
Antes y después de Juan Pablo II: perfiles papales
Unos años antes y unos años después del nacimiento de Cristo que marca el año cero de nuestra era, la ciudad de Roma se convirtió en la capital de dos imperios: uno terrenal, el Imperio Romano, cuyo primer titular fue Octavio Augusto, y otro espiritual, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, cuyo primer titular fue San Pedro.
Como anotó Max Weber, la diferencia entre un imperio terrenal y un imperio espiritual reside en cómo ejercen su autoridad. En tanto que el poder terrenal se impone en última instancia a través de la coacción física de los transgresores, con ayuda de los fusiles o la cárcel, el poder espiritual se ejerce en última instancia a través de sanciones de alcance estrictamente religioso que pueden llegar hasta la excomunión. Pero la coacción física tiene una vigencia universal porque, sea cuales fueren sus creencias, todos sienten la presión de los fusiles o la cárcel, mientras que las sanciones de una religión sólo afectan a los que creen en ella. ¿En qué puede afectar la excomunión a un musulmán?
Si el poder terrenal que ejercía el Imperio Romano y el poder espiritual que ejerce la Iglesia son de distinta naturaleza, también es verdad que, por haber tenido ambos la misma cuna romana, su régimen político resultó similar. El Imperio Romano era una monarquía electiva y vitalicia. Los emperadores no eran hereditarios, sino electivos y vitalicios porque sólo cuando moría un emperador el Senado romano elegía su sucesor. En la Iglesia, el cónclave de cardenales cumple la misma función del Senado romano: elegir, de por vida, a un nuevo papa.
Véase entonces hasta dónde Roma sigue igual a sí misma. En estos días, el "senado" de los cardenales elegirá al sucesor de Juan Pablo II, encargándole el gobierno de la Iglesia como su nuevo monarca electivo y vitalicio, hasta que a él también le llegue la hora triunfal que acaba de atravesar Juan Pablo II en medio de una multitud nunca vista de católicos y no católicos que lo amaron porque él los había amado sin distinciones, llamando "hermanos mayores" a los judíos y "hermanos separados" a los protestantes, y abriendo así el camino hacia la reconciliación de la inmensa familia judeocristiana, que se siente hija del mismo Padre.
El "pluralismo sucesivo"
A la inversa de la democracia representativa, donde impera un "pluralismo simultáneo" porque en ella compiten todos los días diferentes líderes y partidos, en las monarquías impera un pluralismo sucesivo porque los cambios, en ellas, no se dan al término de breves períodos de competencia y rotación, sino en el curso de largos períodos a los que cada rey, emperador o papa imprime su propio carácter.
Esto es lo que ha ocurrido y volverá a ocurrir en la Iglesia Romana. Si nos remontáramos a los 260 papas que han pasado desde Pedro, podríamos escribir toda una historia de esas sucesivas fluctuaciones. Pero basta con referirnos a los últimos cuatro papas para comprobarlo.
Entre 1939 y 1958, gobernó la Iglesia un papa de larga duración, Pío XII. En materia doctrinaria, fue conservador. En materia de estilo, fue un intelectual, un aristócrata. A Pío XII lo sucedió un papa "corto", Juan XXIII, que reinó entre 1958 y 1963. En materia doctrinaria, a la inversa de Pío XII, Juan XXIII fue un reformista, puesto que en 1962 convocó al amplio debate del Concilio Vaticano II. También a la inversa de su antecesor, el estilo de Juan XXIII no fue intelectual sino popular, por su intensa acción pastoral entre los pueblos.
De 1958 a 1978 otro papa "largo", Pablo VI, fue un reformista como Juan XXIII porque llevó a su término, en 1965, al Concilio Vaticano II, pero también fue un papa intelectual que se pareció, en este sentido, a Pío XII.
Tras el breve reinado de Juan Pablo I, el papa que acaba de morir, otro papa "largo" que reinó de 1978 hasta 2005, se pareció a Pío XII por su orientación doctrinaria conservadora y se asemejó a Juan XXIII por su inmensa llegada a los pueblos.
Entre 1939 y 2005, hemos tenido, pues, cuatro papas que se distribuyeron las posibilidades lógicas que encierran las dos parejas de conceptos "conservador o reformista" e "intelectual o popular". Pío XII fue conservador e intelectual. Juan XXIII fue reformista y popular. Pablo VI fue reformista e intelectual. Juan Pablo II fue conservador y popular. ¿Se quiere una expresión más cabal de lo que venimos de llamar el "pluralismo sucesivo" de los períodos papales?
Hacia el nuevo papa
En estos tiempos la palabra "conservador" sufre cierto desprestigio, sobre todo entre los intelectuales, que la equiparan a "reaccionario". En su libro "El nacimiento de la modernidad", sin embargo, el historiador Paul Johnson ha mostrado que en ninguna otra época progresó tanto la Humanidad como entre 1815 y 1830, precisamente cuando en Europa gobernaban las monarquías "conservadoras" de la Santa Alianza.
El papado de Juan Pablo II fue una prueba viviente de este potencial "progresista" de los conservadores. Cuando murió Pablo VI, la Iglesia estaba sumida en un profundo debate interno mientras miles de vocaciones sacerdotales y hasta episcopales se perdían. Pero Pablo VI padecía del mal que muchas veces afecta a los intelectuales cuando ejercen el poder: la duda sobre lo que hay que hacer. Habiendo leído las dos bibliotecas contrapuestas que siempre acompañan a los temas polémicos, los intelectuales tienden a vacilar. Así le ocurrió a Pablo VI, un maravilloso ser humano pero, también, un "Papa - Hamlet".
Al contrario que su antecesor, Juan Pablo II tenía la fe del carbonero. Había resistido al comunismo en Polonia. Cuando la fe es asaltada como lo fue durante el imperio soviético que Juan Pablo II contribuyó a derrotar, queda poco espacio para las sutilezas. Al devolverle a la Iglesia una conducción firme, segura, Juan Pablo restableció en su seno el sentido de la autoridad que parecía haberse diluido en los tiempos del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia amenazaba dividirse entre "conciliares", "preconciliares" y "posconciliares".
Al reafirmar el pleno sentido de la fe católica, Juan Pablo pudo elaborar lo que quedará como el legado central de su reinado: la apertura ecuménica a los judíos y los protestantes. Porque, como viene de anotármelo el rabino Bergman, es imposible abrirse hacia afuera si no se tiene asegurado el orden interior. Fue porque realineó a la Iglesia en torno de la "fe del carbonero", que Juan Pablo pudo trascender confiadamente los límites del catolicismo en busca de los "hermanos mayores" y los "hermanos separados". Y es así como los católicos, cuando seguimos admirados sus funerales sin par en la historia, también sentimos algo parecido a los celos porque ese papa al que amamos y admiramos ha dejado de pertenecernos exclusivamente. Tenemos que compartirlo con los judíos y los protestantes, los ortodoxos y los no judeocristianos. En estos tiempos del ecumenismo y la globalización, el papa peregrino nos ha quedado, a los católicos, demasiado grande.
¿Quién, cómo será el próximo papa? Probablemente seguirá las grandes líneas del papa ausente. Pero también sabemos que, en función del "pluralismo sucesivo" que caracteriza a la historia papal, el sucesor de Juan Pablo II será, de alguna manera, profundamente original.







