Adorni, Nixon y la prensa imperial
Nada más parecido a un perro mordiéndose la cola. El caso Adorni, que desde hace 57 días está en la tapa de los diarios, avanza en la Justicia apurado por lo que revelan los medios en forma cotidiana. Pero sucede que gran parte de lo que se publica procede de filtraciones judiciales. El propio Adorni, vocero del Poder Ejecutivo por antonomasia aunque autocensurado vocero de sí mismo, sostiene que la razón por la cual no brinda explicaciones públicas del caso es que si lo hiciera entorpecería al Poder Judicial. Se ve que además de considerar a la Justicia suprema y sacra él la sueña recoleta y hermética.
Los círculos caninos sinfín acá se presentan algo más complejos debido a que hay una superposición de planos. Cuanto más se sabe sobre Adorni, más insulta Milei a los periodistas. Acción por lo visto ineficaz: no hay registros de que el amedrentamiento presidencial esté encogiendo, mucho menos silenciando las noticias relacionadas con la causa judicial en la que se investiga la presunta corrupción del jefe de Gabinete. ¿Con qué argumento los periodistas dejarían de considerar noticia a la declaración judicial de un proveedor hogareño, un arquitecto hasta el momento desconocido, por ejemplo, que contradice con documentación la pretendida contabilidad impoluta de este alto funcionario, el contador investigado inicialmente por hacer uso de privilegios del poder, luego por operaciones inmobiliarias opacas y en definitiva por llevar una vida que a primera vista no condice con sus ingresos?
Ya en los años setenta Richard Nixon supo que maldecir a los periodistas que lo investigaban podía generar en algunos medios de comunicación apenas algunas inhibiciones temporarias que al final del día resultarían insignificantes, porque mientras los hechos publicados fueran ciertos sus consecuencias serían inexorables. Nixon no hablaba de ensobrados ni de publicidad oficial, le atribuía el Watergate a su certeza de que la prensa de Washington era predominantemente “liberal” y que lo odiaba por su postura conservadora (sobre todo en lo relacionado con la guerra de Vietnam). Motivos ideológicos. Después de caer siguió diciendo que Watergate había sido una operación política. Algo bastante parecido a lo que sostiene hoy Milei respecto del Adornigate.
Los medios hicieron suya la expresión “presidencia imperial” creada por Arthur Schlesinger para Nixon, quien a ratos se comportaba como un monarca. Ya jubilado, en las famosas entrevistas con David Frost de 1977 él retrucó con un rudimentario concepto espejo: “medios imperiales”. Se quejaba de que para el poder de la prensa no hubiera controles. Afirmaba que los periodistas tenían un doble estándar porque juzgaban con dureza a los políticos pero nunca evaluaban sus propios errores ni sus sesgos. Milei opina hoy sobre los periodistas exactamente lo mismo.
Pero la historia quedaría incompleta si no se recordara por qué se produjo la caída de Nixon. No fue por haber mandado a colocar micrófonos en una sede del Partido Demócrata cuatro meses antes de las elecciones presidenciales. No fue por el asalto furtivo en el complejo edilicio Watergate que le dio el nombre al escándalo. Fue, esto es lo aleccionador, por haberse enredado él en acciones de encubrimiento en las que involucró a la CIA, al FBI y por supuesto a la Casa Blanca.
Nixon comprometió las estructuras del Estado para tapar el Watergate mucho antes de que Milei hiciera algo parecido al decidir alinear a todo el gobierno en un “adornismo” reverencial, incluso con la insólita presencia suya y del gabinete en pleno en el Congreso el día de la comparecencia constitucional. Antes de Milei una sola vez en toda la historia argentina un presidente había ido a presenciar una sesión del Congreso fuera de la apertura de sesiones ordinarias: Néstor Kirchner en 2005, cuando su esposa juró por primera vez como senadora nacional bonaerense. A ese día se lo suele recordar porque el presidente Kirchner se cruzó en el recinto con el senador Carlos Menem, a quien no saludó, y en el acto se llevó una mano a los testículos a la vista de todo el mundo. Milei, en cambio, durante su visita a Diputados sólo les gritó “chorros, corruptos” a los cronistas parlamentarios que le formularon una pregunta.
“The press is the enemy” repetía Nixon en privado (se lo supo cuando se desgrabaron las célebres cintas). En cambio Milei lo vocifera a los cuatro vientos. Y reclama más odio. El lunes, en el último pronunciamiento referido al fantasmagórico antónimo Adorni santo-medios de comunicación diabólicos, Milei expresó que los periodistas “no van a tener ni privilegios ni pauta”. Como si los reprendiera blandiendo un castigo escolar antes de acostarlos. “Vamos a contestar cada una de sus mentiras, de sus operaciones y de sus injurias y tendrán que hacerse responsables de las cosas que dicen como cualquier ciudadano de a pie”.
Los Kirchner consideraban prensa enemiga a la que ellos no controlaban. Con la cantinela de democratizar los medios organizaron una inmensa cruzada ideológica destinada a construir un grupo mediático cautivo que eliminaría al grupo Clarín y serviría para licuar voces disonantes. Recogían ni más ni menos la tradición totalitaria del peronismo, el cual en los cuarenta y cincuenta no le permitió acceder a la radio a ningún opositor, regenteó la distribución del papel para diarios, confiscó La Prensa para pulverizarla en manos de la CGT y en los setenta estatizó con matones de López Rega los canales de televisión para alinearlos e imponer listas negras, además de cerrar varios diarios mientras la Triple A asesinaba -entre otros- a periodistas.
De Milei, en cambio, podría decirse por ahora que pone en valor aquella lejana concepción monárquica de Nixon. En la génesis Milei se apalancó en las redes para llegar al poder, ellas escoltaron luego la extraordinaria popularidad que le tributó el éxito de su lucha contra la inflación. Pero hoy, en el tercer año de gobierno, de la mano de las dificultades económicas y con las internas libertarias al rojo vivo, el otrora novedoso sistema de imagen y comunicación mileísta sustentado en su determinación, su ira, sus insultos y la descalificación permanente a los críticos, empezó a hacer agua. Para convencer a la población de que lo de Adorni es un invento de los periodistas ensobrados en complicidad con la oposición golpista su método estándar no parece estar funcionando bien.
El de Adorni no es el primer problema de supuesta corrupción que le estalla al gobierno de Milei ni mucho menos, pero es de lejos el que mayor costo político le viene produciendo. Y a la vez, curiosamente, el que se refiere a la menor cantidad de dinero en juego, un total estimado en 800 mil dólares (excluido, claro, el caso de Constanza Cassino, una subsecretaria a quien la ministra Sandra Pettovello echó por haber comprado una cafetera Phillips de algo menos de dos millones de pesos).
Para cada caso el gobierno libertario aplicó una solución diferente. Hace poco echó al secretario de Coordinación de Infraestructura, Carlos María Frugoni, por no haber declarado al menos siete departamentos que tiene en Miami, cuyo valor se estima entre 140 mil y 310 mil dólares por unidad. El caso Libra, que involucra en forma directa a los hermanos Milei y podría constituir una estafa millonaria de gran envergadura, se encuentra bajo investigación del juez Marcelo Martínez de Giorgi pero sin el ritmo que tomó la causa de Adorni, en manos del juez Lijo.
Si es por la obstinación con la que Milei sostiene a Adorni, un antecedente directo es el del diputado José Luis Espert, investigado por lavado de activos y vínculos con el financiamiento de la política por el narcotráfico. Así como Adorni era antes del escándalo el favorito para suceder a Jorge Macri en la capital, Espert era el candidato más probable para pelear la sucesión de Axel Kicillof en provincia. Milei defendió a Espert frente a las sospechas y acusaciones diciendo que eran “chimentos de peluquería” o una operación burda del krichnerismo. La protección incondicional duró largos dos meses. Hasta que el 5 de octubre de 2025 el escándalo Espert encontró un final abrupto delante de pruebas muy contundentes. Debido, también, a la presión de una investigación simultánea de la justicia estadounidense.
Nadie sabe si el caso Adorni terminará un buen día de golpe como el de Espert, con la renuncia y desaparición de los lugares y los medios que solía frecuentar, aunque en los ámbitos políticos se cree que cada hora que pasa eso es más probable.
Entre quienes defienden a capa y espada a Adorni -no son demasiados- lo que se sostiene en privado es que al jefe de Gabinete se le armó un escándalo por tener una economía doméstica con parcialidades en negro, algo no tan raro en familias de clase media. Argumento que recuerda lo que esgrimió alguna vez otro vocero, el de Nixon, un tal Ron Ziegler, para explicar el Watergate: dijo que había sido un episodio policial de poca monta.




