Adiós a 2020. El ejemplo valioso de la resiliencia comunitaria

Adela Sáenz Cavia
Adela Sáenz Cavia PARA LA NACION
En una país con altos índices de pobreza, el trabajo voluntario ayudó a preservar el tejido social allí donde el virus pega más fuerte
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26 de diciembre de 2020  • 00:00

Mucho hemos escuchado este año la palabra resiliencia. La pandemia y el confinamiento nos ha obligado a todos a pararnos de una manera diferente frente a la vida y a desarrollar esta capacidad para hacer frente a la adversidad.

Una de las características de la resiliencia es que se genera en interacción con los demás. Boris Cyrulnik, su gran promotor, lo describía preciosamente en una frase: "La resiliencia es como una labor de punto, que mientras teje el vínculo, teje la resiliencia".

Como seres sociales, los humanos necesitamos de la interacción y hay mucha evidencia que muestra que la afiliación y el apoyo social puede mitigar la ansiedad y los efectos nocivos del estrés.

Si bien hemos escuchado mucho sobre la resiliencia individual, se habla menos acerca de la resiliencia comunitaria, que describe las capacidades propias de las comunidades que se movilizan ante las adversidades, más allá de los recursos externos que pudieran tener o lograr.

Un ejemplo precioso e inspirador de lo que significa y genera la resiliencia comunitaria es el de los barrios populares y su forma de enfrentar este año tan difícil, intenso y desafiante de la pandemia.

No conozco todos los casos, pero he visto que en muchos de esos espacios, bajo el liderazgo de referentes sociales muy diversos, y gracias al amor, la solidaridad y la entrega de enorme cantidad de voluntarias y voluntarios, los días y meses de este 2020 se atravesaron con valentía. Estas iniciativas solidarias han llegado con su mano tendida a muchas personas -niños, niñas, adolescentes y adultos- que ya estaban en situación de vulnerabilidad antes de la irrupción del Covid-19, y a quienes la imposibilidad de salir a hacer su trabajo, sus changas o su cartoneo los puso en un riesgo y una dificultad aún mayor.

El espíritu de comunidad que se experimentó en estos barrios y villas fue impresionante. Se trataba de espacios en los que ya había una organización social comunitaria funcionando. La pandemia obligó a replantearla, pero a la vez la reforzó y la llevó a su expresión más alta, incluso generando redes entre distintas organizaciones barriales más allá de su origen o su ideología.

Se repiten por miles las historias de cómo esas personas, en un tejido social vivo y cohesionado, convirtieron capillas en hospitales, centros culturales en hogares para ancianos y multiplicaron los comedores comunitarios para dar respuesta a la necesidad y al hambre. También, celebrando a través de las redes sociales, como una forma de llevar alegría y optimismo. Y todo de la mano de voluntarios del mismo barrio, que ponían en riesgo su propia vida para cooperar y ayudar a los demás.

Y aunque esta descripción es inspiradora, la pandemia es un monstruo doloroso que ha generado miedo, incertidumbre y se ha llevado a mucha gente querida, como el padre Bachi, el gran referente de Villa Palito en La Matanza, que tenía esa preciosa frase de cabecera, "Nadie se salva solo", tal vez la expresión más breve y sencilla de lo que implica la resiliencia comunitaria.

Pero la muerte no los detuvo, porque como dicen muchos referentes sociales, "los pobres no solo padecen injusticias, sino que se organizan y luchan, y ya no esperan. transforman la realidad". El padre Pepe, cura villero, lo expresa con sencillez: "Fue difícil, pero la gente fue muy servicial. Construimos una comunidad organizada y el fruto de esa organización se vio en la pandemia".

Se sabe también que un contexto comunitario que reconoce los dolores, angustias y frustraciones, y genera espacios en los que las personas pueden expresar esas emociones, contribuye a su recuperación.

Por eso es importante visibilizar, transmitir, compartir y contagiar estos ejemplos de vida que son el testimonio de la gente de nuestros barrios populares, para mostrar de lo que somos capaces las personas cuando, aún en momentos de mucha dificultad, nos mueve algo más grande que nosotros mismos.

Experta en educación emocional y directora de la Red Communia

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