
Yo miro siempre televisión
Más vale dudar de quienes proclaman que jamás se sientan frente a la tele, pero a la vez están muy al tanto de los significados, los códigos y la jerga televisiva
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Hay investigaciones con fiables que prueban que prácticamente todos los argentinos tenemos uno o más aparatos de televisión en nuestras casas. Y vaya si se usan. Pero parece que no está bien considerado pasarse un considerable rato del día frente al aparato y, mucho menos, confesar que somos carne de la estadística que afirma que vemos entre 3 y 4 horas diarias de televisión. Con demasiada frecuencia se escucha decir, a modo de justificación: "Yo nunca miro televisión, pero estaba en la casa de mi madre y yendo de una habitación a otra vi un ratito de..." (y allí el título del programa que concitó los comentarios en la semana). Curtido por años de exposición personal y profesional frente a la pantalla hogareña, casi como un desafío a lo que hay que decir, digo lo contrario: "Yo siempre miro televisión". Porque, para mi gusto, la tele funciona como un paredón sobre el que se proyectan tramos de nuestra manera de ser. Pero, ojo, no sólo por información antropológica es que siempre miro televisión.
También lo hago -seré sincero- para obturar momentos vacíos de mi existencia; para descansar del excesivo trabajo; para entretenerme sin grandes exigencias; para convertirme en testigo de relatos personales miserables o dolorosos o truculentos; para asustarme por acontecimientos increíbles o indignantes; para reírme de chistes extremadamente tontos, pero a que cierta altura del cansancio pueden resultarme graciosísimos; para pasar el rato; para no tener que leer ni una línea más; para no quedarme fuera de las conversaciones al día siguiente; para cantar sin saber que la sabía de memoria: "Vecina, llegó el sodero". Pero, también, porque cada año hay entre 20 y 30 muy aceptables programas que me ayudan a estar informado, que me llevan al fútbol, que me proveen alguna que otra emoción y me hacen participar o discutir con sorpresa y eficiencia sobre el arte televisivo.
Luego de muchos años de observaciones críticas sobre la TV me di cuenta de que, cuando me enojaba con la televisión, me estaba fastidiando conmigo mismo porque, al fin de cuentas, la tele es un espejo de lo que somos, algo deformante, pero espejo al fin. Y esto es lo que nos desconcierta: sospechar que, en el fondo, participamos más de la cuenta en la esencia de la telenovela lacrimógena, de ese ciclo que se regodea presentando adefesios, en el costado hipócrita de tal o cual comunicador, en la esencia miserable de esa cámara sorpresa o de cualquiera de esos productos insalvables y que, sin embargo, no podemos dejar de ver. Así es: participamos de la bobera de la caja boba; y nos pertenecen las sinuosidades del culebrón que se arrastra sobre la pantalla o los excesos de una TV que mata al prójimo con tal de conseguir un puntito más de rating. Y, nos guste o no, somos corresponsables del levantamiento de 30 o 40 ciclos por año, algunos de ellos tan valiosos como dejados de la mano del dios rating.
Con frecuencia sucede que cuando las encuestas le piden una opinión, la gente no se priva de denostar lo que considera socialmente inaceptable o vergonzante, pero que en la intimidad no renuncia a ver, aunque lo oculte. Y, en cambio, reclama -porque supone que eso se espera de ellos- espacios de mayor contenido cultural. Pero, luego, las cifras de los ratings los delatan, porque aunque imperfectos o incompletos, los dichosos numeritos coronan a los programas que tienen la peor consideración. Recuerdo los dichos de un funcionario de la TV estatal española en los albores del alfonsinismo cuando advirtió a emisarios del gobierno argentino: "Cuidado, porque en todo el mundo la gente suele hablar mal de aquello que ve con devoción y elogia, en cambio, esos espacios a los que jamás sintoniza, pero que sabe que está bien visto hablar de ellos."
Una lección que muchos deben haber olvidado. Y hasta tengo registradas muchas de sus frases: "Encendí la tele para ver la temperatura y ahí escuché algo... ¿cómo era?"; "No, en serio, no sé quién es Bagnatto... ¿Es un jugador de fútbol?"; "Yo con la televisión, poca cosa: con decirte que nunca me compré tele color, tengo una chiquita, que era de mi abuela, y está como un adorno, porque jamás la prendo".
Dudo de los que proclaman que nunca miran televisión, pero, que a la vez, están al tanto de significados, códigos y jergas televisivos: que saben al dedillo las diferencias entre programas grabados y en vivo, entre magazines y tira, entre talk show y reality show, entre telecomedias y sitcoms, entre cachet y bolo. Yo siempre miro televisión, y para afirmar esto no necesito someterme a los dictados de la máquina de la verdad ni a ser probado por un escribano del medio. En el marco de tanto conocimiento, sólo una cosa importante nos faltaría aprender: empezar a reclamar, a exigir, a actuar en función de consumidores de un servicio vital en el contexto de la crisis, a enojarnos organizadamente cuando nos quitan un programa que apreciamos o cuando nos encajan un bodrio indeseable o nos repiten películas, cuando se copian ideas, cuando se manipulan horarios, cuando los 65 canales del sistema de cable no alcanzan para nada ni representan una solución. Ese podría ser otro modo de marcar rating y una manera diferente de mirar la televisión.






