Alberto Fernández: el otro yo de un presidente bajo presión

Laura Di Marco
Laura Di Marco PARA LA NACION
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8 de abril de 2020  

La primera reacción -la más visceral- de Alberto Fernández cuando estalló la polémica por los sobreprecios en la compra de alimentos que hizo el Ministerio de Desarrollo Social fue echarle la culpa a la cartelización de las empresas de la alimentación . Una grave denuncia presidencial que, sin embargo, quedó en el nivel de un comentario periodístico. Lo que siguió fue un fenomenal escándalo por la investigación publicada por el periodista Diego Cabot, en LA NACION . La repercusión de la noticia hizo recular al Gobierno, que finalmente le terminó pidiendo la renuncia a 15 funcionarios del Ministerio que conduce Daniel Arroyo. En paralelo a la difusión de los sobreprecios en la compra de comida se conoció que el Pami pagó casi el doble por un lote de alcohol en gel para un hospital. Las denuncias de la última semana muestran cómo el estado de emergencia y excepcionalidad pude ser un terreno fértil para la corrupción.

El viernes negro de los jubilados, Alberto Fernández también había reaccionado con negacionismo: la responsabilidad, aseguró en público, no fue de las limitaciones de su propio elenco sino de la voracidad de los bancos que "se llenaron de plata" durante el gobierno de Macri. Con una arenga contra los que "defraudaron al Estado", Fernández también había defendido ayer un proyecto de Máximo Kirchner, que proponía gravar con un nuevo impuesto a los que ya habían entrado en el blanqueo propuesto por Cambiemos. Se trataba de ir contra un sector social -compuesto, no solo de ricos, sino de amplias franjas de clase media- que ya había pagado el gravamen correspondiente para ingresar al sinceramiento. Paradójicamente la iniciativa -que, de haberse concretado, habría consumado un engaño a la gente, con la que ya se había hecho un compromiso previo- tuvo el inmediato respaldo de Pablo Moyano, cuya familia, investigada por corrupción, fue ensalzada públicamente por Fernández. Néstor Kirchner jamás hubiera pagado un precio tan alto por su alianza con el camionero. No, al menos, en público.

¿O será que Alberto Fernández, empeñado en la construcción de un poder propio, se alía al oscuro pope sindical justamente porque el camionero está peleado con Cristina?

De nuevo, el escándalo desatado por la iniciativa de gravar doblemente al sector que había entrado en el último blanqueo hizo retroceder nuevamente al oficialismo. Ahora, un grupo de diputados del Frente de Todos -entre los que figura Facundo, otro hijo del clan Moyano- está promoviendo el "impuesto patria". Se trata de un proyecto que propone un gravamen extraordinario para determinados patrimonios y para las ganancias de las empresas y personas físicas. El dinero extraído de este nuevo impuesto se inyectaría en el sistema sanitario argentino, fuertemente debilitado por muchos años de políticas populistas. Pensemos en La Matanza: desde el inicio de la democracia, los únicos que gobernaron ese gigantesco monumento a la pobreza fue la coalición peronista-kirchnerista, que hoy lidera la Argentina. La pandemia nos pone frente al espejo.

En medio de una serie sucesiva de tropiezos y, mientras el Congreso sigue paralizado, el Presidente parece gobernar solo. Una soledad mechada con esporádicas reuniones con gobernadores, sindicalistas y empresarios. Como alerta el politólogo José Pepe Nun, que ha buceado como pocos en el kirchnerismo desde adentro: "En el mundo hay líderes que aprovechan esta emergencia para darse poderes absolutos. En la Argentina, es muy necesario convocar al parlamento para intercambiar ideas y tomar decisiones. Tenía la esperanza de que Fernández nos condujera en la transición del populismo autoritario hacia la democracia. Una transición que nunca se ha hecho en la Argentina".

Cuando asumió, nos preguntábamos cómo sería Alberto Fernández como presidente: un hombre que siempre construyó poder para otros y que no tuvo el entrenamiento que los Kirchner desarrollaron en Santa Cruz. Arrancó como un líder progresista, pero a poco de andar, y frente a un desafío de proporciones extraordinarias, empezaron a florecer, junto a los brotes de coronavirus, los amagues populistas de su liderazgo: su otro yo bajo presión, que aún desconocíamos.

Así, su gobierno pasó del triunfalismo por el éxito que cosechó la declaración temprana de la cuarentena -un claro acierto - al golpe sobre su imagen (7 puntos descendió la aprobación del jefe de Estado, según Poliarquía) y el escaso interés que suscitó el ciclo Unidos por la Argentina, en la intención de convertir la lucha contra el virus en una cruzada nacional.

Los argentinos nos embriagamos fácilmente con ciertos liderazgos, sobre todo bajo el efecto de ciertas emociones: el miedo o la euforia. Nos pasó tantas veces: con la convertibilidad, con Malvinas, cuando teníamos menos pobres que Alemania, cuando detentábamos el mejor equipo de los últimos 50 años. La cultura populista (pre-democrática, como sugiere Nun) no contamina solo a los dirigentes sino que habita en nosotros. Incluso, la oposición quedó eclipsada con la centralidad discursiva de Alberto Fernández y su alta aprobación popular, a pesar de que el propio presidente eligió prescindir de ellos para tomar decisiones.

Los dirigentes opositores parecieron despertar recién ayer, cuando la realidad los cacheteó con la excarcelación de Amado Boudou, condenado por la Justicia y sin riesgo especial de contagio por coronavirus. La "pandemia de la impunidad" se había colado en medio del estado de excepcionalidad. "Hasta aquí, Alberto Fernández se había mostrado empoderado, amplio en sus decisiones y volcando sus energías para enfrentar la pandemia. Con los sobreprecios de Desarrollo Social y la liberación de Boudou volvió al kirchnerismo puro ", alertó por twitter el presidente de la UCR, Alfredo Cornejo. Los momentos de tensión parecen radicalizar al kirchnerismo. La pelea contra el campo, por ejemplo, mostró el peor costado de Néstor y Cristina Kirchner. Una apuesta que se duplicó con la muerte de Kirchner y de la que Alberto Fernández supo tomar una saludable distancia, cuando eligió renunciar. ¿Cuánto hay de aquel Alberto Fernández en este presidente?

Los psiquiatras afirman que la cuarentena pone a prueba nuestra fortaleza emocional. Una máxima que puede aplicar a la política, a las sociedades y a los presidentes.

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