
Adolfo Prieto, el maestro peregrino

"Otros, ellos, antes, podían." Quien pronuncia esta frase, quien lo hace respetando el sube y baja de sus comas, sabe que ése es el comienzo de La Mayor, de Saer, y seguramente sabe también que ese texto del santafecino está dedicado a Adolfo Prieto (San Juan, 1928), uno de los mayores críticos de la literatura argentina. Integrante del célebre grupo Contorno que en los años 50 reconfiguró nuestro mapa literario, Prieto se atrevió a criticar muy temprano a Borges y hurgó en los pliegues de textos fundacionales y de la literatura autobiográfica nacional. Aunque estudió en Buenos Aires, hizo escuela en Rosario, donde enseñó los secretos de la ficción y los ensayos argentinos. Pero pocos sabían que, además, escribía poesía.
"Porque lo que yo siempre entendí que debía ser la poesía está en los poetas que me interesaron, Machado, por ejemplo, uno lee un poema sencillo de Machado, pero lo vuelve a leer y leer y el poema crece y hay una capa y otra, y otra capa distinta. [...] Pero bueno, ya lo decidí: le voy a facilitar el cuaderno", le dijo Prieto a Nora Avaro durante una charla, en enero de 2013. Preparaban Conocimiento de la Argentina (Editorial Municipal de Rosario), compilación y ensayo biográfico, cuando a través de una delicada persistencia Avaro consiguió que él le entregara el conjunto de poemas depurados durante décadas; un poemario sometido a los años, las clases y los destinos (La Jolla, Seattle, Gainesville) que marcaron una carrera docente alterada por la dictadura de Onganía, que lo llevó a renunciar en 1966 a sus puestos como director del Instituto de Letras y profesor de Literatura Argentina en la Universidad Nacional de Rosario.
Me escribe Martín Prieto, el hijo poeta del profesor: "Hace unos años, muy ceremoniosamente, Adolfo nos dio un impreso de sus poemas a mi hermana Agustina y a mí. ‘No espero comentarios’ nos dijo. No se los hice. No supe cómo leer ese libro ni qué hacer con él. Se lo pasé a Daniel García Helder, más como a un amigo que como a un lector. Pero él fue, al fin, un lector. Estaba encantado. ‘Vamos a hacer algo’, me decía. Yo no podía hacer nada. Después, Adolfo le dio los poemas a Nora Avaro. Y entre Nora y Daniel..."

Diecisiete poemas integran el pequeño volumen Tiempos Signos Lugares (Editorial de la Universidad de Entre Ríos), donde se leen versos peregrinos como: "Aquí estamos, ahora, simplemente instalados/ en los anchos corredores del miedo" o "?y para mí, la patria es el patio de una escuela de provincia". O también, de regreso en Rosario: "Diré que es bueno, si me lo preguntan,/ estar aquí, otra vez, entre los míos, / y hallar en los rostros familiares/ la confianza en el mundo/ que venía del rostro de mi madre".
Hay maestros cuya labor, además de dar clase, es construir los espacios para enseñar y aprender: cátedras, institutos, colecciones, revistas. Es la figura del "constructor institucional" la que utiliza Beatriz Sarlo al referirse a Prieto, el maestro de muchos y el que ella siempre dice que hubiera querido tener. Quienes tuvimos la fortuna de escucharlo hablar en 1984 sobre el criollismo, invitado por Sarlo a su cátedra en la UBA, difícilmente olvidemos la mirada inquieta con la que ella procuraba aprender a la par nuestra, por entonces sus alumnos.







