
Analfabetismo y delincuencia
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El último censo general de población, realizado en 1991, registró algo menos de un millón de analfabetos en el país. Según estimaciones actuales esa cantidad se habría incrementado hasta algo más de 1.100.000 personas. En 1991 los mayores de 10 años totalizaban unos 26 millones, mientras que en la actualidad superan los 31 millones. El crecimiento en el número de analfabetos no ha seguido, por lo tanto, al aumento de la población.
Los datos de ese censo, al igual que las proyecciones actuales, muestran que la mayor parte de ellos se concentra entre las personas de mayor edad. Unos 300.000 analfabetos tienen más de 66 años. También se desprende de las cifras, antiguas y nuevas, que el porcentaje de la población con escuela primaria completa ha venido creciendo sin pausas. Un 97 por ciento de la franja que va de los 20 a los 25 años concluyó la escuela elemental.
El antiguo problema de la escuela primaria incompleta ha quedado, pues, en buena medida, superado. Esto explica, por otra parte, la aparición de los sectores de más bajo nivel económico en la escuela secundaria, algo particularmente visible en los lugares más escolarizados del país.
Es realmente notable que la población argentina, a pesar de todos los problemas que sufre, particularmente económicos, no haya producido ajustes importantes en lo que atañe a la educación de sus hijos. Los chicos siguen yendo a la escuela porque sus familias, en general, continúan sosteniendo esa concurrencia. Existen, sin embargo, alrededor de 200.000 analfabetos puros (esto es, nunca alfabetizados) en la franja de edad comprendida entre los 10 y los 30 años. Se trata de un número particularmente importante si se consideran las informaciones aportadas por las organizaciones que se ocupan de la juventud que cae en el delito.
Los jóvenes delincuentes suelen ser analfabetos o tienen una escuela limitada e incompleta. En el círculo cerrado y pernicioso que forman la pauperización creciente, la familia disgregada, el menor abandonado y la delincuencia, la falta de educación escolar se incorpora para redondear un cuadro preocupante.
El problema de los menores delincuentes con pobre o nula educación escolar obliga a pensar en la importancia de poner un especial énfasis, asistencial y educativo, en sectores muy específicos de la población, con el fin de atender los posibles problemas antes de que se generen o se consoliden, para lo cual se debe actuar, con cierta urgencia, en los primeros años de la vida.
A ese objetivo deben destinarse todos los esfuerzos posibles. La escuela fue y seguirá siendo, a pesar de los muchos problemas que hoy padece, uno de los grandes reaseguros contra la desviación de los niños y adolescentes hacia los ambientes en que encuentran campo fértil la delincuencia y el mal vivir.



