Alberto Fernández y Cristina Kirchner, la intimidad de un encuentro clave

Laura Di Marco
Laura Di Marco PARA LA NACION

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8 de mayo de 2020  • 00:58

La desgrabación de sus principales conceptos

La situación de la Argentina es delicadísima. Organismos internacionales como el propio Fondo Monetario Internacional y Naciones Unidas evalúan que nuestro país es uno de los más dañados económicamente en América latina por la recesión que generó la pandemia y la cuarentena.

E increíblemente, en medio de esta situación, se desató una interna muy fuerte en el Gobierno entre albertistas y cristinistas, admitida por los propios protagonistas cuando hablás con ellos en privado.

Esta semana, un albertista que conversa habitualmente con el Presidente, me decía: "La situación es dramática, no hay lugar para agitar la grieta".

Esta noche te contamos los temas sobre los que hablaron Alberto y Cristina en las tres horas que duró la reunión que tuvieron el martes y quiero mostrarte también cómo y por qué Cristina logró consolidar, como ningún otro líder político, un proyecto de poder, a lo largo del tiempo, mientras que la Argentina no logra consolidar un sistema democrático con dos coaliciones políticas estables, que puedan alternarse en el poder y controlarse mutuamente.

La coalición que está en el Gobierno está atravesada por luchas de poder y no tiene un líder claro. A la coalición que está en la oposición le pasa lo mismo: está atravesada por otras luchas de poder, Macri ya no es un líder que los unifique, ni lo será -y él lo sabe- y tampoco tiene un líder claro.

¿De qué hablaron durante tres horas las dos personas de mayor poder de la Argentina?

1. De la relación con la oposición. Un albertista lo definía así: "Mientras para el kirchnerismo duro hay que derrotar al enemigo, para nosotros, en democracia, no hay enemigos". Una declaración en la que vale la pena detenerse.

En la democracia no hay enemigos. ¿Y dónde sí hay enemigos? En los populismos, donde no existen voces diversas, fotos con la oposición como las que se saca Alberto, no hay división de poderes, ni tampoco prensa independiente del partido de gobierno.

No es un tema menor porque Cristina trabaja incansablemente para ese proyecto de poder. "A Cristina hay que dejarla correr", dicen los albertistas. El problema es que ella no se cansa.

Como me decía un exintegrante de La Cámpora que hoy está alejado de esa construcción (pero que estuvo muy cerca de Máximo Kirchner): "La organización vence al tiempo. Ellos se organizaron, ¿y los demás?".

Gran conocedora del Estado ubicó a camporistas y cristinistas incondicionales en lugares estratégicos. Repasemos los últimos nombres de una larga lista: Sergio Affronti, flamante CEO de YPF; Fernanda Raverta, nombrada en la caja de la Anses y Andrés "El Cuervo" Larroque, incondicional de Máximo Kirchner, como ministro de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires, controlando a Axel Kicillof.

En la estrategia de acumulación de poder, Cristina no se olvidó de la familia: al asumir el nuevo gobierno nombró al frente de la DGI a la excuñada de Máximo, Virginia García, y al lado de Alberto Fernández a su exyerno Camilo Vaca Narvaja.

El filósofo francés Michael Foucault describía el ejercicio del poder como el "efecto de conjunto" de las posiciones estratégicas. Es justamente la operatoria, el mecanismo, de Cristina en el gobierno de Alberto.

Otro de los puntos de la charla entre Alberto y Cristina fue el conflicto desatado por la liberación de presos, fogoneada por el kirchnerismo y de la provocadora jugada de Horacio Pietragalla, el camporista secretario de Derechos Humanos, que pidió por la liberación de Ricardo Jaime y de Martín Báez.

Cristina tuvo una mala noticia esta semana, en ese plano, porque la Corte bonaerense prepara un fallo por el cual podrían volver a la cárcel varios de los presos liberados.

En la reunión privada se habló también de los cuestionamientos que Cristina tiene hacia figuras del gabinete albertista: está ejerciendo presión fuerte para que se desplace a Marcela Losardo, la ministra de Justicia, alterego de Alberto Fernández, y reemplazarla por uno de sus leales.

El objetivo es obvio: avanzar en su proyecto de impunidad.

Otro cuestionado es el ministro Daniel Arroyo. Aprovechando el escándalo de los sobreprecios en los alimentos, como pasó con Vanoli con el viernes desastrozo de los jubilados, Cristina lo empuja porque quiere ese lugar, más allá de los errores del ministro. Lo mismo con Santiago Cafiero, el jefe de Gabinete, un cuadro joven que no es camporista.

En lo único que estuvieron de acuerdo es en la reestructuración de la deuda diseñada por el ministro Guzmán, al que Cristina cuenta como tropa propia. El Presidente obtuvo esta semana un fenomenal apoyo de empresarios, sindicalistas e incluso académicos en la oferta argentina a los bonistas con títulos de deuda bajo legislación extranjera. Hoy es el día D. Hoy sabemos cuán exitosa fue la estrategia argentina y cuántos bonistas aceptarán el canje.

"El albertismo no existe, existe el frentetodismo", dijo el Presidente esta semana en una entrevista televisiva en el intento de ponerse al frente de su propia coalición, por encima de las facciones. Ese sería el lugar de un líder, de un jefe.

La pregunta de fondo, sin embargo, es: ¿quién es el líder del frentetodismo? ¿Fernández conduce a Massa o Massa tiene su juego propio? ¿Conduce a La Cámpora o, como dijo el ultracristinista Oscar Parrilli, Alberto nos gobierna, pero Cristina nos conduce?

Mientras el Presidente se mostró hoy con Larreta, por segunda vez en 24 horas, Hebe de Bonafini, que responde a Cristina, salió a destrozarlo en medio de la pandemia. Igual que Cristina en Twitter, que salió fuerte a atacar al jefe de los fiscales de la Ciudad, Juan Bautista Mahiques, por ser parte integrante, según ella, de los funcionarios que la "persiguieron" judicialmente durante el gobierno de Macri.

"Los que gobiernan son cuidadosos, los otros escriben en Twitter", fue otra de las frases destacadas del Presidente esta semana. Es una frase curiosa, por lo ambigua. Aplica a Patricia Bullrich y otros macristas duros, pero sobre todo aplica a su propia vicepresidenta.

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