
Accidente de Austral: el riesgo de simplificar
En un pasaje memorable de Uno y el universo, Ernesto Sabato cuenta cómo intentó explicarle la teoría de la relatividad a un amigo suyo (curioso, aunque sin formación científica):
“Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.
“–No he entendido una sola palabra –me dice, estupefacto.
“Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver.
“–Ya entiendo casi todo –me dice mi amigo, con bastante alegría–. Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas…
“Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas.
“–Ahora sí, ¡ahora entiendo la relatividad! –exclama mi amigo con alegría–.
“–Sí –le respondo amargamente–, pero ahora no es más la relatividad”.
La explicación de las causas que provocaron el trágico accidente del vuelo de Austral AU2553 el 10/10/97 en Fray Bentos se encuadra de modo similar a aquel diálogo del maestro y su amigo.
Una tesis sobre el origen de los hechos que desde poco después del suceso se instaló en la opinión pública general rezaba que “los tubos pitot del avión se congelaron por la ausencia de una luz de aviso de falta o falla de calefacción en los mismos” (sic). Breve, concreta, fácil de titular en una sola frase, simple. La peligrosa tentación de lo simple. Porque esa explicación de los hechos no es la verdad de lo ocurrido. Es solo una conjetura simplificada que, precisamente por su poder didáctico y de síntesis, crea la ilusión de verdad y suma adeptos en escalada, máxime entre quienes desesperan por saber qué pasó. Pero lo verosímil no es lo verdadero, sino apenas una apariencia de verdad.
A partir de un exhaustivo informe pericial ordenado por el tribunal a cargo del proceso a un cuerpo colegiado de 10 expertos en aviación (pilotos experimentados e ingenieros aeronáuticos senior), y al cabo de 22 audiencias públicas durante las cuales ese informe se debatió oralmente y donde los entendidos –y, sobre todo, los no entendidos, fueran jueces, fiscales, querellantes o defensores– pudieran formular tantas preguntas como dudas o incertezas tuvieran hasta alcanzar una comprensión razonable de los fundamentos y las conclusiones del informe técnico, finalmente se llegó a la verdad: no hubo, porque no se pudo probar, congelamiento de los tubos pitot, sino que, por el contrario, sí se pudo demostrar científicamente que los tubos pitot no se congelaron. En otras palabras: la verdad objetiva resultó ser opuesta a la versión conjetural simplificada.
La mejor forma de honrar a las víctimas de la tragedia es que se conozca la verdad de sus causas, aun cuando su entendimiento lleve esfuerzo, concentración, dedicación, tiempo y, en especial, una voluntad firme de no dejarse encandilar por los espejismos de la simplificación.ß
Ingeniero aeronáutico






