
Acerca de la libertad de expresión
Por Rafael Braun Para LA NACION
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EL tema de la libertad de expresión ha cobrado nuevo interés en las últimas semanas con motivo de una exposición realizada en el Centro Cultural Recoleta. Finalizada ésta, creo oportuno retomar la cuestión una vez acalladas las pasiones.
La libertad de expresión es un derecho humano. Lo consagra el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión”. Pero el artículo 29 recuerda: “En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley, con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática”.
La Convención Americana sobre Derechos Humanos de 1969 declara en su artículo 13, inciso 1: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión”. Pero el inciso 2 afirma: “El ejercicio del derecho previsto en el inciso precedente no puede estar sujeto a previa censura, sino a responsabilidades ulteriores, las que deben estar expresamente fijadas por la ley y ser necesarias para asegurar: a) el respeto a los derechos o la reputación de los demás o b) la protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas”. Y el inciso 4: “Los espectáculos públicos pueden ser sometidos por la ley a censura previa con el exclusivo objeto de regular el acceso a ellos para la protección moral de la infancia y la adolescencia, sin perjuicio de lo establecido en el inciso 2”. Como universitario, periodista y sacerdote de la Iglesia Católica, siempre he tratado de ejercer y defender, responsablemente, este derecho constitutivo de la dignidad humana.
A esta libertad se opone la acción de censurar. En el Diccionario de uso del español , de M. Moliner, las tres primeras acepciones de censurar son: “1. (no frec.) Juzgar el valor de una cosa, sus méritos y faltas. 2. Examinar correspondencia, escritos, películas, etc., para ver si hay algún inconveniente, desde un punto de vista político o moral, para darles curso, publicarlos o exhibirlos. 3. Tachar o suprimir algo en un escrito o en una obra destinada a la publicidad”.
Quiero ahora agregar que también he tratado de ejercer, responsablemente, la acción de censurar, ya que como director de una revista cultural (Criterio) y miembro de un comité de redacción de una revista académica (Revista Latinoamericana de Filosofía), he debido valorar los méritos y las faltas de las contribuciones sometidas para su publicación y tachar o suprimir algo en un escrito como condición previa a su publicación. Como autor también he sido sometido a esta acción de censurar, propia de la actividad académica, y en muchas ocasiones me he beneficiado de ésta. Cuando se analiza más de cerca la libertad de expresión se cae en la cuenta de que los que la defienden siempre son los que la usufructúan y controlan. En efecto, comencemos a analizar lo que ocurre con la palabra escrita u oral en el campo de la comunicación social. El derecho a la libertad de expresión es reivindicado por los dueños de diarios y revistas, y los licenciatarios de las frecuencias radiales y televisivas. Basta hablar con los periodistas que trabajan en dichos medios para cerciorarse de que la acción de censurar se ejerce cotidianamente en ellos en todos los niveles internos. El ciudadano común no tiene acceso a esta forma de libertad de expresión, y tampoco toma conocimiento de cómo se ejerce la acción de censurar en el interior de dichos medios.
Cabe aquí distinguir la prensa escrita de la radio y de la televisión. Cualquiera puede expresarse por la prensa sin censura previa, porque no se requiere permiso, aunque si mucho dinero, para publicar un escrito. En cambio, no cualquiera puede ser dueño de una radio o de un canal de televisión, porque las frecuencias autorizadas son limitadas y, además, son acordadas por el gobierno. Por eso el único medio en el que auténticamente se ejerce hoy la libertad de expresión es Internet, pues allí la comunicación es libre.
Si pasamos de la palabra al arte, comprobamos que los censores son los que dirigen los museos, los curadores de las exposiciones, los dueños de las galerías de arte, los directores de los teatros, los dueños de las salas de cine y los distribuidores de las películas. Ellos, por sí y ante sí, deciden qué se expone y qué no en un museo o centro cultural, a quién se elige para exponer, a quién se contrata para cantar o ejecutar música, qué obras de teatro se representarán y quiénes las interpretarán. Mientras el Fondo Nacional de las Artes, el Conicet o la Universidad de Buenos Aires tienen órganos colegiados de gobierno, estas otras instituciones tienen una forma de gobierno que permite a sus directores, tanto privados como públicos, ejercer discrecionalmente la acción de censurar: éste sí, éste no. En este caso es conveniente hablar con los innumerables artistas que se sienten excluidos de expresar libremente sus talentos por cuestiones de gustos, estilos, soluciones económicas o modas, para comprobar que la tan declamada libertad de expresión está finalmente controlada por muy pequeños sectores de la sociedad.
A mi juicio, la discusión acerca de la libertad de expresión gira en realidad en torno del derecho de censurar. La censura gubernamental es algo sumamente dañino, sobre todo cuando impide el libre intercambio de opiniones políticas. Hoy sabemos que esto se hace cotidianamente en el orden nacional y provincial de nuestro país, tanto en los medios escritos, como en los radiales y televisivos, principalmente, pero no únicamente, a través de la concesión o retiro de la publicidad oficial. Pero en la sociedad civil también se cercena y se condiciona la libertad de expresión. Lo hacen los dueños de los medios masivos de comunicación social. Lo hacen las empresas privadas mediante el uso de la publicidad. En el campo cultural y artístico ocurre algo similar cuando lo que prevalece es lo “políticamente correcto”, muchas veces equivalente a lo transgresor.
El ejercicio de la libertad de expresión está condicionado por la acción de censurar en todas las sociedades del mundo. De lo que deberíamos conversar es acerca de la calidad, ecuanimidad, independencia y pluralismo de los censores. Si deben ejercer su oficio con un poder discrecional o si deberían estar asistidos por órganos colegiados representativos de opiniones diferentes. Siempre será necesario juzgar el valor de una cosa, sus méritos y faltas. Que podamos encontrar el modo de hacerlo con humildad, con inteligencia, con prudencia y grandeza de alma, preparados para rectificarnos si fuera necesario.





