Alberto Föhrig: "Hay actores políticos cómplices del narcotráfico y ninguna iniciativa para enfrentarlo"

Politólogo, experto en estudiar la trama que une la política y la droga, afirma que la necesidad de dominio territorial de los poderes locales favorece los lazos con el crimen organizado
Politólogo, experto en estudiar la trama que une la política y la droga, afirma que la necesidad de dominio territorial de los poderes locales favorece los lazos con el crimen organizado
Laura Di Marco
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27 de octubre de 2013  

"El narcotráfico viene financiando sectores de la política desde hace unos doce o quince años en la Argentina. Se trata de un fenómeno nuevo, serio, que compromete a actores políticos, de todas las fuerzas, jueces, sectores policiales y burocracia estatal; sin embargo, ni siquiera hay una política en marcha para enfrentarlo. Tampoco demasiada conciencia de la gravedad del tema. Hasta parece increíble que una campaña presidencial haya sido financiada, en parte, con dinero narco y que eso no haya significado el fin de ninguna carrera política", apunta el politólogo Alberto Föhrig, profesor en la Universidad de San Andrés, cuya especialidad académica cruza política y narcotráfico. Un área inexplorada en un país que, según este investigador, ha cambiado su posición en el negocio internacional de las drogas.

"Los patrones de movimiento del crimen organizado han cambiado -asegura- y ahora la Argentina, junto con Brasil y en menor medida Chile, forma parte del último eslabón en la cadena de producción de cocaína. A raíz de la guerra contra las drogas desatada en Colombia y México, jefes encumbrados de los carteles de esos países han emigrado al sur de América latina. Una migración favorecida por la debilidad en el control de nuestras fronteras".

Recibió su doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Oxford, Inglaterra, y su maestría en la Universidad de Georgetown (EE.UU). Recientemente completó una beca posdoctoral en el Social Science Research Council, de Nueva York, precisamente para el estudio de las relaciones entre política, policía y delito en la Argentina. Yale y Harvard fueron las universidades en las que completó sus trabajos de campo.

Föhrig conecta la fragmentación interna de los partidos –lo que llamamos "ismos" dentro de las fuerzas políticas, otro foco de su interés académico– con la expansión del negocio narco. Lo explica: "La política, como el narcotráfico, es territorial. Los narcos necesitan de sectores de la política, de la justicia y de la policía para que les den protección". Revela que, tanto dentro de la política como de la policía, hay tres tipos de vínculos con el crimen organizado, ligado al tráfico de estupefacientes. "Están quienes confrontan con los narcos, quienes conviven (esos gobernadores que no quieren tener problemas y miran para el costado), y los que son socios". Y, sin dudar, asegura que, en el conurbano bonaerense, "hay intendentes que son cómplices del narcotráfico, pero no me corresponde a mí nombrarlos. Yo no soy investigador policial".

El problema narco se metió en la campaña. Tal como publicó LA NACION, en la Argentina ingresan unos 400 vuelos por año vinculados al narcotráfico, en su gran mayoría desde Paraguay. Los 190 homicidios cometidos en Rosario, donde también fue atacada a balazos a la casa del gobernador santafecino, Antonio Bonfatti, exponen el crecimiento concreto de la mafia narco. Más de 121 toneladas de estupefacientes llegaron al país por vía aérea en la primera parte del año. Y las avionetas ilegales incursionan cada vez más al Sur, arrojando la carga en forma de bombardeo (como una fumigación) en varios puntos del conurbano bonaerense y en Rosario, según afirman quienes investigan esos casos.

"Durante estos diez años, Argentina careció de una política de seguridad en general, y de combate al narcotráfico en particular", asegura Föhrig.

–¿La droga está financiando parte de la política?

–Sí, es correcto. A tal punto que una campaña presidencial estuvo parcialmente financiada por dinero del narcotráfico, con laboratorios ligados a organizaciones delictivas, y esto no ha sido tematizado en la Argentina. No parece generar escándalo. Cuando decimos que se nos está pasando un elefante delante de los ojos y no lo vemos, bueno: ahí está el elefante.

–Si la última campaña presidencial estuvo financiada, en parte, por el negocio narco, ¿qué tipo de vinculación tiene el kirchnerismo con el narcotráfico?

–Diversas, igual que el resto de distintas fuerzas políticas. Distintas corrientes, dentro del oficialismo, tienen distintos patrones de vinculación. Diría que hay varios intendentes del conurbano bonaerense que son cómplices del narcotráfico. No es mi función dar nombres, para eso está la Justicia, pero los conocemos. Hay jueces en el norte de la Argentina que reciben amenazas de sello narco. Hay un diputado, en Salta, procesado por narcotráfico; otro concejal en el Chaco, condenado por narcotráfico, al que lo encontraron con 700 kilos de cocaína. Hace dos semanas, un ex concejal de Malvinas Argentinas fue detenido en su casa con 53 kilos de cocaína. Hay en marcha una investigación con ediles en Esteban Echeverría, donde habría vinculaciones de algunos sectores de la política con el narcotráfico. Y por supuesto, el caso de financiamiento de la última campaña presidencial, pero que es la punta del iceberg. Hay una larguísima lista de vinculaciones concretas, probadas, con datos judiciales, en muchos casos, en donde la política esta íntimamente vinculada con el narcotráfico.

–Pero, ¿cómo puede inferirse que se trata de una tendencia?

–Bueno, si entre 2005 y 2010 aumentaron en un 600 por ciento las incautaciones de cocaína –y lo que se incauta es el 10 o el 12 por ciento de lo que circula– digamos que no es episódico.

–¿Cómo funciona la protección que buscan los narcos?

–Liberan una zona determinada en un barrio. Entonces, todo el mundo sabe que en un barrio se fabrica droga, pero no pasa nada. ¿Y por qué? Porque han comprado protección. Los vecinos denuncian porque sus hijos tienen problemas de adicciones. ¿Y quién controla a la policía? Supuestamente, la política y la Justicia. Pero uno también encuentra fiscales y hasta jueces cómplices de la mafia narco. Quienes controlan a las políticas, no las controlan, hacen la vista gorda y les dan manos libres con situaciones muy graves de establecimiento de estas redes localmente.

–¿Hay vínculos entre la corrupción y los narcos?

–Claro, en la medida en que no haya condenas por corrupción, esos vinculos están favorecidos. En Colombia, por ejemplo, el presidente Samper perdió su carrera al descubrirse que recibió aportes de los carteles.

–¿Por qué le interesó el tema del narcotráfico?

–Trabajé durante 20 años partidos políticos y sus corrientes internas. Quería entender por qué existen los "ismos" dentro de los partidos políticos y qué disputas resolvían. Los ismos tienen una lógica, que no es privativa del peronismo. El régimen por el cual compiten todos los partidos se da en todas las fuerzas. ¿Para qué sirven esas divisiones? Básicamente, para conquistar el poder.

–Pero, ¿cómo se conectan los "ismos" con la proliferación de las redes narco?

–El narcotráfico es una actividad territorial, como la política. ¿Y por qué? Porque vos necesitás un espacio seguro para elaborar, para la logística y para comerciar estupefacientes. ¿A qué se dedica la política? A asegurar el dominio territorial. Y en la Argentina se territorializó la política. Desde 2001 a esta parte, hay dos fenómenos recurrentes, muy inexplorados en sus vinculaciones. Por un lado, bajó la competencia entre partidos; la diferencia entre el primero y el segundo, con respecto a los 80, creció enormemente. Y, como correlato, se da una enorme fragmentación dentro de cada fuerza. En las provincias del Norte, los gobernadores ganan por el 60 y 70 por ciento: pasamos de un sistema competitivo a uno no competitivo. Ahí entra el narcotráfico.

–Lo que no termino de entender es cuál es la vinculación entre la fragmentación de los partidos y la expansión de las redes narco.

–La fragmentación implica la existencia de muchos grupos peleando por el poder; la lucha es territorial porque los votos se ganan en el territorio. Este esquema implica contar con punteros en determinadas zonas y armar una red de dominio territorial. La poca competencia entre partidos hace que los intendentes sean siempre los mismos; esto se ve mucho en el conurbano, por ejemplo. Y cuanto más estable en el tiempo, mayores son los incentivos para que determinadas bandas establezcan relaciones de complicidad con ese intendente, porque lo conocen. Lo mismo sucede con las dinastías familiares, se crean las condiciones porque se asientan en el territorio. Esto no significa que todos los intendentes que estén hace 15 o 16 años tengan connivencia con los narcos, sino que la falta de rotación favorece la complicidad. Además, es mucho más barato comprar a un intendente que a un gobernador.

–¿Dejamos de ser un país de tránsito?

–Había dos centros importantes. El primero, Colombia; el segundo, México. Por distintos modelos de guerra contra las drogas que se dieron en esos dos lugares, con altísimos niveles de violencia –la guerra narco arrojó en México en los últimos seis años y medio 135.00 muertos–, los carteles se fragmentaron y muchos jefes narco emigraron al sur de América latina. Efecto globo, lo llaman los expertos en drogas: apretás en un lado y se infla en otro. ¿Qué ocurrió? Perú y Bolivia tomaron parte de los roles de producción de los insumos básicos para la generación de cocaína que se abandonaron en Colombia y México. Perú y Bolivia son grandes productores mayoristas de esos insumos básicos para la producción de cocaína, que ahora se termina en Argentina, Brasil y, en menor medida, en Chile. Es ahí donde aparecen las famosas "cocinas" de droga.

–Madres solteras de las villas o de barrios pobres son cooptadas por estas bandas para hacerse cargo de estas cocinas de cocaína, ¿por qué?

–En Florencia Varela, un hombre ligado a una sociedad de fomento me contó una historia muy reveladora. En el barrio todos se conocen y sabía de una mujer que, en su casa, tenía una cocina. Un día la increpó, indignado, pero la mujer le dio una respuesta que lo dejó sin palabras: "¿Sabés qué pasa? Yo soy madre soltera y ésta es la única manera que encontré para darles de comer a mis tres chicos". Luego, están los soldados de las drogas: chicos de 11, 12, 13, 15 años, encargados de avisar, en los bordes de las villas, si se acercan gendarmes, policías o periodistas. Estas bandas se han asentado en muchísimo barrios pobres, pero no en todos, vale aclarar.

–¿Puede medirse la incidencia narco por la cantidad de homicios?

–Sí, y hay datos muy concretos, de la Corte Suprema de Justicia. En la ciudad de Buenos Aires, el 35 por ciento de los homicidios durante 2010 se dio en cuatro barrios de emergencia de los 23 que tiene la ciudad. Y allí gobierna el macrismo, por ejemplo. En el corredor sur, encontras la villa 1-11-14, la villa 21-24, la villa 31, núcleos donde hay altos niveles de comercialización y a veces de producción. Hay disputas por el territorio. Entonces, ¿cómo disputás territorio cuando sos una organización narco sin un esquema legal para discutir conflictos? Alguien le roba un cargamento a otro, ¿cómo se arregla? A los tiros.

–Lo que dice asusta. ¿En qué etapa estamos, entonces?

–Estamos en una etapa en donde hay variados actores estatales y políticos en vínculos de complicidad con el narcotráfico y ninguna política para enfrentar este fenómeno, que tiene entre doce y quince años. Hay gobernadores que confrontan, y reciben violencia. Y otras situaciones, en donde no se confronta y se llega a acuerdos de no violencia. Es decir, ilicitud no es sinónimo de violencia. Camden es el centro de distribución de cocaína de Londres, y la violencia es cero. La gente trafica drogas, pero no lo hace violentamente. La paradoja está en que cuando atacás la ilicitud, incrementás la violencia. Cuando vos tenes políticos que se hacen los tontos, o políticos que recaudan con las redes narcos, hay ilicitud, pero no hay violencia. Entonces, nadie se queja, incluyendo la sociedad. El problema es que este proceso empieza a colonizar el Estado y los acuerdos son, cada vez, más profundos. El consenso en la política debería ser que nadie puede aceptar dinero del narcotráfico, marcando un límite muy concreto.

–¿Por qué se confunden los ataques narco con la inseguridad?

–Las bandas quieren hacerse más grandes y secuestran para, con los rescates, comprar grandes cantidades de droga. Lo mismo con el robo de autos. Por eso la piratería del asfalto está vinculada al negocio de la droga. Son bandas que requieren una gran logística para moverse. No es tan fácilmente separable el narcotráfico de otros delitos.

–¿Hay un vínculo entre barras y las redes narcos?

–Los barras son una protoforma de crimen organizado: manejan el narcotráfico, armas, ventas de estupefacientes en las canchas. Inglaterra tenía un gran problema con los barras y en cinco años lo resolvió. Hoy vos vas a una cancha en Reino Unido y no hay alambrado, ¿qué pasó? En la mediada en que la política está en el medio, no hay solución. Una pata central, tanto del narcotráfico como de los barras, es que la política es parte del problema. Pensemos: ¿qué cantidad de políticos son presidente de clubes de futbol? ¿Por qué? Por dos razones: hay mucha cantidad de dinero en negro derivado de la venta de jugadores, que sirven para financiar campañas. Dos, hay ejércitos privados que sirven para dirimir disputas en la cancha y en la política. El fútbol provee dinero fácil y ejércitos privados. ¿Y el narco? Lo mismo.

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