
Ahora les contaré la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad
A pesar de que son best sellers asegurados, las memorias de ex gobernantes suelen decepcionar si se esperan revelaciones de secretos de Estado o pedidos de disculpas por malas decisiones, un rasgo político que no pierden al dejar sus cargos
1 minuto de lectura'
Existe un consenso universal: los libros de memorias de los políticos contemporáneos suelen decepcionar a quienes los leen, que son a menudo apenas una pequeña fracción de los que los compran. Se presentan como portadores de grandes y polémicas revelaciones, pero, a la hora de la verdad, menos lobos, Caperucita. No hay secretos de Estado porque no puede haberlos: el político que los contara quedaría estigmatizado para siempre, y con él, su partido. Como mucho, contienen algunas anécdotas y varios ajustes de cuentas con rivales y, casi con mayor frecuencia, correligionarios. Por supuesto, poca o nula autocrítica: el político, incluso tras haber dejado el poder, está convencido de que no pudo hacer las cosas de otra manera, aplastado como estaba por la realidad.
Si al menos desprendieran sinceridad y estuvieran bien escritos, esos libros podrían ser más interesantes. Pero la franqueza parece ser una virtud que los políticos que terminan triunfando llegan a ver como un vicio y, en cuanto a la calidad de la prosa, las actuales generaciones de profesionales de la conquista y el mantenimiento del poder están muy lejos de Winston Churchill, Manuel Azaña y Charles De Gaulle.
Nada de eso impide que los políticos que se lanzan a ese género reciban adelantos millonarios y que, en no pocos casos, sus memorias se vendan muy bien. Los seguidores incondicionales de tal o cual ex gobernante que potencialmente pueden comprar su libro se cuentan por decenas de miles, cientos de miles, millones en el caso de Estados Unidos. Y la promoción está garantizada: los medios siempre están dispuestos a acoger al ex que reaparece para contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
No es extraño que también España se haya incorporado al género. Ahora mismo, José Bono, ex presidente de Castilla-La Mancha y del Congreso de los Diputados, promociona el primer tomo de Les voy a contar , libro de memorias basado en los diarios que llevó durante su carrera política. A comienzos de este año se informó que Planeta le ofrecía a José Luis Rodríguez Zapatero unos 700.000 euros por sus memorias, una cifra semejante a la recaudada por Bono. El leonés rechazó la propuesta, aunque se puso a escribir un libro sobre los asuntos económicos que amargaron sus últimos años en La Moncloa.
Pero las rencillas públicas del socialismo español son poca cosa al lado de los navajazos que se han propinado los laboristas británicos en una serie de recientes libros de memorias. Tony Blair cobró 5 millones de libras (6,1 millones de euros) de Random House por A Journey ( Un viaje ), unas memorias publicadas en 2010 en las que destroza a Gordon Brown, su número dos, rival en el Partido Laborista y su sucesor en Downing Street. Poco antes, las memorias de otro líder del nuevo laborismo, Peter Mandelson, conocido popularmente como el Príncipe de las Tinieblas, habían confirmado la intensidad de la tirria que Blair le tenía a Brown, al que, según Mandelson, tildaba de ?loco, malvado y peligroso'.
Pero lo que más llamó la atención de los tabloides británicos en el libro de Blair fue su defensa de las aventuras extramatrimoniales de algunos de sus ministros, a los que justifica afirmando que las mujeres intentan seducir a los políticos con un empeño que no usan con otros, excepto con los "multimillonarios feos". El poder, escribe, "es una especie de afrodisíaco". Blair también le da una mano a su amigo Bill Clinton: si mintió sobre sus amoríos con Monica Lewinsky, afirma, fue sólo "para proteger a su familia".
Vida pública y privada
La historiadora Isabel Burdiel afirma que una de las grandes diferencias entre las memorias, las autobiografías y los diarios de españoles y anglosajones es que los primeros establecen una clara separación entre la vida privada y la pública, eludiendo de modo clamoroso la primera. En cambio, los anglosajones no hacen una distinción tan clara y hablan de modo más suelto sobre sus asuntos personales y familiares.
En efecto, Blair no rehúye en A Journey hacer alguna velada alusión a sus relaciones carnales con su esposa. También revela que, de joven, intentó colarse en la bolsa de dormir de su mejor amiga, la "sexy y exuberante" Anji Hunter, en una fiesta en Escocia. "Sin éxito", precisa. Y cita la detención de su hijo Euan a los 16 años por alcoholismo.
Pero, incluso en el caso anglosajón, la transparencia tiene sus límites. En un artículo publicado en 2010 y titulado ¿Por qué las memorias de los políticos son tan decepcionantes? , el historiador británico Dominic Sandbrook contaba que la gran mayoría son una sucesión de "banquetes de Estado y cumbres económicas", una catarata de páginas "secas de cualquier vida, sabor o color". Sandbrook le había dado vueltas al asunto de por qué no aprovechan el hecho de estar retirados para liberar su pluma, contar la verdad, descargar su conciencia y entretener a los lectores. Al final, había llegado a esta conclusión: "Se me olvidó que son políticos".
¿Escriben, pues, libros los políticos sólo para sacarle dinero a su notoriedad? Esa es, sin duda, una razón importante, pero concedámosles también el deseo de explicarse, de exponer su visión del mundo y de detallar el por qué de sus decisiones. El problema, sin embargo, es que luego no terminan de hacerlo y sus textos suenan una y otra vez a absoluciones que ellos mismos se conceden.
Clinton cobró 15 millones de dólares de la editorial Knopf por Mi vida , las memorias que publicó en 2004. El libro no está a la altura de clásicos de la literatura política estadounidense, como los diarios de John Quincy Adams, o de otras memorias contemporáneas como El largo camino hacia la libertad , de Nelson Mandela, o Los sueños de mi padre , de Barack Obama. Eso sí, vendió 2,3 millones de ejemplares tan sólo en su versión en inglés.
Ayudado por Justin Cooper, un editor profesional, Clinton dedicó dos años y medio a esa obra. Le salió un libraco de 1008 páginas que provocó bromas en los programas humorísticos nocturnos de la tele estadounidense del tipo de: Tengo que confesarlo, no he leído todo el libro, me quedé en la página 12.000'. Encuestas publicadas después revelaron que solo el 30% de los compradores habían terminado de leerlo. Aquellos que buscaban detalles sobre la relación de Clinton con la becaria Lewsinky, o sea, la gran mayoría, se quedaron con las ganas. Quizá puedan saciarlas pronto porque, al parecer, Lewinsky está escribiendo sus propias memorias. Según ha adelantado la prensa anglosajona, está dispuesta a publicar las "cartas de amor" que le envió el entonces presidente y a contar su afición por los tríos sexuales.
Blair cuenta que se llevaba muy bien con Diana de Gales. "Los dos -escribe- éramos a nuestro modo gente manipuladora, capaz de percibir con rapidez las emociones de los otros y de jugar instintivamente con ellas". Pero no va tan lejos en la explotación de la leyenda de su compatriota como el francés Valéry Giscard d'Estaing. En una reciente novela, La Princesse et le Président , el muy serio Giscard sugiere que, en sus tiempos de presidente de Francia, tuvo una relación amorosa con la esposa del heredero de la Corona británica. Aunque el texto se presente como ficción, el autor da tantos detalles que la duda ha quedado sembrada en la prensa del corazón.
Excepciones de calidad
Lo más probable es que Giscard fantasee en esa obra, así que, en Francia, resulta más provechoso recordar que ese país dio en el siglo XX algunos ejemplos espléndidos de libros de recuerdos políticos, entre ellos, las Mémoires de guerre , del general De Gaulle, que escribía con mucho estilo, y Les Chênes qu'on abat , de su colaborador André Malraux, que era un escritor profesional. Una y otra son obras situadas en el nivel de excelencia literaria de las que están consideradas las mejores memorias políticas del siglo XX: las del británico Winston Churchill.
Churchill, el primer ministro que lideró la resistencia del Reino Unido frente a la Alemania nazi, siempre se consideró más un escritor que otra cosa y durante largos períodos se ganó la vida como periodista e historiador. Sus textos autobiográficos, como My Early Life y The World Crisis, tienen tanta calidad que le valieron el Premio Nobel de Literatura. Pero Churchill tenía un defecto: se llevaba documentos secretos oficiales a su casa y los usaba para sus libros, así que, cuando dejó Downing Street, las autoridades británicas tuvieron que establecer unas hasta entonces inexistentes reglas para impedir la repetición de ese comportamiento en el futuro.
¿Escriben siempre los políticos sus memorias? En algunos casos sí, y, entre los contemporáneos, eso suele notarse para mal. Tras otros libros se esconde, sin embargo, la mano fantasma de un escritor profesional. El problema surge cuando se intenta ocultar a toda costa, como le ha ocurrido a Sarah Palin. La ex gobernadora de Alaska y fallida candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano en 2008 publicó el año siguiente un libro autobiográfico de 413 páginas, Going Rogue , que dijo haber escrito en apenas cuatro meses. Muchos no se lo creyeron y algunos facilitaron incluso el nombre del ghostwriter , un tal Lynn Vincent, de la revista cristiana World.
Los políticos suelen tener dos características muy desarrolladas: la capacidad para tragar sapos y culebras y seguir sonriendo como si tal cosa, y una vanidosa pasión por los micrófonos y las cámaras. Así que la publicación de un libro de memorias es un modo bastante bueno para reaparecer tras la derrota haciendo el signo de la victoria.






