
Alimentos, el nuevo signo de la alta cultura
Siempre lo fue, en rigor. Pero en estos últimos días se han acumulado signos que ubican a la comida como una elevada forma de la alta cultura. El viernes, Gastón Acurio, el cocinero peruano que ubicó a la cocina latina en el mapa global y llegó a la Argentina invitado para la feria Masticar, reflexionaba para unos pocos y en voz alta: "La comida es uno de los signos más potentes de la cultura de un pueblo". Y así se titulaba, días atrás, una columna en The New York Times: "Cómo la comida remplazó al arte como alta cultura". El fenómeno no es nuevo. Lleva más de una década en la que los "foodies", fanáticos de la cultura alimentaria, del comer y sus derivaciones, han sabido explotar las características del fenómeno: sofisticación, jerga propia, proximidad con el placer, sintonía con la época.
Sin embargo, la cosa parece haber llegado más lejos: las prácticas se convierten en rituales, la experiencia deviene sacra. Y los críticos culturales ya advierten: suena exagerado pretender abarcar, desde la comida, el sentido de la vida. Dejémos eso para los fanáticos del fútbol.






