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Lifestyle

Vivir en la naturaleza. Mudarse le recordó viejos anhelos, dejó su profesión y se reinventó

Jimena Barrionuevo
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23 de junio de 2020  • 11:01

Fue todo un desafío. Necesitaba reinventarse en lo personal. Y también en lo profesional. Había dedicado muchos años -demasiados quizás- a cumplir con los mandatos sociales y el deber ser. Pero luego de su divorcio, entendió que era el momento indicado de dar vuelta aquella página de su vida y comenzar con la hoja en blanco. Literal y metafóricamente.

Desde pequeña supo que era una cazadora de palabras. A temprana edad, la escritura se volvió su refugio y esperanza. "Soy huérfana desde los casi cinco años y por eso me convertí en una mujer con heridas y con historias que contar", asegura Carina Vattay. En esa época de su vida, de regreso a Buenos Aires desde la ciudad costera de Chapadmalal, en abril de 1976, un choque frontal sobre la Ruta 2 se cobró la vida de sus padres. "Ellos no sobrevivieron, murieron al instante. Yo iba sentada atrás en aquel Ford Falcón beige y no me pasó absolutamente nada".

La crió su abuela paterna junto a sus otras dos hermanas mayores, que le llevan entre diez y quince años de diferencia. "A los onces años completé un cuaderno de hojas rayadas y pensé que había escrito mi primera novela: Mi amigo Tom que para mi era la continuación de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Yo quería que él fuese mi amigo y poder vivir una nueva aventura. Ese cuaderno aún lo conservo, aunque jamás lo volví a leer".

Afortunadamente, Carina pasó su infancia rodeada de libros. Ese era su mejor regalo para los cumpleaños. Su libro favorito fue Hansel y Gretel de los hermanos Grimm y los cuentos infantiles de Oscar Wilde.

Pasaron los años, Carina estudió abogacía. "Era una carrera de peso que debía seguir, rozando una obligación impuesta. Pero me trajo una oportunidad de trabajar, de conocer personas interesantes, como así bastantes acartonadas dentro del yugo laboral. En los noventa no se veía el futuro sin una carrera tradicional, irte por otro camino era como salirse de la ruta y morder la banquina".

Mientras estudiaba, trabajó en distintos estudios jurídicos haciendo procuración y recuerda que pasaba horas y horas caminando hacia distintos tribunales, parada en largas filas frente a los juzgados comerciales para presentar escritos y ver las extensas pilas de expedientes. Pero siempre, en esas filas, la acompañaba un libro. Cada tanto marcaba una frase y se asombraba con aquellos autores que le hacían compañía durante esas horas. "Luego, en la profesión y detrás de un escritorio, me fui aburriendo y comenzó a desdibujarse mi lado creativo. Si bien estuvo interrumpida por la maternidad siempre volvía a la abogacía para cualquier trabajo. Sentía implícito el mandato de continuar trabajando así durante toda la vida".

Cuando nació su primera hija, y luego cada dos años, con la llegada de las otras dos, Carina tuvo que relegar la profesión. Fueron muchos años dedicados a la maternidad intensiva. "De ahí surgieron muchos cuentos para homenajear a todas las amas de casas silenciosas que trabajan sin horarios ni días de descanso, sin remuneración ni reconocimiento alguno".

Morder la banquina

Más adelante, las circunstancias de la vida la llevaron a mudarse a Open Door, en Luján, provincia de Buenos Aires. Dejó todo atrás y renunció a su trabajo en el estudio jurídico de su hermana. "Estar rodeada de naturaleza fue una experiencia muy significativa. De estar a mil por hora en la ciudad a sentir el canto de los pajaritos por las mañanas. O de luchar contra la neblina matutina en la ruta de las mil curvas a que mis hijas caminaran solas por las calles, fue un gran aprendizaje. En ese ámbito me dediqué a caminar nueve kilómetros diarios y así volvió a despertar la Carina escritora que tenía adormecida. Si bien nunca dejé de escribir en toda mi vida, pensé que debía hacerlo para otros y no para mi misma. Durante las largas caminatas reflexioné, me reproché muchas cosas, me enojé, tomé notas y me amigué conmigo misma".

En esa búsqueda interna también descubrió que su matrimonio había llegado a su fin y decidió divorciarse. Regresó a la capital separada, con tres hijas y se propuso hacer lo que más le gustaba, que era escribir y enseñar. "Fue todo un desafío porque quería reinventarme: como persona y en lo profesional. Me di cuenta que era una cazadora de palabras y por eso comencé con la escritura. Al principio fue de un modo terapéutico durante mi infancia y en la adolescencia y con el tiempo vi que me gustaba mucho inventar historias. Escribir es al mismo tiempo una excursión hacia adentro y hacia afuera de la propia vida. Atrapar algo interesante de mirar, atrapar algo interesante de oír y no soltarlo para ingresarlo en nuestro mundo imaginario llamado creatividad. Me compré un cuaderno naranja y capturé imágenes y verdades que lo llevo conmigo a todas partes".

Los primeros meses dedicada pura y exclusivamente a la escritura fueron duros. "Cuando la panza ruge pensás que las cosas no están saliendo bien. Todos los escritores son buenos para la soledad; tienen que serlo, pero en el mundo de los negocios me pregunté ¿cómo funciona? Por eso tuve que aprender sobre ello. Tomé cursos, leí mucho y fueron tres palabras que incorporé de los gurúes: paciencia, perseverancia y pasión. Por otro lado, había lanzado en simultáneo un emprendimiento de Bundt Cake y cookies. A veces la escritura te enseña a tener otro trabajo en cual apoyarse en tiempos difíciles".

El papel como terapeuta

Carina comenzó su camino sola pero con un objetivo claro. Ofrecer talleres de escritura para que otros pudieran también conectarse con aquel mundo mágico que ella había alcanzado. Al poco tiempo, en el edificio donde vivía, conoció a su mentora y vecina Alicia Brenla, una correctora, escritora y poeta que vive justo al lado de su departamento. "Nuestro buzón es por debajo de la puerta. Por allí me devuelve mis textos corregidos en lápiz negro. Antes de la pandemia, todos los lunes teníamos grandes charlas sobre literatura y me prestaba libros dedicados de famosos autores argentinos. Hasta me contó que la invitaban a las tertulias entre Silvina Ocampo y Borges. Ahora en modo virtual todas las mañanas ella me envía un mensaje de texto con alguna frase sobre la escritura".

Así, con perseverancia y esfuerzo, Carina tuvo la posibilidad de ofrecer su taller de escritura creativa de manera gratuita en el Servicio de Salud Mental del Hospital Rivadavia. La recepción fue maravillosa y pensó: "esto es lo que realmente se llama pasión y no trabajo". Del servicio le derivaban pacientes a los que les gustaba escribir o simplemente venían a escuchar las historias de otros. "En aquellas clases reíamos mucho, nos emocionamos y aplaudíamos con énfasis al escritor. Sabía que, para algunos, soltarse era mucho. La escritura es terapéutica: la palabra escrita tiene un poder especial de sanación que supera la reflexión interna. Al materializarlo en el papel podemos mejorarla, borrarla, tacharla, ir hacia atrás y elaborar reflexiones más valiosas y profundas porque le damos el tiempo para madurar. Escribir nos obliga a pararnos, a organizar nuestras ideas a ordenarlas y ayudarnos a ver la entrada a esas zonas oscuras de nosotros mismos donde normalmente es difícil acceder".

Luego dejó el taller del Rivadavia y, decidida a seguir en contacto con aquellos pacientes y alumnos, surgió la idea de hacer un club de lectura llamado Leer activaMente:la propuesta era reunirse en un bar, no muy ruidoso, ponerse a leer lento y en silencio durante una hora. Muy unido a la vanguardia del slow life y slow reading que comenzó para que las personas pudieran disfrutar leyendo en compañía de otros.

En su taller enseña a no tener miedo a la hoja en blanco y, sobre todo, a fomentar la creatividad, a superar el temor asociado a la creación, a liberar la imaginación. "Teniendo la escritura desatada y el dominio de las técnicas narrativas, llegará el momento en que se pueda escribir cada vez mejor".

Y así continúa la vida de Carina, feliz de haber perseguido su deseo. "Soy muy curiosa: quiero saber y aprender todo. Soy apasionada: vivo para y por las letras. Adoro las plantas, cocinar budines y caminar. Me fascina conversar con mis hijas, son la fuente de mi creatividad. A través de la escritura descubrí un universo de bienestar y adquirí mi lema que lo tengo anotado en mi cuaderno naranja: use el lápiz, escriba y sea feliz".

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