
Alumnos en rebeldía: el rechazo a la escuela
Por Germán Gómez Para LA NACION
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“¿Qué es lo que más te gusta de la escuela?” “Los recreos, jugar con mis compañeros...” “¿Cuál es tu materia preferida?” “Ninguna. Bueno... a veces, Educación Física, pero no siempre.”
Es muy fácil sostener diálogos de este tipo si se habla con escolares. Las respuestas no necesariamente son idénticas, pero suelen parecerse mucho. Si se trata de un adolescente de nivel secundario aparecen agravantes, porque la escuela, según la opinión predominante, no sirve para nada, salvo para otorgar un título, de discutible utilidad en tiempos de gran desocupación como los nuestros.
La escuela no fue nunca un lugar demasiado querido, pero no recibía los rechazos de que hoy es objeto. Para los alumnos de otras épocas podía ser un sitio signado por el hartazgo y el sufrimiento (de lo cual la literatura nos ha dejado abundantes testimonios), pero se la reconocía como importante, asociada con un conjunto de valores que hoy han perdido, en general, la vigencia que alguna vez tuvieron. La rebelión actual no necesariamente es violenta y suele estar marcada más bien por el desdén y el “quemeimportismo”.
A la escuela le han aparecido competidores capaces de robarles a sus alumnos los tiempos que décadas atrás estaban religiosamente destinados al estudio. Los chicos han volcado sus fervores en direcciones muy distintas. Podemos clamar contra la televisión o los juegos electrónicos, pero ellos han ganado, con bastante comodidad. Y no existen motivos serios para pensar que esa situación esté en condiciones de revertirse.
Nos quejamos por la ignorancia de los chicos, por su desinterés por los libros y el estudio, pero sabemos que predicamos en el desierto. Podemos conseguir éxitos efímeros empleando premios o castigos, por ejemplo, pero sabemos perfectamente qué es lo que los jóvenes valoran. La escuela batalla duramente, pero sus resultados finales dependen de factores que, en buena medida, no puede dominar. Sus alumnos dicen que es aburrida, atrapados por un universo de poderosos estímulos que los subyugan, aunque no siempre sean moralmente recomendables.
Las preguntas señaladas al comienzo de este artículo no producen las mismas respuestas en los niños de menor edad, en los que concurren a los jardines de infantes o a los primeros grados de la escuela primaria y van a clase con visible satisfacción. Pero ya hacia la mitad de este ciclo el rechazo comienza a afirmarse y en el nivel secundario asume formas duras, que hoy nos proporcionan tremendos motivos de preocupación. Los más chiquitos, en cambio, pueden convivir, sin ninguna violencia, con la televisión y los libros. Gozan de manera equivalente con un cuento que se les lee (o que ellos leen) y con un dibujo animado de la TV. ¿Cuándo y por qué se corta esta relación de admirable convivencia? Se puede afirmar que esto ocurre cuando la escuela comienza a plantear exigencias, a colocar notas o a reclamar el cumplimiento de lo que antes se hacía por mero placer, con la misma indomable voluntad de aprender que ponen los chicos en todo lo que hacen y los lleva progresivamente a valerse por sí mismos en la vida diaria o a interesarse por todo lo humano y todo lo divino, preguntando eternamente por las cosas más inverosímiles.
La escuela, a la que tanto se critica en nuestro tiempo, ha conseguido éxitos que muchas veces no se notan, por aquella vieja historia de los árboles que no dejan ver el bosque. Aprender a leer y escribir fue una de las torturas con que martirizó a sus alumnos a lo largo de sus más de cinco mil años de existencia, usando métodos bárbaros para el aprendizaje y empleando una brutal violencia contra quienes no conseguían adaptarse a sus reclamos o a sus ritmos.
Esto no sucede hoy en la escuela primaria, pero también asistimos al notable fenómeno de mumerosísimos chicos del jardín que aprenden a leer y escribir por propia decisión, buscando en sus padres o maestras las ayudas que necesitan para lograrlo y viviendo con plenitud sus conquistas, en total libertad. La escuela está en tránsito hacia nuevos territorios, pero esto no siempre se nota y tampoco se comprende todo lo que realiza para adaptarse a las reales necesidades y posibilidades de sus alumnos.
Tal vez haya llegado la hora de cambiar la perspectiva, porque las cosas no son, por lo común, lo que de ellas se suele creer. La escuela ha necesitado mucho tiempo para comenzar a cambiar y lo sigue haciendo lentamente, en un largo proceso que lleva por lo menos tres siglos de desarrollo. Sería interesante analizar todo lo que ella hace para transformarse y también apoyarla en sus búsquedas. Hoy disponemos de recursos científicos para atacar los problemas del aprendizaje, pero hace falta un gran esfuerzo para ponerlos en uso, al servicio de lo que la escuela necesita, porque se trata de cuestiones marcadas por poderosas dificultades.
Tal vez se debería comenzar abandonando la poco recomendable política de llorar por todo lo que la escuela no logra o por los problemas que encuentra para batallar con sus competidores o, con un criterio muy distinto, que a muchos puede escandalizar, para pactar inteligentemente con ellos. ¿Estará el principio de la solución en cambiar la relación con los chicos, marchando hacia caminos de libertad que hoy parecen impensables? La escuela poseyó, históricamente, una neta raíz totalitaria, ejercida de mil diversas maneras, no totalmente desaparecidas, pues se las sigue encontrando, visibles o soterradas. ¿Podrá liberarse de ella, para bien de todos los niños de este mundo?






