en favor de Antonio Cafiero. Tomasa parece no tener un buen día hoy. Sale el tema, y explota. "A mí no me gusta que me falten el respeto. Soy una persona, con derechos y obligaciones. Votamos como cualquiera y mi voto vale tanto como el de Barrio Norte. Por eso no dejo que me lleven como ganado. Ojo: tampoco quiero ser injusta, porque muchos acceden a eso por hambre..." Con los ojos enrojecidos, hinchados por una conjuntivitis que no se detiene, María del Carmen de Coralini, viuda y con catorce hijos, acomoda sobre una mesa paquetes de arroz, fideos, azúcar y huevos, la bolsa del Plan Vida, que incluye un litro de leche y que la mujer agradece una vez a la semana. Una vez al mes, la bolsa incluirá aceite, yerba, porotos, harina y avena. "Esto es un regalo del cielo, porque nosotros somos quince y ninguno tiene trabajo -dice sin parar de estrujar un trapo de piso empapado en lavandina-. Disculpe el olor... pero es que entre los perritos, los gatos y nosotros, que somos tantos..."
"Acá vas a encontrar muchas familias como la de esa mujer", cuenta Esteban Cardozo, de 41 años, ex agente de la bonaerense."
Cardozo atiende ahora su quiosco y, siempre que puede, le regala a los chicos las fichas para que jueguen en los flippers. "Es una manera de tenerlos entretenidos para que no hagan daño por ahí, porque así como reciben los golpes de la sociedad, así los devuelven: con agresividad, con droga, con asaltos, con violencia." Cuesta aceptar -más que entender- que el liderazgo de los grupos más violentos de la Santos Vega recaiga en adolescentes. Esquivos en dar precisiones, algunos cuentan que Francisquito, un chico de 17 años que murió de Sida, era el líder de la villa. Marito, de 15, tomó la posta de su hermano, hasta que Moco, de 17, regrese de su encierro.
Mediodía de un jueves.
Las maestras -que prefirieron no dar sus nombres-, con más de 30 años de experiencia docente en las villas miseria de La Matanza, explican: "Cuando nos conocen y entran en confianza, lo que nos cuentan primero, invariablemente, son las historias de sus vidas. Vidas muy duras, tristes... Se trata de gente que ha sido muy castigada durante su infancia, segregada de la sociedad y en donde ellos mismos asumen ese rol y se desvalorizan. Se burlan de ellos mismos, se autocastigan y discriman mucho".
La abuela Graciela, de 45 años que parecen 60, lleva en brazos a Natasha, de diez meses, la más pequeña de sus quince nietos.
Alejandra, de 25, la menor de los diez hijos de Graciela, lleva en brazos a Joana, de dos años, la menor de sus cuatro hijos. Por ahí anda Pedro, de 12, el más chico de los sobrinos de Alejandra, correteando con Matías, de 11, que volvió a vivir con su padre porque su padrastro está en la cárcel, cumpliendo una condena por tráfico de drogas. Un tal Ernesto lo hace trabajar a Matías, vendiendo chucherías por la calle. "Estoy juntando plata para hacerle un regalo a mi hermanita... Jessica, cuando la suelten de donde está encerrada. Hace como un año que no la veo... igual que a mi mamá... Pero... no te voy a contar más porque me fajan."
Otro chico, más grande y harapiento, camina cerca de ellos con un barrilete en la mano. "¿Qué hacés, ocho cuarenta?", le grita Pedro. Ocho cuarenta es el número del artículo que refiere a vagancia cuando se instruye el sumario policial.
"¡Ocho cuarenta la puta que te parió!", le contesta.
La abuela Graciela se ríe a boca llena.
-¿Vas a la escuela, Pedro? -Sí, estoy en séptimo. Y voy a estudiar para policía.
-¿Te gusta? -Sí. Cuando sea grande quiero ser policía. Me gusta el uniforme y algunos tienen suerte y no los matan.
Estadía nocturna
Este es el rap que compuso Daniel, después de pasar detenido una noche en la comisaría:
"Salgo a caminar por ahí, sin saber sin presentir, que en los próximos cien metros mi destino me aguarda con esposas ajustadas y de adentro de una jaula escucho sirenas, puertas que se abren, de repente apuntándome ¡pum pum!... ¡hey vos con-tra-la-pa-red! Abriendo las piernas le hago caso, porque si no ¡pum! me ligo un cachetazo... Se me acerca el sargento me pide el documento, me lo pide en vano pues no lo tengo a mano. Negrito ¡dónde vivís!... en Santos Vega lugar donde crecí. Date vuelta y dame las manos, esposame trucho, y me va puteando. Llegamos a la comisaría, ¡no!, me dice bajá, paso a paso entrando a la oficina sentate acá, hoy no es tu día. Sin dar más vuelta me pide mis datos y una vez que estoy fichado, mis cordones, el reloj y el cinturón... Me mandan a la celda ¡ay Dios que garrón! Me encuentro en el calabozo, sin pucho, con hambre. Para colmo en la gamba me agarra un calambre... Escucho los rollos de mis pares, doble A (*), vagancia, ebriedad, y cuatro tipos con toda la elegancia. Van quince horas de estadía, yo ya me quiero ir de esta porquería. De pronto un rati (**) pronuncia mi apellido, salgo gritando ¡soy inocente! ¡Pum!, me dan un gomazo, recuerdo del agente. De nuevo en el pavimento, hmmm, a mi casa me voy contento y si no querés que te pare la yuta seguí el consejo de este rapero que cada vez que veas un patrullero pirate, volá, andate, apurate, porque ellos después ¡pa pa pa pa!, van a dispararte... yeahh...
N. de la R: (*) "Doble A", averiguación de antecedentes.
(**) "Rati", policía
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2Hotel Casino Míguez: parte del emblemático edificio de Punta de Este está abandonado, en venta, y espera renacer
3En fotos. Todos los invitados a la muestra de Paola Marzotto en Punta del Este
4Los graves daños físicos que podría sufrir una persona que vive como therian: cómo afecta al cuerpo humano



