En modo selfie. El narcisismo colectivo

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22 de agosto de 2020  

Veo en la selfie el más significativo hecho de moda que los años Diez nos hayan dejado. Raramente, las creaciones textiles rigen el andar de la moda; sí lo hacen, en cambio, las mutaciones y los estados de ánimo sociales, el devenir de las costumbres que la moda, interesada y alerta, refleja de inmediato. La píldora anticonceptiva precedió a la minifalda. Así la contribución más elocuente de la década a la historia de la apariencia, del vestido y del ornamento ha sido el ritual del autorretrato instantáneo, subido a las redes y casi con la misma celeridad volcado al vertedero de lo que ya ha sido visto. Todas estas etapas cuentan por igual. Toda moda se enciende, arde y se apaga, más efímera aún que quienes las adoptamos y desechamos.

Vale tener en cuenta que la selfie no ha tenido competencia a lo largo de estos años. No ha habido marcas ni figuras transformadoras ni movimientos de estilo que aportaran diferencias significativas o cambios drásticos al traje, o a los comportamientos. Los fenómenos con alto potencial transformador, como el replanteo radical de las cuestiones de género y de los cánones físicos o la sustentabilidad, siguen siendo excluidos por la cultura dominante, de la que la moda es nave insignia.

Las pasarelas de prestigio se obstinan en vender exceso decorativo, impacto gráfico, vestuario escenográfico, sin mayores consecuencias sobre lo que la humanidad viste, mientras que en el bazar híperrealista de la moda de calle -grandes tiendas, centros comerciales- reina suprema la estética deportiva, ya vieja a pesar de los continuos rejuvenecimientos cosméticos a los que se somete.

Las selfies registran estas variaciones, puntual y exhaustivamente, de la señora irreprochable en su cardigan de cashmere al muchacho playero de shorts rayados, tatuajes y pectorales. Y entre una y otro, billones de imágenes. Irónicamente, el furor imitativo, la repetición ad infinitum, igualan a los autorretratos unos con otros, los aplanan y compactan y la imagen que apuntaba a marcar una identidad singular se vuelve indistinguible en medio del fárrago visual al que ha contribuido. Todas las selfies, la selfie.

Y podría agregarse "todas las modas, la moda", ya que es la persona o las personas fotografiadas quienes acaparan el protagonismo de la selfie. Aun si la imagen incluye los logos o algún otro signo de identificación de las marcas llevadas, su presencia vale en función de la persona autorretratada, marcan su estatus, su pertenencia social. El verdadero producto aquí no son las prendas ni el contexto, aun cuando aparezca el Taj Mahal de fondo. Lo que se exhibe, lo que se espera que suscite simpatía, admiración, adhesión, deseos, según el método publicitaria, la mercancía en suma, es la persona.

El traslado de la subjetividad de la condición de sujeto a la condición de producto es el requisito ineludible que la sociedad consumista nos impone para que no nos caigamos de ella. No hay narcisismo, es decir, satisfacción plena en circuito cerrado, en la persona que vemos encarar el smartphone y tirar facha. Es marketing, nomás. El narcisismo, un hábito que nos garantiza buena compañía para toda la vida, no puede, obviamente, ser colectivo.

Se impone escapar ya del espejismo en el que la selfie nos encierra.

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