
¿A quién le importa la educación?
Parece una pregunta innecesaria en un país donde la matrícula escolar es obligatoria hasta el nivel secundario y donde la educación superior, en sus diversas modalidades, es mayoritariamente gratuita. Resulta obvio el interés histórico del país en la educación con semejante sistema sostenido con dinero público. Esta interpelación, entonces, no tiene razón de ser porque su respuesta es simple: nos importa a todos.
La realidad revela otra cosa. Aunque parezca contradictorio, en una sociedad que sistemáticamente enjuicia a nivel privado y público a la educación, entendida como un programa organizado de aprendizaje, cualquier encuesta muestra que el tema está muy por debajo en la lista de preocupaciones que desvelan a los argentinos. No nos dejan dormir bien la falta de seguridad, la inflación todavía sin domar completamente, la pérdida de empleo que amenaza la estabilidad de las familias y la corrupción enquistada desde hace décadas en el Estado. Es entendible: son inquietudes ciertas que dominan nuestro día a día y lo amenazan. Pero el presente está conformado por un largo plazo que nos antecede y nos atraviesa, y que también contribuye a la manera en que se forjamos el futuro colectivamente. Por eso la pregunta adquiere relevancia.
Algo tan determinante como la educación no debería nunca dejar de ser prioritario en nuestros intereses y preocupaciones, máxime cuando hablamos de un asunto cuyos objetivos son: el desarrollo económico (¿qué tipo de trabajo tendrán mis hijos?, ¿tendrán oportunidades en el futuro?, ¿cómo será este?, ¿cómo será la sociedad: abierta y equitativa o excluyente?; el desarrollo social (aprendemos con otros, en un mix de individualismo y cooperación, asumiendo la diversidad como una riqueza); el desarrollo cultural (enseñar sobre la propia cultura y la de otras personas, donde las artes y humanidades son cruciales), y, por último, el desarrollo personal (no es la educación algo meramente académico, se refiriere también a la mente y la interioridad de las personas, a cómo gestionan sus emociones, a cómo “aprenden a vivir”).
La educación es un asunto estructural, de largo plazo, que debe adecuarse a la veloz oleada que transitamos. Sus objetivos influyen en todas las esferas de nuestra vida y su organización sistemática facilita que adquiramos conocimientos y destrezas. Aprendizajes que contribuyen a que podamos diseñar un plan de vida y afrontar los dilemas que la existencia presenta.
No resuelve todo ni tiene todas las respuestas, no es infalible, no siempre es lo que esperamos y en general mira de atrás el oleaje del cambio. Pero es parte del material imprescindible que forja la sociedad y los individuos que la habitan. En consecuencia, no debería ser un asunto lateral y ajeno en el debate, hundido en el último recuadro de las encuestas de opinión ciudadana e irrelevante en los programas de los partidos políticos y en sus discursos púbicos (incluidos los presidenciales).
“Todos los problemas son problemas de educación”, escribía Sarmiento, frase que resume un proyecto que buscaba transformar la sociedad a fines del siglo XIX. Hoy, esa oración podría convertirse en un tuit fijo, un hashtag reproducible al infinito, o ser la información de un perfil de WhatsApp. Podría servir como activador, como herramienta de difusión de su sentido profundo, que es lo que nos interesa y lo que hace que nos importe el tema. Si sabemos que la expansión de la matrícula educativa por sí sola no ha producido mayor igualdad social y económica, y no ha disminuido las disparidades en cuanto a su calidad, resultados que están a la vista de cualquier mirada atenta, tenemos muchas razones para que nos importe la cuestión. Temáticas enfocadas en gastar eficazmente (no necesariamente más), en buscar cómo llegar mejor a los sectores más vulnerables en cuanto a calidad (no solo hacer asistencialismo o contención) y aspectos relacionados con cómo elevar la vara en cuanto al ingreso y permanencia de los estudiantes en los centros de formación docente, deberían integrar las discusiones públicas de interés educativo. Nunca es tarde, aunque la realidad insista en desmentirnos.







