
Adiós a un obstinado cazador solitario
Llegué al taller de escritura de Antonio Dal Masetto a mediados de los 80, empujado por un buen consejo de Guillermo Saccomanno. Había leído que Dal Masetto era de los pocos escritores argentinos que podían emparentarse con la generación beat norteamericana. Por entonces yo era un lector devoto de Kerouac y aquello acabó por decidirme. Venía de hacer un taller de poesía con Osvaldo Rossler en la Manzana de las Luces. Gran poeta, Rossler era sanguíneo, pasional, histriónico. Al dar su dictamen sobre algún poema, declamaba ante su auditorio. Encontré en Dal Masetto el temperamento opuesto. Había en él tenacidad, hondura, incluso pasión, pero su parquedad lo volvía poco menos que insondable.
Dal Masetto vivía entonces en un departamento de dos ambientes en la calle Tres Sargentos, entre Reconquista y San Martín, en esa zona del Bajo que convirtió en su coto de caza para esas historias porteñas que llenaron sus libros de relatos. Tenía apenas lo imprescindible: unos libros sobre un par de estantes, un grabador y algunos casetes, la mesa y las sillas donde daba el taller. Podía pasar que uno de los talleristas leyera un relato de seis o siete páginas y Dal Masetto, siempre reconcentrado, despachara su comentario en apenas un puñado de palabras. Era como estar ante el analista. Se salía de allí rumiando ese par de frases hasta extraer de ellas su sentido último. Nunca discutía ni se alteraba. Cuando objetaba algo en un texto mío -un adjetivo, una escena innecesaria- y yo cuestionaba la observación, su respuesta era invariable: "Ya te vas a dar cuenta". Siempre tuvo razón.
Se había ganado todo mi respeto. Por su prosa y por la forma en que asumía su vida de escritor. De alguna forma, encarnaba cierto espíritu beat. Nutría su escritura de la experiencia. Muchas veces lo oí hablar de su temporada en Brasil, un tiempo en que lo había dejado todo, hasta su incipiente carrera de escritor, porque se había dedicado "a vivir". También, por su espíritu itinerante, por el afán de viaje o la nostalgia por lo lejano, que quizá habían nacido de ese destino de inmigrante que, a los 12 años, lo trajo junto a su madre desde Italia. Y estaba la bohemia, marcada por oficios varios, que lo había recibido en la Buenos Aires de principios de los 60 junto con otros jóvenes inquietos, como Miguel Briante, Jorge Di Paola o Miguel Grimberg, con quien fundó por entonces la revista Eco Contemporáneo.
Aunque en sus libros hay viajes y desplazamientos, su escritura no abreva en la de Kerouac, sino que es el inconfundible destilado de varios factores: su origen, sus experiencias, sus lecturas, y sobre todo el choque y el encuentro entre su lengua materna, el italiano, y el castellano que tuvo que aprender a los tumbos ante las burlas de sus compañeros de colegio, en la ciudad bonaerense de Salto. Por todo esto, es difícil que haya otro Dal Masetto en la literatura nacional.
La lectura de su primera novela, Siete de oro, me deslumbró. No se parecía a ningún otro escritor argentino. Había en su prosa una cadencia y una textura que remitían a Pavese y a los poetas italianos de mediados del siglo pasado, sobre todo Quasimodo. Sin altisonancias, alcanzaba grados muy altos de intensidad y belleza. Y dejaba al lector la sensación de que, más allá de lo que denotaban las palabras, había algo más que no se podía nombrar.
Fue un cazador solitario. Vivía al margen, en una especie de estado de búsqueda. Al desplazamiento de sus años jóvenes siguió una suerte de calma pero empecinada vigilia. Le gustaba mucho, como metáfora de la vida y la escritura, apelar a la figura del pescador: un hombre arroja una línea y espera, no puede saber qué ocurre debajo de la superficie, pero una fe obstinada en que algo va a suceder allá abajo, en que la línea se tensará, lo mantiene firme y atento.
Lo vi por última vez hace cinco o seis años. Nos encontramos en el Zoológico. Me contó que estaba a punto de viajar a Palma de Mallorca, creo que a conocer a un nieto que acababa de nacer. Un hijo de Daniela, la niña que en esas tardes de taller muchas veces dibujaba o hacía sus tareas en una mesa contigua.
Me hubiera gustado verlo antes de que partiera. En una de las mesas del Verde, aquel bar donde cazaba al vuelo historias y donde a veces prolongábamos el taller para seguir hablando de libros y escritores, pero sobre todo de la vida, que él dejó el lunes pasado sin hacer ruido, después de haberla vivido tan a su modo.






