
A contramano del pesimismo frente a futuro
Involucrarse en un debate actual acerca del futuro, con argumentos elaborados durante los años en que Occidente atravesaba las consecuencias del Crack de 1929, puede parecer una idea aventurada, por no decir ingenua. Pero no nos apresuremos en las calificaciones.
La velocidad del cambio tecnológico, la irrupción de la IA en todos los ámbitos de la vida, la dificultad social de procesar las transformaciones que vivimos, cuyos efectos asimétricos producen nuevos problemas y dilemas que exigen respuestas, abarrota nuestro entendimiento. En paralelo, en los medios y en las redes, en el mundo editorial y del pensamiento, crecen los análisis, las explicaciones, las advertencias y pronósticos de toda índole, acerca de lo que ocurrirá con nuestras vidas, en un tiempo relativamente cercano.
En 1930, John M. Keynes escribió un breve ensayo titulado “Las posibilidades económicas de nuestros nietos” que puede iluminar ciertos aspectos de lo que nos sucede en la actualidad, sumando más elementos al debate contemporáneo.
“Estamos sufriendo no el reumatismo de la vejez, sino los dolores crecientes que acompañan los cambios excesivamente rápidos”, escribe. Además, afirma, padecemos una nueva enfermedad: el paro tecnológico. Que significa desempleo debido al descubrimiento de nuevos medios para economizar el uso del factor trabajo “sobrepasando el ritmo con el que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible”. Esto es algo temporal, argumenta, y en el largo plazo, supondrá que la humanidad estará resolviendo su esencial problema económico.
¿Y cuál es ese problema económico persistente y fundamental?: la lucha por la subsistencia, que ha sido el dilema acuciante del género humano. Si este se resolviese, Keynes pensaba que podía ocurrir en cien años según el ensayo al que nos referimos, la humanidad, definitivamente, se vería privada y a salvo, de su preocupación por obtener los bienes y alimentos para su supervivencia. Aparecería, entonces, otro nuevo tema a resolver: ¿cómo usar el ocio que la ciencia y la multiplicación del capital habrán ganado, para vivir sabia y agradablemente bien?
Continúa,” No hay país ni persona, creo, que pueda considerar la era del ocio y de la abundancia sin temor. Porque hemos sido preparados demasiado tiempo para luchar y no para disfrutar”. Ese mundo, que, según el economista inglés alumbrará, será uno en donde estaremos menos ocupados por nuestra subsistencia, con menos horas de trabajo semanales, en donde ocuparemos nuestro tiempo libre con arte, ocio productivo y hobbies. Una nueva realidad que cambiará nuestra valoración de las cosas y en el que ya no veremos a la acumulación de riqueza como algo virtuoso en sí mismo. Solo será un medio para fines menos pueriles que el consumo y el lujo.
Pero no es ingenuo y por esa razón lanza esta advertencia: “¡Cuidado!, todavía no ha llegado el tiempo de todo eso…la avaricia, la usura y la cautela deben ser nuestros dioses todavía durante un poco más de tiempo, pues solo ellos pueden sacarnos del túnel de la necesidad económica y llevarnos a la luz del día”.
Keynes combate con argumentos el pesimismo de su tiempo acerca del futuro, algo muy parecido a la sensación que siente mucha gente en nuestros días. Confía en que el control del crecimiento de la población, la evitación de las guerras y conflictos al interior de los países, la confianza en las virtudes de la ciencia y la tecnología sumadas a la tasa de acumulación del capital, harán su trabajo tarde o temprano. Para, finalmente, arribar a una sociedad mejor, luego las inestabilidades de un cambio inexorable, pero beneficioso ¿Tendrá razón?




