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Destinos inesperados

Vivir en Londres: "Acá la edad, estado civil o los hijos no son impedimentos para conseguir trabajo"

Carina Durn
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24 de julio de 2019  • 00:25

Alicia Seminara ya había visitado Londres con anterioridad. Como turista, la ciudad la conquistó con su atmósfera atravesada por una diversidad cultural potente, sus construcciones y monumentos icónicos, y los contrastes en sus calles, en donde pudo apreciar la fascinante fusión de los rincones históricos y elegantes, con lo moderno, lo alternativo y lo emergente.

Londres vista desde un drone - Fuente: YouTube

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Por aquellos días había transitado sus paseos con la típica sensación de extrañeza que experimenta el ser humano ante lo nuevo, cuando intenta observar y absorber todo lo posible del gran cuadro que surge ante su mirada, y retenerlo para atesorarlo dentro de los gratos recuerdos; ella lo hizo sin imaginar que años más tarde aquella capital, tan distante a su lugar de origen, se convertiría en su paisaje cotidiano. Un destino inesperado que trajo consigo una certeza: En nada se compara ser turista de una ciudad emblemática, que adentrarse en las rutinas y vivir el día a día en aquella tierra.

Vistas.
Vistas.

Una partida y una decisión

Fue en una jornada como cualquier otra en su ciudad natal que Alejandro, su marido recibido en Sistemas, le contó acerca de una oportunidad laboral que le ofrecía su empresa, y que incluía residir un tiempo Londres; para Alicia, no hubo margen para demasiadas dudas. El contrato era por apenas unos meses, algo fantástico para cambiar de aire, aprender y crecer en experiencia. "Pero al llegar a Inglaterra, sentimos que nos estaba gustando vivir ahí, y entendimos que quedarnos era una opción, y que me era posible conseguir trabajo por mis propios medios", cuenta Alicia, "Soy profesora de inglés, por lo que la barrera del idioma no era un impedimento para proyectarnos un futuro para ambos".

La idea instalada en sus conversaciones dejó su semilla y pronto supieron que deseaban dejarla crecer. La joven ya había atravesado por una compleja instancia de cortar un lazo laboral de muchos años en Buenos Aires y de despedirse de su familia con un "hasta pronto" que supuso temporal y en donde se esforzó por no llorar, sin poder evitarlo. Ahora la situación había cambiado. Ellos no volverían.

"Contamos con el apoyo de nuestros seres queridos, sin embargo, a la distancia, con tantos años viviendo aquí y habiendo madurado más, pongo el momento de la decisión en perspectiva y pienso en lo mucho que nos habrán extrañado. Pero en todo momento nos alentaron; nos hicieron saber que era nuestro momento y que debíamos aprovechar esta oportunidad que se nos había presentado. Aun así, la sensación de nostalgia fue inevitable".

Mediaba el año 2005, y para Alicia y Alejandro, quien por entonces tenían 35 y 36 años respectivamente, la decisión de quedarse significó el inicio de un nuevo período en sus vidas.

Alejandro y Alicia.
Alejandro y Alicia.

Un nuevo hogar

El matrimonio se instaló en la zona 2 al sureste, en un barrio tranquilo a quince minutos del Big Ben. A medida que Alicia fue recorriendo los diversos rincones de su vecindario, se deleitó al descubrir que había mucho verde a su alrededor. "Los barrios londinenses se caracterizan por los parques y las plazas cuidadas. Hay pequeñas reservas ecológicas con lagos donde nadan cisnes y patos. Hay una marina y muchos senderos para caminar. Todo a la vera del río Támesis, al cual miro todos los días al salir al balcón a regar las plantas. Y no solo abunda la flora sino también la fauna: te cruzás con ardillas y con zorros colorados. Salen a la noche, son inofensivos y bastante asustadizos. Cuando creas que ves un perro deambulando, no lo es, se trata de un zorro. No hay perros merodeando solos o abandonados. En cuanto al clima, uno piensa en Londres y dice niebla. Pero no, no hay tanta, a lo sumo unos días en todo el año. Aunque las lluvias muy finitas e intermitentes sí son comunes", explica.

Alicia recuerda que el primer impacto en su nuevo hogar surgió en una de sus caminatas iniciales. Le fue inevitable sentirse complacida ante la extrema prolijidad y limpieza que la rodeaba. "Jamás voy a olvidar que lo que se me vino a la cabeza fue: ¡Ah, acá se ve a dónde van los impuestos!", recuerda mientras ríe. "Y me llamaba mucho la atención que nadie te chocaba por la calle. Entendí que se puede ser cortés y tener un ida y vuelta; que si justo cruzás miradas con algún extraño en un mismo edificio se pueden intercambiar sonrisas, pero que acá el espacio personal es importante y se busca no invadirlo ni que te lo invadan".

Convivencia.
Convivencia. Crédito: Bertie Gregory

Nuevas reglas

El comportamiento en el ámbito laboral fue otro de los aspectos que la sorprendió gratamente. Al comienzo, creyó que tal vez había tenido mucha fortuna, pero con el paso de los años develó que así era allí, que había oportunidades para todos y que para conseguir un empleo los únicos requisitos eran tener los conocimientos solicitados, acoplarse a la cultura empresarial y trabajar con ganas.

Primero cubrió un puesto temporal como invigilator. Tenía que ir a escuelas en época de exámenes finales para cuidar que los chicos no se copiaran. "Estos se toman de manera muy formal, no los confeccionan los profesores, sino que se mandan en sobres cerrados desde los centros de exámenes, se mantienen en cajas fuertes del colegio desde el día que llegan y se abren delante de los alumnos. Los chicos están sentados en mesas individuales y las distancias entre cada una se miden", relata Alicia al respecto.

Luego comenzó a trabajar de profesora de inglés para extranjeros, mayormente con mujeres musulmanas que llegaban al país y que, después de dejar a los chicos en la escuela, allí mismo se dirigían a un aula especial, donde se impartían las clases. Pero, finalmente, Alicia decidió cambiar de rubro y, tras algunas experiencias esporádicas (telemarketer, chocolatera en una bombonería de Notting Hill, profesora de español y más), decidió estudiar Recursos Humanos. Hace poco más de cuatro años, que ejerce la profesión.

"Empecé a los 45 y hoy tengo 49 años. Acá la edad no es impedimento para cambiar de carrera, para empezar de cero, para cambiar de rubro laboral. En las entrevistas no se hacen preguntas personales y a nadie le importa tus años cuando vas a buscar trabajo, tampoco si tenés hijos, o estás casado. Cuando te dan el empleo esos detalles se revelan por si hay que pedir cierta flexibilidad laboral, pero solo lo sabe el departamento de Recursos Humanos. Ni tus compañeros de trabajo te hacen esas preguntas, al menos que vos sí lo quieras contar. Puedo asegurar que lo que menos importa cuando vas a buscar trabajo es de qué país sos, mientras estés legal. Lo que se prioriza es que sepas, que demuestres interés y entusiasmo, y que adhieras al comportamiento esperado", asegura. "En general, en esta sociedad lo que se nota es que hay tradiciones y reglas de comportamiento muy arraigadas, lo que no significa que la gente viva reprimida o con miedo. Al contrario, en la práctica pude observar que el respeto por las normas, explícitas e implícitas, te hace más libre".

Notting Hill.
Notting Hill.

Con el transcurrir de los años, las reglas de convivencia se transformaron en hábitos plácidos y agradables para el matrimonio. De a poco, la sensación de estar inmersos en un entorno con una buena calidad de vida se reveló ante ellos como un hecho evidente.

"Aunque, como siempre digo, te encontrás con que es común que acá la gente se queje de lo mismo que allá. Las expresiones universales del tipo: `ya no se vive como antes´, `los jóvenes cada vez peor´, `la gente ya no es tan educada como en las viejas épocas´, se escuchan. Pero también se quejan del sistema educativo, de cómo se viaja, de la inflación, del gobierno. Y uno a veces tiene ganas de decirles: ¿Inflación? Sí yo cuando vine a vivir acá en el 2005 un pan de manteca, por ejemplo, me salía 99p, ahora £1.20, a lo sumo. De todas formas también hay personas sin techo, hay gente socialmente vulnerable, pero uno ve cierta contención o incluso sabe que hay estructuras sociales y gubernamentales muy sólidas a las cuales se puede recurrir".

St. James Park.
St. James Park.

El tiempo y la confianza

Al comienzo, Alicia y Alejandro no pudieron evitar sorprenderse ante la practicidad, rapidez y eficiencia con la que se encontraban cada vez que deseaban de realizar cualquier trámite. Rápidamente, comprendieron que todo estaba hecho para que nadie tuviera que perder tiempo: el tiempo allí era considerado algo demasiado valioso.

"Y tampoco dejaba de impactarnos lo confiados que eran todos, por ejemplo en actitudes cotidianas como pedir ayuda en la calle o preguntar algo. La gente se detiene, te escucha, te mira a los ojos, trata de ayudarte. Y nadie desconfía de vos cuando planteás alguna disconformidad por un servicio prestado o con algo que compraste. Se te escucha, se evalúa la situación y, si verdaderamente hubo una falla de parte de quien provee un servicio o te vende algo, se resuelve enseguida, se te pide disculpas y, si fuera el caso, se te reintegra el dinero", revela Alicia.

"Nosotros siempre estuvimos cómodos aquí y jamás nos sentimos discriminados. Recuerdo un año en que hubo un Mundial, ya ni me acuerdo cuál, que Alejandro fue a ver un partido de Argentina a un pub vistiendo la camiseta de la selección. Ese día ganamos y en el camino de vuelta hubo varias personas que le sonrieron y lo felicitaron al ver que tenía puesta la celeste y blanca. Y, en cuanto al tema Malvinas, no es tópico de conversación; para muchos es muy lejano, casi como ajeno. Aunque sepan que soy argentina, no me preguntan cuál es mi posición al respecto", continúa.

Fusión.
Fusión.

Los vínculos, el silencio y el amor

Durante sus años de trabajo en las escuelas, Alicia jamás dejó de asombrarse ante el total silencio que la rodeaba. Con el correr del tiempo, observó que los niños jugaban, reían y hablaban, pero que, en general, solían ser más bien callados y tranquilos. "Saben que en la escuela no se grita. Aprenden también cosas tan básicas como de qué lado subir o bajar las escaleras, a respetar el espacio del otro, y esto luego se observa en las calles en el comportamiento de todos. Hay ciertas reglas de conducta que aprendí a distinguir entre adultos, como el hecho de que cuanto más enojados están, más bajo (pero más firme) es el tono de voz que usan. Que los reclamos se realizan sin gritar y que si alguien llega a decir algo fuera de lugar queda como desautorizado, no tiene derecho a exigir nada como consecuencia de los malos modales que ha tenido".

"En cuanto al afecto, los padres son cariñosos con sus hijos, pero de las puertas para adentro. No se hacen muchas manifestaciones de cariño en público. A los chicos desde pequeños se les enseña a ser silenciosos, a no gritar y a decir thank you, please, excuse me. La costumbre es que si un niño pide algo y no dice please, nadie le contesta hasta que se da cuenta de que debe decir la magic word (palabra mágica) y ahí se les da lo que piden", continúa Alicia.

Y en su nuevo entorno, el matrimonio halló que, detrás de aquella imagen prejuiciosa de antipáticos, se escondían seres alegres, amables y muy habladores. "Mantener una conversación afable e interesante pareciera ser parte de su educación. Se entra en confianza de a poco, pero es más por costumbre, no por desconfianza. Algo que noto es que se le da mucha importancia a beber alcohol. En cualquier aviso que veas de unas vacaciones, un evento o de cualquier situación social, se hace hincapié en que se bebe y pareciera ser necesario para que haya una interacción social. Un amigo británico que tengo lo justifica diciendo que el alcohol ayuda a relajarse, a desinhibirse, a pasarla bien", reflexiona Alicia con cierta tristeza.

Alicia.
Alicia.

Los regresos

Cada vez que Alicia pisa suelo argentino reafirma lo mucho que significan para ella las personas y el contacto con las raíces, con las voces, las bocinas, la gente, las sonrisas, las comidas típicas y la calidez incomparable. "Nosotros no tenemos hijos, pero noto que cuando alguna chica argentina los tiene acá en Inglaterra, comienza a añorar más el país. Quiere que sus hijos tengan contacto con sus primos y abuelos, se da cuenta del cariño y amor que se brinda tan cálidamente allá. En mi caso, y para no sentirme tan lejos, son muy importantes las redes sociales; me sirven, me gratifican, me hacen sentir muy acompañada".

Alicia regresa a su país cada año, y cada año la impacta diferente. "Esta última vez comencé a sentir que, en realidad, para mí ir a la Argentina significa viajar a mi pasado a reencontrarme con quien solía ser. Tener contacto con familiares y amigos es lindo, pero también te vuelve consciente del tiempo transcurrido. Llegar y que ya no estén mis padres presentes, como sucedió en mis últimos viajes, hace que ponga todo en otra perspectiva: Soy yo visitando un lugar en el cual solía vivir, y no verlos a ellos es verme a mí ahí, pero sin la identidad que tenía en ese contexto. En los regresos ya no soy hija, soy otra persona forjándose en otro país, con otra cultura, pero, a la vez, las raíces celestes y blancas están bien arraigadas, entonces siempre habrá vuelta. Pero se siente diferente", reflexiona Alicia con emoción.

Paseos por la zona 2.
Paseos por la zona 2.

Los aprendizajes

Ya pasaron casi quince años desde que Alicia y su marido dejaron su tierra natal. Aún hoy, ella siente que su aprendizaje es constante. Atrás quedó su mirada de turista; ante sus ojos emergió una sociedad diferente de aquella de la que había logrado observar apenas la superficie. En lo profundo, sin embargo, halló un aspecto humano universal.

"Londres es una ciudad tan multicultural y hay tanta gente que vive acá que, si no hubiese reglas de convivencia o real respeto por el prójimo, sería un caos. Pero trabajé con mujeres y hombres de todos los orígenes y creencias y entendí que, incluso con todo aquello que nos aleja como seres humanos, los individuos somos muy parecidos en esencia, sin importar el lugar en el mundo que habitemos. Cuando miramos desde afuera o estamos recién llegados, solemos estereotipar mucho; decimos: `En Inglaterra son así o son asá´. Con el tiempo comprobás que, sacando los rasgos culturales que nos puedan diferenciar, todos nos terminamos pareciendo en emociones y sentimientos. Nos unen búsquedas similares, nos divierten y nos preocupan las mismas cosas, tenemos pasiones parecidas, anhelamos sentirnos mejor", concluye Alicia, una mujer que siente que, cualquiera sea la procedencia o el lugar donde uno viva, uno es quién es, con su historia pasada, forjando un presente, pensando en el futuro.

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Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo no brinda información turística ni consular. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

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