A la infodemia le sobran diagnósticos y le faltan pruebas

Adriana Amado
Adriana Amado PARA LA NACION
Crédito: Sebastián Dufour
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22 de octubre de 2020  • 00:17

A la infodemia le sobran diagnósticos y le faltan pruebas. La Organización Mundial de la Salud propuso este concepto para equiparar el virus biológico a las noticias de la pandemia que no merecían su aprobación. Sin todavía mostrar resultados en el control del primero, advierten a la población del riesgo que corre al exponerse a las segundas. Como ocurrió con el coronavirus, ante la falta de testeos, se presumen todos contagiados, por lo que se propone restringir preventivamente la circulación de información en lugar de brindar recetas de salud informativa. Según el último informe de Freedom House, la crisis sanitaria fue la excusa para que muchos gobiernos aumentaran la vigilancia de los ciudadanos y restringieran la libertad de información. En nombre de la infodemia.

El concepto busca equiparar la desinformación con un contagio masivo, pero esa metáfora es tan atractiva como improbable. La difusión de noticias es facultativa y resulta de elecciones y afinidades, mientras que la de un virus raramente es deliberada. Pero, además, la escala de noticias falsas no puede equipararse a la gravedad del Covid-19. El Social Media Lab de la Ryerson University geolocalizó todas las noticias de la pandemia verificadas en todo el mundo. De enero a mediados de octubre habían identificado 3590 verificaciones, con una mediana de 13 noticias al día. Solo nueve correspondían a la Argentina. Que la desinformación sobre la pandemia era una mínima parte en el volumen total de información ya lo habían señalado recientes estudios del Reuters Institute de la Universidad de Oxford. Con el invalorable aporte de estudiar el fenómeno mientras ocurre, además de circulación analizaron impacto para concluir que la mayoría de los entrevistados manejaban la información adecuada sobre el coronavirus. La muestra incluyó a la Argentina. Mientras que para los virus hay que usar tapabocas, frente a las noticias falsas hay que descubrir más los ojos.

La paradoja es que, a pesar de la abundante evidencia científica, circula bastante desinformación sobre la desinformación. Ocurre que es una idea conveniente para justificar procesos que una elite no entiende. El caso que sigue poniéndose de ejemplo es el Brexit, a pesar de que la comisionada de la Oficina de Datos del Reino Unido confirmó que no existió ninguna ilegalidad en el uso de datos en ese plebiscito. La investigación de dos años de Elizabeth Denham de 300.000 documentos que involucraban a la sonada Cambridge Analytica pesa menos que la versión que ofrece una película clase B de Netflix. La conspiración de fuerzas ocultas en las plataformas es una explicación demasiado atractiva para arruinarla con investigaciones exhaustivas de los escasos efectos de la propaganda política. Por citar el equipo que estudia sistemáticamente el fenómeno desde 2015 desde The Berkman Klein Center for Internet & Society at Harvard University, su análisis de más cinco millones de publicaciones en medios y plataformas concluye que Donald Trump y Fox News son más claves en la campaña de desinformación que los trolls rusos. La desinformación no circula indiscriminada y subrepticiamente: tiene focos precisos de difusión, que no son lo mismo que los medios que producen información con responsabilidad.

El diagnóstico de la desinformación es el lugar común de políticos y periodistas que sobrestiman el síntoma para después aportar grandes remedios, no exentos de efectos colaterales para la democracia. De hecho, la pandemia acentuó el deterioro de la libertad global en internet. Por décimo año consecutivo, Freedom House señala que muchos países han visto menguar los derechos de expresión e información, base para el acceso a otros derechos, como la salud y el libre tránsito. Los gobiernos y otros actores aprovechan la pandemia y se justifican en la infodemia para legitimar sus relatos, censurar el discurso crítico y justificar sistemas de control social. La crisis sanitaria justificó el uso estatal de datos sin garantías adecuadas, a la par que restringió la información pública de diversas maneras: dificultad de acceso a datos, señalamientos a quienes ofrecían versiones distintas de la oficial, falta de transparencia en la gestión sanitaria, entre otras.

La censura no necesita las torpes maneras de antaño para ejercer sus efectos en la conversación pública, así como la intimidación no necesita la violencia física para configurar una amenaza a la libertad de expresión y de información. En la cultura de la cancelación solo basta con que se agite una sospecha sobre una persona o un medio para que rápidamente se active la indignación pública en su contra. La compulsión por señalar el error ajeno genera un clima de suspicacia incompatible con la construcción de confianza. La simple acusación de noticias maliciosas es una forma de descalificación que elige una etiqueta políticamente correcta para invitar a la autocensura. El cinismo gusta de disfrazarse con eufemismos que aluden al pensamiento crítico, pero que pueden encubrir el miedo a la crítica y a la libertad de expresión y pensamiento.

La discusión que abrió la propuesta de un observatorio de noticias maliciosas en nombre de la democracia y el respeto planteó más dudas que garantías. ¿Qué será más democrático: que circulen multiplicidad de versiones del mundo, a riesgo de que algunas sean falaces, o que un grupo iluminado decida qué debe conocer el resto? ¿Qué será menos discriminatorio: que un puñado de locos publiquen tonterías de falsedad manifiesta o que se subestime la capacidad de la mayoría de reconocerlas?

La expresión fake news devino un comodín para designar todo lo que incomoda. No en vano es la acusación favorita de líderes populistas en el mundo entero, que lleva implícita una subestimación a la ciudadanía, a la que supone incapaz de distinguir las noticias auténticas de las simuladas. O peor, de creer todo lo que lee. De ahí se sigue la idea de que alguien tiene que venir a guiarla hacia la adecuada versión de los hechos, que, como en la religión, gustan de llamar Verdad. Que generalmente es la oficial.

Aunque el prefijo de la expresión posverdad hace pensar que hubo un tiempo en que primó la verdad en la información pública, las variantes de parodia, propaganda, sensacionalismo, trucaje de imágenes existieron antes de que la tecnología pusiera su producción al alcance de cualquiera

Aunque el prefijo de la expresión posverdad hace pensar que hubo un tiempo en que primó la verdad en la información pública, las variantes de parodia, propaganda, sensacionalismo, trucaje de imágenes existieron antes de que la tecnología pusiera su producción al alcance de cualquiera. Antes de internet hubo grandes fraudes apoyados en noticias para provocar miedo, motivación primaria para buscar orientación. Las situaciones de incertidumbre son propicias para la proliferación de falsedades que aprovechan estratégicamente prejuicios y preconceptos. No hace falta decir que un virus global es el entorno ideal, pero eso no significa que la población entera es grupo de riesgo.

La insolencia de versiones alternativas y mofas en forma de memes, que tanto inquieta a ese poder que propone medidas para tutelarnos, también es indicador de que la sociedad está tomando la mayoría de los asuntos por su cuenta y que no admite una única versión de los hechos. Hacer esa conversación más abierta y transparente construirá una ética colaborativa para la información apoyada en la verificación de la ciudadanía atenta, más expedita que un comité de pureza discursiva. Un diálogo transparente y respetuoso de la sociedad con fuentes y periodistas es una vía más saludable para reconstruir la confianza en la información que las metodologías de la suspicacia.

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