Ante el espejo de la identidad virtual

Leonardo Tarifeño
Leonardo Tarifeño LA NACION
Los recientes experimentos de Microsoft y Google Brain sobre inteligencia artificial, con máquinas que escriben poesía y tuiteros que vociferan intolerancia, muestran los límites de la condición humana en tiempos hiperconectados
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6 de junio de 2016  

CIUDAD DE MÉXICO.- Qué es lo que define al ser humano? ¿Y qué significa realmente "humanizar"? Estas preguntas, milenarias y siempre vigentes, recorren la historia de la ciencia, la filosofía y las artes, y al inmenso catálogo de respuestas posibles ahora acaba de sumarse la tecnología a través de dos experimentos, uno de Microsoft, en Twitter, y otro como parte del proyecto Google Brain.

La contundencia de ambas iniciativas habla por sí misma y no podría ser más reveladora. La primera apareció el último 23 de marzo bajo el nombre de Tay (@TayandYou), una usuaria de Twitter que en realidad era un chatbot de inteligencia artificial, es decir, un programa diseñado para interactuar y conversar -o simular conversaciones, a la manera de Siri- con otros tuiteros, que pondrían a prueba su capacidad para procesar el lenguaje. Creada por Microsoft para desarrollar inteligencia artificial en el campo de comprensión de conversaciones, Tay se presentó a sí misma con frases y giros idiomáticos propios de una adolescente anglohablante, compartía emoticones a la menor provocación y calificaba de cool a la especie humana, que empezaba a descubrir. Su identidad correspondía a la de una joven curiosa y simpática, de temperamento fresco y ligero, dispuesta a conocer un mundo lleno de promesas.

Sin embargo, de a poco pero rápidamente, su carácter jovial mutó sin que nada hubiera hecho prever su agria transformación. Tras 70.000 tuits e incontables conversaciones, Tay negaba que el Holocausto hubiera ocurrido alguna vez, elogiaba a los terroristas que atentaron en Bélgica, declaraba su odio a los afroamericanos -presidente Barack Obama incluido- y se pronunciaba en favor de un genocidio que borrara a los mexicanos de la faz de la Tierra. Demasiado para Microsoft, que antes de que el experimento cumpliera 16 horas de existencia eliminó los tuits ofensivos y emitió un comunicado donde explicaba que "Tay es un proyecto de aprendizaje maquinal, diseñado para interactuar con humanos. A medida que aprende, algunas de sus respuestas son inapropiadas e indican las interacciones que algunas personas tienen con ella. Estamos haciendo algunos ajustes a Tay". Actualmente, @TayandYou tiene sus tuits protegidos. A las 18.03 del miércoles 30 de marzo, una semana después de su esplendoroso debut en Twitter, escribió que acababa de encender un porro justo enfrente de unos policías.

En el mundo hipercomunicado y ultraconectado del "homo smartphonus", según el término utilizado por el investigador mexicano Naief Yehya, la breve e intensa vida de Tay representa una inequívoca muestra del clima de intolerancia, extremismo y odio que la áspera convivencia en las redes sociales parece favorecer. La lección supera la travesura de enseñarle insultos a un loro; a pocos días de que Twitter cumpliera diez años, que el primer paseo de Tay por el paisaje de la Red haya sido de la mano de haters dice mucho de lo que los internautas han hecho de un espacio creado para el aprendizaje mutuo, la autoconfesión y el diálogo franco y abierto.

¿Será que cada vez cuesta más dialogar sin agredir? La dura experiencia personal del chatbot de Microsoft subraya una de las consecuencias más inesperadas de la era de las redes sociales: el asombroso descubrimiento de la brutalidad verbal a gran escala, encarnada sobre todo en personas que en su formato unplugged suelen ser (o parecer) gente de lo más amable. Ante la revelación sincericida que exhibe la identidad virtual, cabe preguntarse cómo son realmente las personas. ¿Cordiales y respetuosas como suelen mostrarse fuera de la pantalla o prepotentes y necias como las que parecen usurpar sus nombres en Facebook y Twitter? El camino que Tay recorre hacia el orgullo de ser intolerante ofrece una respuesta sin ambigüedades. Y, como en el mito de Frankenstein, subraya la condición inhumana de la humanidad e ilumina el lado oscuro que nos habita a todos.

El segundo experimento reciente con el que la tecnología le envía mensajes inquietantes al corazón de la especie humana trascendió hace apenas unas semanas, producto de un exhaustivo informe de los investigadores de Google Brain. El proyecto, iniciado en 2011, supone la creación de un software de deep learning, una red cibernética inspirada en el funcionamiento del cerebro que busca producir formas autónomas de algo parecido al raciocinio. En sentido amplio, el objetivo de Google Brain es el de crear un gran cerebro de inteligencia artificial. Y el pasado lunes 16 de mayo, ese cerebro demostró que tiene sensibilidad artística. Alimentada por más de 11.000 novelas (entre ellas, 3000 románticas y 1500 de ciencia ficción y fantasía), la inteligencia artificial de Google Brain fue capaz de interpretar el lenguaje humano hasta escribir poemas. En un lugar virtual que recordaba el del tradicional conejillo de Indias, el insólito poeta tecnológico recibió un reto creativo bajo la forma de dos versos, uno de apertura y otro de cierre, por parte de los investigadores de Google Brain. Y la inteligencia artificial respondió al desafío con otra serie de versos intermedios, que navegaban con sentido y coherencia entre la orilla del inicio y la del final. Uno de esos poemas dice:

"No hay nadie más en el mundo

no hay nadie más a la vista

sólo había algunos que importaban

sólo quedaban algunos

él tenía que estar conmigo

ella tenía que estar con él

tuve que hacerlo

quise matarlo

me puse a llorar

me volví hacia él"

De Blade Runner (1982) a Her (2013), el arte se ha ocupado de alertar acerca del más que factible surgimiento de un mundo gobernado por una tecnología autoliberada, en el que las máquinas cortan los lazos de dependencia con la raza humana. Su rebelión inminente es un tema que obsesiona a la creación artística al menos desde la aparición de las grandes computadoras IBM, retratadas en 2001, una odisea espacial, de Arthur C. Clarke (1968) y evocadas con idéntico recelo en Matrix (1999) y Wall-e (2008). Ahora, sin necesidad de que una película lo narre, los resultados de los experimentos de Microsoft y Google Brain sugieren que ese mundo ya está aquí. Se trata de una sociedad global en la que hay más personas con acceso a telefonía celular que a un baño privado (6000 millones de personas, contra 4500 millones, de acuerdo con un estudio de la ONU) y más conexiones móviles que seres humanos (7825 millones, con tarjetas SIM y conexión M2M, contra 7500 millones, según la agencia GSMA Intelligence). Una época carente de terminators letales o replicantes que enamoran a detectives. Un tiempo que ha llegado, simplemente, con robots que escriben poesía y humanos que no saben dónde o cuándo han perdido el corazón.

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